miércoles, 20 de abril de 2016

CAPÍTULO III

                                                                        SANDRA


Fue Marta la que me envió el enlace por mensaje. ¿Viste lo que te mandé?, me llamó después, y yo no lo había abierto, la verdad. Ahí estaba la noticia. Íñigo Salamanca trae sus galerías de arte a Madrid.
Eso significaba, sin duda, que él se mudaría, que volvería a sus orígenes. Íñigo estaba ahí donde estaban sus galerías, no concebía no tener pie a tierra en el negocio, moverse por esa ambigua sociedad de artistas, intelectuales, periodistas, snobs y coleccionistas que copaban su mundo. Recepciones, eventos, copas de cava, sonrisas.
Pero fue otro Íñigo el que me vino a la mente al leer eso. Ni siquiera el de la intensa relación llena de altibajos, o el del día que se marchó, sino el anterior, cuando asomaba la cabeza al mundo que luego sería su medio de vida, el que hacía de su ciudad su patio de recreo, y era atractivo y juvenil a rabiar, lucía ese pequeño pendiente que brillaba en su lóbulo izquierdo, el toque macarra; las chicas que se acercaban a él, la vorágine de la noche, el sexo fácil y express, mientras vendía a quien le quisiera escuchar su discurso, el que tenía aprendido, eso de que el arte puede convertirse en un instrumento de liberación, de defensa moral y cívica de una sociedad.
El encantador de serpientes, era obsceno cómo dominaba todo, las chicas que lo admiraban, sus idas y venidas con ellas a las esquinas oscuras de los bares, polvos rápidos y sin compromiso, droga, pequeños trapicheos, música atronadora de punteo de guitarras, no se paraba ante nada ni nadie le comprometía; y yo misma quedé deslumbrada por él la noche que lo conocí en un bar, unos amigos en común nos presentaron. Para mí la noche sólo era un divertimento pasajero, una travesura; de familia acomodada y conservadora, íntimamente despreciaba a aquellos tipos, las pintas, el tinte en el pelo de los más osados, los vaqueros raídos, las orejas perforadas. Pero Íñigo cautivaba con su sola presencia. Y por un momento quise ser distinta, saber lo que se siente, perder el control y a la vez ser una misma dueña de sus decisiones, quería ser suya inmediatamente, meternos en los baños del bar, que me follara apoyada en el lavabo o puesta contra la puerta; quería entrar en su mundo, sabiendo que saldría de él cuando quisiera y que al amanecer volvería a mi lugar, a la educación religiosa donde la fina hipocresía hacia compatibles todos esos supuestos valores con la única creencia que motivaba a mi entorno: el ansia de dinero y de poder.
Ninguno sospechaba hasta qué punto de implicación emocional íbamos a llegar, pero él fue cariñoso conmigo, con tacto, como si ya pensara que iba a ser cosa más de una noche, me miraba y sonreía, sin decir nada, sus ojos centelleantes que me ponían tan nerviosa.
Antes de que despuntaran los primeros rayos de sol por el cielo tan azul de un Madrid primaveral, yo ya intuía que algo de él me había tocado muy adentro.

Rememoro todo ello al pensar en su vuelta, como la primera vez, ahora que ya no lleva pendiente, que no está ensordecido por el rock&roll y es tan rico como nunca se hubiera imaginado, con su mujer joven y guapa que seguro asiste varias veces a la semana a clases de yoga y pilates para estar guapa para él; ahora que los años nos han llevado tan lejos de aquel baño de tugurio donde tuvimos sexo por primera vez y en el que conocía a todo el mundo, y que mi cuerpo ha sufrido los vaivenes del parto de dos hijas estupendas y guapísimas y que en mi rostro se pueden adivinar los primeros achaques del tiempo. Pocos quedan de los viejos amigos. Y ahora que ha pasado tanto, me vuelvo confusa y perdida, sólo quisiera entenderme yo misma, y entenderlos a todos ellos, a los que ya no están.
Entender al chico que fue y con el que viví la historia más pasional y arrolladora de mi vida, algo que nadie pudo superar, pues siempre que iba a las bodas de mis amigas, cuando aún no conocía a Luis, me imaginé estar casada como una especie de infierno en el que cada día se sucede lo mismo, invariablemente. Pero, a su vez, un papel asignado con el que tienes que cumplir, como si fueras la intérprete de un guión que han escrito para ti, y cuyos renglones más torcidos no se te permite discutir. Por eso Íñigo fue el único de verdad, el que se salió de lo trazado, partiendo mi vida en dos y dejando mi corazón a merced de sus ocurrencias, diciendo que me amaría pasara lo que pasara y que era lo único que la había caído en suerte en la existencia. Enternecedor Íñigo, no se imaginaba las vueltas que aún tenía que dar la vida.

Siempre tuve la secreta certeza de que la suya era una subida destinada al éxito. Incluso cuando andaba bien pelado de pasta que le molestaba a sus amigos para pagarse unos tragos, había algo en su forma de mirar, en su forma de vivir y de sentir, de hablar de sus pasiones, que hacía entrever lo que después se convertiría, nada menos que una noticia a medio cuerpo en las páginas de Sociedad del periódico más importante del país, anunciando su desembarco en Madrid. Yo lo supe ver entonces y lo sé ahora; del mismo modo que un huevo lleva encerrado un pollo ya desde el principio, las actitudes de la gente llevan dentro lo que van a acabar siendo, el embrión de sus mejores virtudes o sus peores defectos.
Es difícil aclarar el desorden que se apoderó de mí entonces, a raíz del enlace que me mandó Marta, el conflicto de sensaciones y la certeza de que si le veía, algo impredecible podía ocurrir. Teníamos que evitarnos.

miércoles, 13 de abril de 2016

CAPÍTULO II



                                           CINCO SEMANAS ANTES 

                                                            ÍÑIGO

Rompeolas de las Españas, la llamó Machado. Dicen que uno es de Madrid en el momento en que llega a ella y la ciudad lo adopta. No hace distinciones. Nómadas de todas partes que van a desembocar sus vidas a orillas del Manzanares. Pero yo nací aquí, chulapo oriundo, mi infancia fueron tardes dándole a la pelota en la Plaza del Dos de Mayo, y luego me fui (¿huí?) para dar vueltas por el mundo, a la vecina Ciudad Condal, también a enseñar algo de buen gusto a los civilizados ingleses.
Y ahora regreso, para impulsar mis nuevas galerías de arte, porque Marisa está cansada de dar tumbos lejos, del frío londinense y de los días oscuros y tristes del País Vasco, y quiere que si tenemos un hijo no nazca oliendo a fish and chips, sino a bocata de calamares.
Al entrar por Moncloa me rodean de nuevo los recuerdos; ahí estaban, resistiendo la avalancha del tiempo, en la confusa memoria que se había vuelto mi cabeza, caras, nombres o anécdotas medio borrosas.
La jornada es parecida al día que me marché, uno de esos días grises, color panza de burro, del invierno madrileño. Y en todas partes sobrevive el recuerdo de ella. La ciudad no es la misma que dejé años atrás, pero los rincones y las calles donde se forjó nuestra historia aún siguen impasibles, recordando el tiempo que se fue; intuyo que ella estará cerca, en algún lugar entre la aglomeración de edificios, la ciudad vive en los edificios en vertical y hacia abajo, en el subsuelo, donde las hormigas obreras atraviesan por los raíles las entrañas de lo urbano, también en el tráfico incesante, los coches que enardecen la atmósfera y los taxis urgentes.

Sandra me decía que algún día me dejaría para casarse con el hijo de un buen amigo rico de su padre, y que él había pensado para ella; y yo me lo tomaba un poco a broma, seguro del intenso amor que sentía por mí, nunca se me había pasado por la cabeza que me abandonaría para dejar atado su futuro, para firmar un seguro de vida a golpe de talonario. Aún no entendía la capacidad de cálculo y disciplina que puede desarrollar una mujer cuando tiene un objetivo. Ni el amor ni la muerte son cosas limpias. Los muertos huelen, empiezan a pudrirse los órganos a las pocas horas del deceso, por eso para los trasplantes los llevan en esas neveras portátiles, dicen que es para conversar ese hígado, ese pulmón, ese corazón que va a recibir una segunda oportunidad en otro cuerpo, pero yo creo que es para evitar el hedor, el que desprende una víscera muerta. Al amor le pasa un poco lo mismo, detrás de mascaradas, de apariencias, de relaciones felices y sonrisas a las fotos, si uno se fija bien, puede percibir cierta capa de podredumbre. Historias que empiezan a descomponerse.
Pero a Sandra creía haberle transmitido cierta clase de intelectualidad, de interés por la cultura. Me acompañaba a museos en los viajes, aguantaba estoica que me parara largos minutos delante de un cuadro sin interés para ella, disimulaba su aburrimiento en las galerías de amigos a las que me invitaban, y una de nuestras actividades habituales de los domingos era pasear hasta el Prado y volver una y otra vez sobre esas maravillas.
También había experimentado la fase intensa del artista. Las noches de buscar emociones en el Madrid que aún salía aturdido de la Movida, los años 90 seguían siendo los del Penta y La Vía Láctea. Y sucumbía con ojos de pícara a la tentación, cuando dudaba excitada ante la primera raya de cocaína que le pinté, el sexo colocados, el deambular y arrastrar los pies por Fuencarral al amanecer; yo ni siquiera notaba el frío del alba, nada podía ensombrecer que junto a ella siempre era primavera.

Una amenaza real: está casada con ese tipo de los negocios, el hijo de su padre, el cual medró en aquella España de las grandes oportunidades que a fines de los ochenta se empeñó en cerrar los ojos al pasado, en aquel cambio de ideología por bienestar, un trueque de verdad por dinero, y el país lo aceptó con júbilo, por eso los banqueros y los empresarios eran los nuevos dioses, Mario Conde ganaba mareantes montones de millones y la gente como el padre del marido de Sandra daba a sus hijos un futuro prometedor para olvidarse de la sangre derramada, de familias cuyas raíces se hundían directamente en la garra del águila, bajo cuya sombra medraron y se enriquecieron sus antecesores en esa injusticia originaria sobre la que se levanta el poder, con la humillación y el silencio de los perdedores.
Y yo me fui asqueado de aquello, tratando de salvar la parte de mí mismo que naufragaba en aquel confuso vórtice; aunque fuera de Madrid fue cuando empecé a ganar dinero de verdad, las galerías iban bien, los artistas de nuevo cuño querían trabajar conmigo, y poco a poco perdía la perspectiva sobre la que me había forjado, abandonado a la vida fácil y de comodidades, incluso mis amigos dijeron que Marisa era demasiado joven, que sólo estaba obnubilada por una existencia de novedades y buenos restaurantes.
Me pregunto cómo se ha adaptado Sandra a su nuevo estatus. El dinero puede ser algo vil y sucio, aunque siempre tiene los mejores espejos y la mejor prensa. Cuando conoces a una persona sabes por lo que puede estar pasando. Las muchas maneras que uno puede estar solo. Únicamente siento curiosidad por saber cómo disciplina su soledad, si la vive como una carencia o como un reposo. No sé si tendré ocasión de preguntárselo. Ella está en alguna parte de este endemoniado conglomerado de cemento.


miércoles, 6 de abril de 2016

CAPÍTULO I

                                                                    SANDRA


Apenas había podido dormir nada durante la noche. Afuera soplaba un viento frío de los últimos días del invierno y el ruido en las persianas parecía traer susurros del fantasma que estaba por llegar. Había luna llena y todo estaba mojado por una luz blanca. Ni siquiera era consciente de lo que estaba ocurriendo en ese mismo momento, a pocos kilómetros de allí.
Tuve tiempo para reflexionar mucho desde que supe que Íñigo regresaba a Madrid. Tenerlo cerca, bajo el paraguas de contaminación y la jungla de metal donde conviven cuatro millones de seres humanos era casi como sentirlo. Había dejado atrás Bilbao, Barcelona y Londres, y se instalaba en la ciudad. Él y sus galerías de arte. Como un eterno retorno. Así es el amor, de él nunca hablamos en pasado. El amor es siempre un inmenso presente, una herida abierta que supura, instalada en la memoria como un enemigo al que nunca se derrota.
Su recuerdo me llega silencioso, como los pasos sobre una alfombra mullida, durante todos esos años, la ausencia adquirió su propio volumen, las sombras pesan, son lastres en el cuerpo que llevamos a cuestas, las cadenas invisibles del recuerdo.
Una nunca se plantea si la vida con nosotros fue justa o no. El final de una relación siempre es la historia de un fracaso. Tendemos, erróneamente, a creer que el tiempo acaba ejerciendo cierta forma de justicia, incluso con las personas que nos han hecho daño; pero no es misión del tiempo corregir injusticias, sino más bien hacerlas más profundas.
Durante los primeros años de su ausencia, a veces me paraba a pensar qué deprisa nos habíamos olvidado de todo. O el uno del otro. Pero en realidad no era cierto, sólo adoptamos ciertas máscaras para protegernos, engaños que la mente acepta, medidas para seguir tirando, porque la vida debe continuar, hay un papel que debes cumplir.
Recordaba momentos y no sabía si realmente habían sucedido así o mi cerebro los estaba adulterando, si habían sido buenos o malos, reales o no, si él me había mentido o si lo nuestro existió, pero es que cuando las cosas se quedan atrás, dejan de ser verdad o mentira y se convierten sólo en confusos restos a merced de la memoria. Con los únicos testigos de esas viejas fotografías nuestras que están en cajas y que sobrevivirán a la muerte. A veces, cuando miro esas fotos, me da por pensar que están allí esperando a que cese nuestro movimiento para quedarse como única verdad. Paso el pulgar por encima de algunas de esas fotografías en las que aparece y siento que así le transmito algo cercano a la vida.

Traté de echarme agua por la cara antes de meterme en la ducha, necesitaba despejarme después de casi toda una noche en vela. No podía creer lo que iba a hacer. Miraba de reojo las maletas dentro del armario, como para cerciorarme de que era real. Entonces fue cuando sonó el móvil. Marta llamaba y fue la que me dijo. “Han encontrado a Íñigo en un arroyo al norte, por donde baja el Manzanares. Está muerto”. Sus palabras cayeron como un picahielos gélido dentro de mí. Apenas escuché nada más de sus explicaciones. Al parecer, el cuerpo estaba maniatado y lleno de golpes.
La mañana se me nubla por completo. Estoy desconcertada, aunque nada me permite llorar. En su lugar, pienso en lo que desde entonces ha ocupado su lugar, en lo que es él ahora.
Me lo imagino inerte sobre esa camilla o esa tabla de mármol de la morgue, el cuerpo frío y rígido, esa piel que una vez fue mía y recorrí de arriba abajo con mi boca, con mi lengua ferviente de juventud, ese cuerpo que estuvo dentro de mi cuerpo, ahora allí tirado, en la autopsia, siendo diseccionado, taponando los orificios, blanco, la palidez implacable de la muerte. Ahora mismo lo estarán analizando. Íñigo, el que un día tuvo los abdominales bronceados a flor de la piel, el que un día supo que ese verano sería el último de los veranos, el que después engordó. El bisturí raja su carne entumecida, su cuerpo sin vida, mientras mis hijas me vienen a avisar, venga mamá, otro día de cole; y Luis hace tiempo que se ha ido al despacho.
El porqué Íñigo está ahora ahí, a caballo entre el frigorífico y un panteón del cementerio, a punto de ser trasladado al inútil pudridero de la eternidad, lo puedo intuir, me niego a pensar en mi responsabilidad. Y como si sólo el dolor tuviese memoria, su fantasma empieza a poner en marcha los recuerdos de años de vida que no sé si me atrevo a llamar en común, y comienzo a recordar con nitidez parte de lo que fuimos, y de lo que sentí desde que supe que estaba de nuevo en la ciudad.