miércoles, 22 de junio de 2016

CAPÍTULO X

                                                               SANDRA                                               

Me había parecido que estaba mejor que nunca, una vez superado el impacto inicial, el rubor, cohibida por aquel encuentro tras tanto tiempo, algo que había imaginado en mi cabeza multitud de veces. Era como si se hubiera completado su transformación en hombre, que el proyecto hubiera ya finalizado, y ése era el resultado.
Pero pese a todo, no podía volver a verle, quedar con él con el cínico fingimiento de que era lo más normal del mundo, como si los años no hubieran pasado, como si él no se hubiera ido sin ninguna despedida ni la remota posibilidad de un adiós, dejando abierto el sendero del recuerdo y con la sensación de final no consumado. No convenía regresar sobre esos pasos. Las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.
Era mejor alegrarme por aquello en lo que se había convertido, todo lo que llegó a ser en mi ausencia. Había dejado a un chico, volcánico, excesivo, apasionado, proclive a que se le fuera la mano en casi todo, y había regresado un hombre, maduro, asentado, que miraba con la tranquila serenidad del que ha visto muchas cosas y pateado un montón. Seguía irradiando cantidad de sensaciones con los ojos, pero eran ojos de hombre crecido, hechos a sí mismos, capaces de afrontar las situaciones donde antes desviaba la vista. Sus amigos de adolescencia de Malasaña eran más dados a la fuerza bruta y los instintos delictivos, y sin embargo de él hablaban los periódicos, había ganado dinero, era respetado en su profesión y mantenía su existencia dentro de un orden.
Tal vez era lo que más me gustaba de Íñigo. Detrás de toda esa coraza de chico de la calle, guardián de la noche, de vivir al límite; detrás de esa apariencia de lucha de clases, de soberbia intelectual y arrogancia moral, latían los comportamientos generosos y desinteresados y los sentimientos nobles. Era una persona que merecía mucho la pena, pero no ya en esta vida.



                                                              MARTA

Ese viernes, como solíamos hacer una vez el mes si la disponibilidad nos lo permitía, fui con dos amigas de nuestras mejores fiestas. Habíamos pedido dos botellas de vino para tres en la cena, y eso que empezamos suave. Pero el dulce néctar de la uva tiene ese suave efecto embriagador, y hay una línea de sombra, que sueles pasar terminados los entrantes, en que ya te da igual dos copas que doce. Ya se me había subido el tinto cuando llegaron los gin tonics.
Decidimos ir a seguir la noche por Malasaña, como en nuestros mejores años de la juventud, ya que era además un barrio donde no corríamos peligro de ser vistas por nadie del entorno laboral, pues la gente respetable de nuestras empresas no se aventura por esas calles, y podíamos esparcir a nuestro gusto, reír, gritar, beber, incluso comprarle latas a los vendedores ambulantes en la puerta de los bares.
En uno de los locales, apoyado sobre la barra y con la mirada vidriosa, estaba Íñigo, aparentemente solo. Qué tremendas casualidades ocurren a veces. El hombre se había quedado en algún rincón y era el chico el que regresaba al barrio. Donde se siente seguro, en las calles por donde solía pasear cuando era niño y no podía dormir durante las calurosas noches de verano.
Le saludé con azuzada efusividad, y me invitó a beber algo con él.
—Tiene gracia —confesó sonriendo mustiamente —. Le dije a mi mujer que salía con gente del trabajo, que tenía una cena.
— A Sandra…¿la viste? —parecía que quería que él me corroborara lo que yo ya sabía.
Íñigo asintió con gesto taciturno.
—¿Y no quiere que quedéis, verdad? —no entendía mi empeño en meter el dedo en la herida.
—No —dijo con la mirada puesta en su copa —. Y tampoco la puedo culpar de ello.
Había sabido echar a andar sin mirar a la cara del recuerdo, consiguiendo triunfar en la vida y habiendo viajado, y sin embargo, regresando con honores a su ciudad, verla no le había hecho ningún bien, anclado en la barra como un beodo mediocre y derrotado.
Intercambiamos algunas palabras trastabilladas, mi cabeza estaba rodeada por un velo de humo y graduación. La bebida me hacía aún más entusiasta y extrovertida. Me acerqué un poco a él, inclinándome para coger unas pajitas del vaso que tenía delante, y mis pechos rozaron suavemente su brazo. Quiso hacer como si nada hubiera pasado, pero sus ojos, clavados hasta entonces en su copa, me miraron y brillaron durante un instante con un destello malévolo. Le sonreí, y revolví mi copa con la pajita, después me la metí en la boca, la chupé y la tiré al suelo. Él acabó su copa, inclinando la cabeza para beber hasta el final, apurando el vaso con la ansiedad mortal de los hombres para quienes cada gota desperdiciada era un verdadero martirio. Iba a pedir otra, ya estaba haciendo un gesto con la mano para llamar al camarero cuando le corté, y no sé muy bien cómo, mi mano acabó apoyada sobre su muslo.
—No bebas más —le observé, mirándole con gesto maternal, como si yo tuviera algún tipo de competencia a la hora de cuidar o no de él.
Por primera vez, su actitud fue decididamente distinta. Miró la mano que tenía apoyada sobre su muslo, y no dijo nada, pero en la mirada tenía reflejada la temeridad de sus pensamientos. Aquellos ojos claros que no mostraban la edad se iluminaron y se tornaron sagaces.
Pensé si alguna vez él le había sido infiel a su mujer. En el interior de todo hombre, por mucho que haya cambiado el rumbo de su vida, permanece, inalterable, la esencia de lo que en verdad son, animales genéticamente diseñados para expandir su semilla por los mayores sitios posibles, máquinas procreadoras de la subsistencia de la especie, llevados una y otra vez por sus instintos, febrilmente aplacados por las convenciones sociales, el autocontrol, el raciocinio y su propia sensación de responsabilidad. Pero nadie satisface todas las necesidades sexuales de alguien durante demasiado tiempo. La gente se cansa de follar siempre con la misma persona, y aunque no fuera así, está el deseo del cambio, de la innovación, sentir la provocación de otros cuerpos, el deseo de hombres y mujeres distintos, el riesgo de la culpabilidad y el morbo de la aventura.
Entonces me sonrió y pasó su mano por mi rostro, cogiendo un mechón de pelo y colocándomelo detrás de la oreja.
—Tengo que ir al servicio —se levantó y camino, con paso firme pese a todo, entre la gente para bajar las escaleras que llevaban a los lavabos. De repente a mí me entraron también unas irrefrenables ganas de orinar, y bajé las escaleras, aunque en realidad no le estaba siguiendo. Había cola para ambos baños, más para el de mujeres, y él estaba apoyado a la entrada del de chicos, esperando para entrar. Me acerqué a él y sin decir nada, cogiéndole totalmente de improvisto, le besé suavemente en los labios. Su rostro reflejó la sorpresa. Le rodeé con mis brazos y fui a besarle de nuevo, pero me detuvo.
—Para —me ordenó en tono de ineficaz autoridad.
Se quedó un poco bloqueado, como ausente, y después fue él el que me agarró por la cintura, atrayéndome hacia sí. Me di cuenta que, a pesar de todo el alcohol ingerido, seguía oliendo bien, no sólo su perfume, su piel desprendía su olor característico, que ya había percibido años atrás, cuando levemente me rozaba o pasaba a mi lado.
Reconozco que me dejé atrapar por todo ello, y ya era demasiado tarde para que alguno de los dos se echara atrás. Apresurados, entramos en el primero hotel que nos topamos en Gran Vía.
Ninguno dijo nada durante todo el tiempo. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras. Tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. Su cuerpo era definido y marcado, estaba en muy buena forma, y me arremetía con furiosa pasión. Me abstuve de decirle que si Sandra por alguna casualidad se enteraba, no iba a perdonar, ni a él ni a mí, en lo que a los tres nos quedaba de vida. El odio es más preciso que el amor. Más constante, más fiel, mucho más permanente. Así, igual que el amor se apura y se acaba, el rencor y los sentimientos ominosos pueden prevalecer en el fondo del corazón de una persona durante toda su existencia, con gran memoria y poco dado al olvido.
 Íñigo se fue antes, con una usencia de buenas noches, y yo me quedé, ya menos abotargada, un poco más enredada entre las sábanas; echando después un vistazo por la ventana, se veía parte de Madrid, donde, a través de los edificios y de los árboles, lucían tenuemente pequeñas, amarillentas e irregulares manchas de claridad.

martes, 7 de junio de 2016

CAPÍTULO IX

                                                                   ÍÑIGO

Me aferré al presente. A seguir hacia adelante y vivir cada día sin mirar atrás. Abonado al desenfreno, a amanecer en hoteles sin recordar casi nada de la noche anterior, ni reconocer el cuerpo que tenía a mi lado. Los días pasaban como si fueran horas, y a veces las semanas parecían meses.
Me habían amenazado para que me fuera, pero no lo hice por eso, más bien para no sufrir la violencia del recuerdo. De las tinieblas del pasado sólo echaba mano cuando quería sacar el tesón para crear, para ponerle el toque que le faltaba a los negocios, la intensidad en la lucha por la supervivencia. Es la mejor manera de salir adelante. Sólo la oscuridad tiene la fuerza necesaria para hacer que un hombre le abra su corazón al mundo, y la oscuridad era lo que me rodeaba cada vez que analizaba lo sucedido. Así somos, el resto del tiempo evitamos pensar en los que nos hace daño, en los errores sin solución, en el sordo cinismo de nuestra existencia que ya no grita ni patalea. Y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia.
Nunca valoré acudir de repente y en persona, había barajado llamarla, para pedirle un encuentro, y secretamente yo había contado con que Sandra tomara la decisión por mí, suponiendo que ella se opondría, asumiendo que hablaríamos de ello una sola vez y ése sería el final del asunto. Pero pocas veces fui de hacer las cosas a medias, más bien de ponerme el mundo por sombrero y presentarme allí donde quería que sucediera algo. La cobardía de los móviles no va conmigo, y aún era lo suficientemente guapo como para que se valorara mi presencia.
En verano, Madrid era una caldera que comía fuego, pero aún faltaban unas semanas para la primavera y los días todavía eran cortos y fríos. Casi me quedo como un pajarín esperando en el aparcamiento descubierto. Cuando creí que no llegaría, o que me había equivocado de coche, sentí, o más bien tuve el presentimiento, de una silueta acercándose hacia donde yo estaba. Traté de parecer impasible, tranquilo. No sabía si sería capaz de contener tanta curiosidad en la forma de la mirada.
Ella estaba ya bastante cerca. Entonces algo atravesó mi cerebro y mi lucidez. Esos momentos en que la vida de otro te hace pensar en la propia. Mientras la observaba, fui entonces consciente del propio paso de los años, yo la recordaba como siempre, como la primera, como la última vez, y la memoria la había momificado en mi cabeza, pero si ella había evolucionado, cambiado, entonces también yo, las arenas del tiempo habían erosionado mi piel y mi rostro, una certeza parecida a cuando abres un álbum de fotos y te ves en una de esas estampas algo de tiempo atrás, sabes que eres tú, pero también eras otro.
También, extrañamente, verla me hizo pensar en Carlota, mi mujer; me resultaba difícil recordar cuándo comenzamos a decirnos mentiras. El pasado caminaba hacia mí, y apenas podía saber cuándo había empezado a perder el control del presente.

Al día siguiente por la tarde visité el museo Reina Sofía, pues en una de sus salas un amigo exponía una colección de arte moderno en la que yo colaboraba. Más bien le había ayudado a organizarla y a conseguirle los permisos oportunos, llevándome por supuesto mi parte. Era el segundo día y no había mucha gente. Dos chicas con pinta de inglesas estaban paradas frente a un cuadro de significado indescifrable, un tipo con actitud despreocupada se paseaba arriba y abajo, y creo que me molestaba su nariz aguileña y su aspecto, un tipo prognato, pálido, de unos cuarenta años y con parecido a una garduña. Cerca había un chico joven que miraba con gesto contrito y pensativo una escultura de una figura humana aparentemente desnuda y rodeada por diferentes cables. ¿O eran alambres? Me acerqué a él.
—¿Qué te parece? —le pregunté, esbozando una de mis cálidas sonrisas.
El chico me observó, tanteando la situación con sus ojos claros.
—¿Eres el autor?
Seguramente la gente necesita saber con quién está hablando antes de emitir un juicio de valor.
—No, no lo soy, pero colaboro con la exposición.
El chaval, que no llegaría a treinta años, se encogió de hombros.
—Pues una mierda, la verdad.
Me reí con franqueza. Su sinceridad me había pillado por sorpresa.
—Eso está bien. ¿Cómo te llamas?
Él miró la escultura otra vez, dando la cabeza con gesto de desaprobación.
—Roberto.
—¿Eres estudiante de arte? ¿Roberto qué mas?
Me miró con cara de indecisión, analizando mis rasgos y mi semblante.
—Granda. Roberto Granda. No, no estudio arte, y no me interesa demasiado el arte moderno, sinceramente.
—¿Y por qué estás aquí? —aquella tarde no tenía mucho más que hacer, y charlar con los que rondaban la galería me parecía algo tan bueno para pasar el tiempo como cualquier otra cosa.
—Curiosidad, supongo. Estoy al lado, escribiendo en la biblioteca.
Cuando salí del museo, pasé por la cafetería que está en la zona de abajo y vi a Roberto sentado en la barra, tomando una caña y echando un vistazo al periódico. Lo saludé y me senté a su lado, en silencio al principio, y entablando rápidamente conversación. Me contó un poco lo que hacía y lo que quería hacer. Hablamos de Londres y de Madrid, de arte antiguo y moderno, de guiones y de literatura, y dejó que le invitara a otra cerveza. Después se despidió y dijo que tenía que volver a la biblioteca.
—Puede que algún día escribas algo bueno —le dije de forma amable, a modo de despedida.
Él sonrió levemente y entornó los ojos.
—Quién sabe. Dicen que todos llevamos dentro la gran novela de nuestra vida.

Esa misma noche cené con mi amigo Óscar, el de la galería del Reina Sofía, en Sacha, alta cocina algo peculiar, pues el fogones y dueño que da nombre al restaurante se considera a sí mismo un artista. Allí se juntan altos ejecutivos de las torres y la zona de Plaza Castilla y la Castellana con nuevos ricos y el postureo artístico. Me abstuve de contarle las impresiones de Roberto, que eran también las mías, sobre lo que allí se exponía, y la conversación giró entorno a lo que más le gusta a esta gente: ganar dinero, criticar a los que también lo tienen y atacar las diversas formas poco legales de amasarlo.
—Por ejemplo —me dijo—. Mira quién está ahí. ¿Ves a ese tipo de la corbata azul, justo a tu derecha?
Me volví con disimulo para ver al comensal al que se refería. Era un hombre más o menos de mi edad, aunque con alguna entrada pronunciada en la frente. Tenía un moreno algo artificial para esa época del año, y la sonrisa que me recordaba a un chacal. Me resultaba vagamente familiar. De esas caras que se han perdido en alguna espesa laguna del cerebro. Los rasgos cambian, las personas se estropean.
—Pues es uno de los cabecillas de la trama de…
Óscar se interrumpió, pues llegaba el camarero con el segundo entrante. Una crema de marisco con salpicón de bogavante. Para que no resultara incómodo y demasiado evidente, Óscar siguió hablando.
—Es un tal Luis. Algunos lo llaman Tío Luis. Vaya lo que tienen montado.
Me volví de nuevo y la cabeza se me iluminó como con fuegos artificiales. Había pasado tiempo, pero entonces todo me sobrevino con una claridad pasmosa. Claro que era él, Luis. Cómo no saber quién es, y con quién está casado. Cómo olvidar sus palabras de amenaza “No sabes quién soy yo” y otras lindeces invitando a marchar, dejar la vía libre. Pues sí, es cierto que me fui de Madrid, y no por ti; pero ya ves, estaba de nuevo de vuelta, Luis, y me seguía importando un cojón quién hostias fueras tú.

jueves, 2 de junio de 2016

CAPÍTULO VIII

                                                               SANDRA

Desde la llamada de Marta, tuve la sensación constante de que en cualquier momento lo vería aparecer. Era como si lo sintiera en cada esquina, en cada vuelta de la calle, caminando despreocupado por la entrada de mi trabajo, con ese andar seguro, la sonrisa irónica, las facciones expresivas. Su presencia, la idea de su presencia, se hizo extrañamente real, aún sin estar presente ni dejarse ver.
No sabía exactamente si lo que quería era saludar, comprobar sobre mí el paso de los años o verificar que el pasado del que huía realmente existió. O alimentar su rencor. ¿Era posible que el odio existiera aún?, la rabia por el dolor causado, por mi interesada forma de actuar. A sus ojos, lo que yo había hecho era una perrería sin paliativos, no sólo traicioné lo que éramos, si no que traicioné todo en lo que creía, me comporté acorde a la forma de ser que el más odiaba, la manera de ver el mundo y la vida que tantas veces habíamos criticado.
Lo imagino al poco de irse, castigando su memoria en bares de mala muerte, ahogando el recuerdo en profundos y oscuros vasos de whisky, buscando mujeres de una noche, el consuelo de un cuerpo cálido al lado, la anestesia de otra piel. ¿Llegó a hacer sangrar sus nudillos contra la pared al golpear así toda la impotencia? Pero todo tiene su doble cara, es lo que hace de las relaciones y de la existencia un torbellino complicado y fascinante: no puedes odiar algo tan violentamente a menos que una parte de ti lo ame también.
¿Cómo sería su matrimonio? Había tardado bastante en casarse, e Íñigo era un hombre que necesitaba un grado más de independencia que el resto. Era demasiado joven para vivir a través de otra, demasiado inteligente para no querer tener una vida completamente suya. No puedes tratar de ponerle cadenas, o querer vertebrar un matrimonio corriente, con un tío que vive para el arte, que se duerme pensando si será capaz de pintar o de escribir algo que conmoviera a la gente y cambiara en algo sus vidas. No, no se puede pretender una relación normal con él, detrás de toda su aparente serenidad, había una gran oscuridad: una necesidad de ponerse a prueba, de correr riesgos, de bordear los límites de las cosas. Era el tipo de persona que se mete a nadar hasta muy adentro en una playa desconocida, y cuando al fin sale y tú estás con el corazón encogido, él vuelve con una sonrisa y con comentarios acerca de la temperatura del agua. De los que se pierden en las excursiones en grupo con guía porque quiere descubrir sus propios caminos, como si el riesgo fuera algo divertido, un aliciente más. Era como si los pasos por La Tierra tuvieran que ser exprimidos al máximo, sacándole a las estaciones todo su jugo y todo el corazón. Yo había estado con él y pude experimentar más intimidad de la que había vivido nunca. Me sentía muy ligada a todo su ser y, con constante asombro, descubrí que tenía talento para aquella clase de vida.
Íñigo daría la cabeza negando disgustado si supiera cómo han sido mis últimos años con Luis. Nada que ver con lo que Íñigo consideraría tener una existencia apasionante. Él había viajado, había vivido noches intensas y conocido a personas interesantes, saliendo, sin duda, arriba por sí mismo, a base de tesón, talento y constancia. Pero yo tenía a mis niñas. Mis hijas justificaban todo lo demás, daban sentido a una vida, eran el legado grandioso, la continuación de mí.

Fue a las pocas tardes de la llamada de Marta. Yo había terminado la jornada en el trabajo, la noche se había adueñado ya de Madrid, y cuando me dirigí hacia el aparcamiento, iluminado por la blanquecina luz de las farolas, vi una figura apoyada en mi coche, en posición de aguardar. Al principio detuve mi caminar, pensando si iba a ser víctima de un robo, pero luego fui distinguiendo mejor las facciones de la figura, y mi corazón pareció girar sobre sí mismo. Hacía mucho que no me acercaba a la ventana de su rostro. Demasiados años, que ahora parecían agolparse de repente. Estaba aquí, después de tanto tiempo lejos de mí y de los recuerdos, lejos de Madrid y de lo que fuimos, lejos del corazón que siempre le extrañó pero que no tuvo más remedio que seguir latiendo y ser cada vez más fuerte.
Estaba tranquilo, esperando, viendo cómo me acercaba. Iba vestido de manera formal, una cazadora elegante, bien peinado, el rostro afeitado marcado por las sombras y la luz, la mirada curiosa y turbadora. No necesité mucho para darme cuenta de que un fuego inextinguible le mantenía vivo, de que era más auténticamente él mismo de lo que yo podría serlo nunca. Era como si estuviera ahí parado sólo para recordarme que, ya pasados sus mejores años, seguía siendo el hombre más atractivo y seductor que podría conocer. Me paré delante de él, casi afirmando, pero no dije nada, esperaba oír sus primeras palabras después de la huida, quería que hablara primero. Sonrió, separó la espalda del coche y se resaco el mentón, clavando sus ojos en mí.
—¿Qué tal te van en tu vida ejemplar?
Menudo hijo de puta. Entonces comprendí, y ya casi había comenzado a hacerlo sólo con verle y con sus palabras, que estaba ahí para dinamitar mi vida entera.