martes, 13 de septiembre de 2016

Capítulo XVIII

Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra.
                                                                                     Miguel Hernández


                                                                  SANDRA

Deposité un discreto ramo de flores al lado de la lápida que albergaba su nombre, en la irremediable soledad de su estancia. Habían ido algunos amigos del barrio, otros de su entorno profesional. Yo los conocía a la mayoría, viejos colegas de las noches de antaño, yendo a brindarle el último adiós. Todo lo que Íñigo fue en el éxito y todo lo que nadie conoció en esos quince años. Una vida oculta dormida entre los escombros de su pasado. No debe preocuparse más, pues en la eternidad nada pasa. Amarga lección póstuma. Amigos que sólo tendrían palabras de halago a la persona que ya no está presente. Como si lo esencial de un hombre se revelara en sus virtudes y no en sus carencias. Yo quise a Íñigo por todas sus pequeñas desesperantes manías, por la forma que tenía de ruborizarse cuando se enojaba  un poco, por la timidez para abordar algunos asuntos, por la mirada que nunca perdió de chico de barrio que busca el peligro y el exceso. Pero sí, Íñigo tuvo el estigma de ser siempre tan hermoso como trágico, de querer beberse la noche y la vida en pos de las respuestas, y siempre me preocupó ese joven cuyos ojos estaban destinados a la belleza, pero también al infortunio, porque ¿qué más peligroso para él mismo que un sediento buscador de absolutos?

Empiezo a sospechar que todos los amores son trágicos. El amor que se pierde y el amor que se acepta como rutina, sumiéndonos en la gris tragedia cotidiana. Término del trayecto. Clausura de una decisión. ¿De verdad tenía pensando escaparme? Tan sólo me queda repetirme sin querer que un amor como el que nosotros vivimos no puede morir así, con tantos y tantos interrogantes sin respuesta. Pero reacciono en seguida. No es lógico ni conveniente deformar la realidad. Algunas cadenas propias son tan invisibles como irrompibles. Lo de Iñigo sólo fue una sonrisa para una ilusión absurda. Lo he sabido siempre. Un juego a modo de viaje que jamás he tenido intención de convertir en una travesía de verdad. Me hubiera echado atrás a última hora. Huidas soñadas que se quedan en simples proyectos. La vida real no acaba con la pareja de enamorados huyendo hacia el horizonte bañado por un sol decreciente. Mi vida real es Luis, y será mejor que vuelva a hacerme a la idea cuanto antes. Está muy claro que no he nacido para transitar otros ámbitos que no sean los de mi propio entorno, concretamente la aprobación familiar y social; además, podré lidiar con ello, nadie juzga los secretos y miserias internas de un matrimonio.
Y así, el pasado que se muere, y el futuro es cenizo como el alma de ese cementerio enorme. Tan sólo tumbas aglomeradas rozando la desmemoria, que invitan a no dejar pasar el tiempo que nos queda por vivir. Larguísimas hileras de historias sepultadas, de vidas de otra época. De todo lo que se nos va y ya nunca más volverá.
Flores sobre su lugar. Tierra a la tierra. Tierra sobre el croma del olvido, a la palidez del mármol. Ése es el color de las sombras, blanco como la lápida a cuyos pies yacen las flores que pronto se marchitarían, igual que los viejos amigos que estábamos allí alrededor. Todos nosotros. Como la sombra alargada de aquello que se había roto y definitivamente dejábamos atrás.
Ya no nos quedaba juventud.




Roberto Hernández Granda.       Madrid- Oviedo   2016

Capítulo XVII


—¿Seguro no quieres decir nada más?
Cuando piensa que van a dejar de golpearle, le atizan de nuevo. El dolor repiquetea en las sienes, como una punzada intensa, y un oído le pita. Íñigo está sentado en una silla, con las manos atadas atrás, y cuando recobró el conocimiento, pudo ver que se hallaba dentro de lo que parecía una nave industrial que huele a humedad vieja, sudor y tabaco.
Hay dos hombres, grandes como armarios y vestidos completamente de negro, al lado suyo, y son los que le están castigando el cuerpo con obstinada dedicación. Por un ojo la visión se le ha nublado, debido a la contusión, pero cree distinguir, un poco más alejado, al hombre que Paco lo definió como Mauricio Carbonell. Impasible, asistiendo a todo y observando como el que acude a un espectáculo taurino. Regocijándose ante el animal acorralado que sangra. Da instrucciones precisas con leves gestos de la cabeza a un tipo que vio cómo se dirigía a él como Dima, que acarrea una pistola con cuya culata le golpeó varias veces.
Después ése le muestra una foto de Paco. O lo que quedaba de él. Se lo hacen mirar, con una mueca burlona. Y puede distinguirlo en la foto. Indiscutiblemente muerto. La visión de su rostro casi deformado hasta hacerlo irreconocible le voltea el cerebro. Los hombres más avispados son los que más sufren ante la inmediatez de una tortura, pues son capaces de imaginar o intuir todo lo que se puede hacer para llevar el dolor a un cuerpo.
—Es la última oportunidad, amigo. Dinos quién más está al tanto de las investigaciones de Paco, y te dejaremos marchar —Mauricio se agacha para hablarle—. No tenemos nada en tu contra. Pero de no ser así, no te espera una muerte rápida, olvídate de la pistola.
Íñigo se retuerce levemente sobre la silla. Busca el oxígeno que salga de sus pulmones a través de su pecho dolorido. Trata de hablar. Pronunciar las palabras precisas que compren su libertad.
—Vamos, los nombres, o el nombre, y te podrás ir de aquí, te lo aseguro.
No merece la pena seguir sufriendo así. De todas formas, él no se lo buscó, fue Sandra la que le llegó con todos esos papeles y la historia de Luis. Una linterna le apunta directamente a la cara, cegando su visión. Entonces Íñigo ve a la joven Sandra saliendo del mar, cuando él la miraba con el sol dándole en los ojos, y recuerda sus pasos por aquella arena hoy perdida en el océano, huellas mil veces borradas; y la ve apoyada en la barra del bar, sonriéndole tímidamente, la noche en que la conoció. Cierra los ojos ya totalmente hinchados y la ve, a través del dolor. Su sonrisa evocadora. Siente el olor de su piel y el tacto de su cuerpo, en sus manos atadas que tratan de tocarla. Y ya no hay miedo, ya no hay temblor. Sólo una tranquila seguridad, una sensación de que lo que está a punto de hacer es lo correcto. Esboza una leve mueca, una mueca sangrienta, y niega con la cabeza.
—Nadie más que yo.
El ruso mira para Carbonell y éste se encoge de hombros. Se da la vuelta despacio.
—Entonces —dice Dima, poniéndose unas nudilleras de acero —.Ya sólo nos quedas tú.
Y le golpea brutalmente en la cabeza, con una renovada intensidad, mientras todo se le vuelve negro.