martes, 13 de septiembre de 2016

Capítulo XVIII

Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra.
                                                                                     Miguel Hernández


                                                                  SANDRA

Deposité un discreto ramo de flores al lado de la lápida que albergaba su nombre, en la irremediable soledad de su estancia. Habían ido algunos amigos del barrio, otros de su entorno profesional. Yo los conocía a la mayoría, viejos colegas de las noches de antaño, yendo a brindarle el último adiós. Todo lo que Íñigo fue en el éxito y todo lo que nadie conoció en esos quince años. Una vida oculta dormida entre los escombros de su pasado. No debe preocuparse más, pues en la eternidad nada pasa. Amarga lección póstuma. Amigos que sólo tendrían palabras de halago a la persona que ya no está presente. Como si lo esencial de un hombre se revelara en sus virtudes y no en sus carencias. Yo quise a Íñigo por todas sus pequeñas desesperantes manías, por la forma que tenía de ruborizarse cuando se enojaba  un poco, por la timidez para abordar algunos asuntos, por la mirada que nunca perdió de chico de barrio que busca el peligro y el exceso. Pero sí, Íñigo tuvo el estigma de ser siempre tan hermoso como trágico, de querer beberse la noche y la vida en pos de las respuestas, y siempre me preocupó ese joven cuyos ojos estaban destinados a la belleza, pero también al infortunio, porque ¿qué más peligroso para él mismo que un sediento buscador de absolutos?

Empiezo a sospechar que todos los amores son trágicos. El amor que se pierde y el amor que se acepta como rutina, sumiéndonos en la gris tragedia cotidiana. Término del trayecto. Clausura de una decisión. ¿De verdad tenía pensando escaparme? Tan sólo me queda repetirme sin querer que un amor como el que nosotros vivimos no puede morir así, con tantos y tantos interrogantes sin respuesta. Pero reacciono en seguida. No es lógico ni conveniente deformar la realidad. Algunas cadenas propias son tan invisibles como irrompibles. Lo de Iñigo sólo fue una sonrisa para una ilusión absurda. Lo he sabido siempre. Un juego a modo de viaje que jamás he tenido intención de convertir en una travesía de verdad. Me hubiera echado atrás a última hora. Huidas soñadas que se quedan en simples proyectos. La vida real no acaba con la pareja de enamorados huyendo hacia el horizonte bañado por un sol decreciente. Mi vida real es Luis, y será mejor que vuelva a hacerme a la idea cuanto antes. Está muy claro que no he nacido para transitar otros ámbitos que no sean los de mi propio entorno, concretamente la aprobación familiar y social; además, podré lidiar con ello, nadie juzga los secretos y miserias internas de un matrimonio.
Y así, el pasado que se muere, y el futuro es cenizo como el alma de ese cementerio enorme. Tan sólo tumbas aglomeradas rozando la desmemoria, que invitan a no dejar pasar el tiempo que nos queda por vivir. Larguísimas hileras de historias sepultadas, de vidas de otra época. De todo lo que se nos va y ya nunca más volverá.
Flores sobre su lugar. Tierra a la tierra. Tierra sobre el croma del olvido, a la palidez del mármol. Ése es el color de las sombras, blanco como la lápida a cuyos pies yacen las flores que pronto se marchitarían, igual que los viejos amigos que estábamos allí alrededor. Todos nosotros. Como la sombra alargada de aquello que se había roto y definitivamente dejábamos atrás.
Ya no nos quedaba juventud.




Roberto Hernández Granda.       Madrid- Oviedo   2016

Capítulo XVII


—¿Seguro no quieres decir nada más?
Cuando piensa que van a dejar de golpearle, le atizan de nuevo. El dolor repiquetea en las sienes, como una punzada intensa, y un oído le pita. Íñigo está sentado en una silla, con las manos atadas atrás, y cuando recobró el conocimiento, pudo ver que se hallaba dentro de lo que parecía una nave industrial que huele a humedad vieja, sudor y tabaco.
Hay dos hombres, grandes como armarios y vestidos completamente de negro, al lado suyo, y son los que le están castigando el cuerpo con obstinada dedicación. Por un ojo la visión se le ha nublado, debido a la contusión, pero cree distinguir, un poco más alejado, al hombre que Paco lo definió como Mauricio Carbonell. Impasible, asistiendo a todo y observando como el que acude a un espectáculo taurino. Regocijándose ante el animal acorralado que sangra. Da instrucciones precisas con leves gestos de la cabeza a un tipo que vio cómo se dirigía a él como Dima, que acarrea una pistola con cuya culata le golpeó varias veces.
Después ése le muestra una foto de Paco. O lo que quedaba de él. Se lo hacen mirar, con una mueca burlona. Y puede distinguirlo en la foto. Indiscutiblemente muerto. La visión de su rostro casi deformado hasta hacerlo irreconocible le voltea el cerebro. Los hombres más avispados son los que más sufren ante la inmediatez de una tortura, pues son capaces de imaginar o intuir todo lo que se puede hacer para llevar el dolor a un cuerpo.
—Es la última oportunidad, amigo. Dinos quién más está al tanto de las investigaciones de Paco, y te dejaremos marchar —Mauricio se agacha para hablarle—. No tenemos nada en tu contra. Pero de no ser así, no te espera una muerte rápida, olvídate de la pistola.
Íñigo se retuerce levemente sobre la silla. Busca el oxígeno que salga de sus pulmones a través de su pecho dolorido. Trata de hablar. Pronunciar las palabras precisas que compren su libertad.
—Vamos, los nombres, o el nombre, y te podrás ir de aquí, te lo aseguro.
No merece la pena seguir sufriendo así. De todas formas, él no se lo buscó, fue Sandra la que le llegó con todos esos papeles y la historia de Luis. Una linterna le apunta directamente a la cara, cegando su visión. Entonces Íñigo ve a la joven Sandra saliendo del mar, cuando él la miraba con el sol dándole en los ojos, y recuerda sus pasos por aquella arena hoy perdida en el océano, huellas mil veces borradas; y la ve apoyada en la barra del bar, sonriéndole tímidamente, la noche en que la conoció. Cierra los ojos ya totalmente hinchados y la ve, a través del dolor. Su sonrisa evocadora. Siente el olor de su piel y el tacto de su cuerpo, en sus manos atadas que tratan de tocarla. Y ya no hay miedo, ya no hay temblor. Sólo una tranquila seguridad, una sensación de que lo que está a punto de hacer es lo correcto. Esboza una leve mueca, una mueca sangrienta, y niega con la cabeza.
—Nadie más que yo.
El ruso mira para Carbonell y éste se encoge de hombros. Se da la vuelta despacio.
—Entonces —dice Dima, poniéndose unas nudilleras de acero —.Ya sólo nos quedas tú.
Y le golpea brutalmente en la cabeza, con una renovada intensidad, mientras todo se le vuelve negro.

domingo, 28 de agosto de 2016

CAPÍTULO XVI

                                                                     ÍÑIGO

Conducía absorto en la vorágine de pensamientos que me asaltaban, en mitad del tráfico de la M-30, pensando en las últimas semanas, la intensidad de todo lo vivido con Sandra desde nuestro reencuentro sexual en mi despacho. Y volver a recordar el pasado y su memoria, aquellas cajas con fotos que de pronto se vaciaron porque lo que había en ellas dolía demasiado. Y la ausencia. Ese tipo de melancolía desnaturalizada que surge siempre que anhelamos desesperadamente un regreso que de antemano sabemos que no va a producirse. Toda mi vida durante esos años alejados, en que el chico de Malasaña se hizo mayor, fue la historia de los besos que ya no se daban, de las preguntas sin respuesta, de los proyectos en común que jamás podrían realizarse. Y los recuerdos, esos clavos miserables que van horadando la carne, al ritmo inmisericorde de las evocaciones; un recuerdo inútil que lo volvía todo inservible.
Pensaba en ello. La manera de hacer que todo se reanudara de nuevo. Obrar a impulsos de un sentimiento más fuerte que cualquier raciocinio. Sandra dejando atrás todo lo que conocía, el marido al que se había unido para asegurarse la existencia acorde a quien era ella y lo que era su familia: la genealogía que hundía sus raíces como el águila hundía sus garras en el escudo del Régimen. Destruir de Sandra no sólo el presente, también el pasado, el lugar del que venía. Como Luis. Ese cabrón con pintas de notable apellido. Su historia se apoyaba en el origen antiguo del latrocinio y la violencia, esa España que se impuso sobre otra y la siguió sometiendo durante cuatro décadas a tenor del miedo, cerrándole las puertas al progreso, la cultura y la razón, el eterno país oscuro e intransigente, donde pensadores, científicos y poetas murieron fusilados o tuvieron que marcharse, dándole la espalda a la ciencia y al futuro; curas que chuparon la sangre del analfabetismo y el terror que impusieron después de tantos años de muerte, con el sólo objeto de engordar, junto a los hijos de aquellos pistoleros y estraperlistas que formaban las clases altas de la ciudad, siempre envueltos en ese halo de supuesta respetabilidad.
De lo que ahora renegaba Sandra, lo que podía haber sido, lo que fueron, antes que ella, las mujeres de su familia. Echar la vista atrás para comprender. Cómo era la vida de una esposa española en aquellos años, con todo aquel mujerío empujándose para ver las procesiones, arremolinándose a las puertas de las iglesias, cubiertas cada mañana con el velo y, los días de fiesta, con la peineta y la mantilla. Beatas e ignorantes. Petrificadas en su estupidez deliberada. Aquel ambiente de Sandra que era sólo un par de generaciones más atrás, en esa sociedad y esa forma de pensar que hacían tan asfixiante y mustia la vida de las mujeres de la buena sociedad en Madrid, siempre condenadas a mantenerse alejadas de cualquier lugar en que floreciera la inteligencia.
Y ahora por fin había dado el paso, parecía que quería poner a la vista la evidencia de un matrimonio pensado en rechazo de lo morganático, de una catástrofe y una ruina sentimental sostenidas por el andamiaje más que dudoso del dinero de Luis. Alejarse de sus viejas y rancias amigas del barrio de toda la vida, y de los soberbios y atrevidos amigos de él, ruidosos, vulgares, pero muy, muy ricos. Yo iba a romper con todo eso para ella, toda su pobreza interna sería bruscamente erradicada, y le iba a brindar, sólo para ella, una vida que trataría de ser noble, hermosa, culta e ilustrada.

Me rogó que no regresara y regresé. Me pidió que la olvidara y no la olvidé. Volví sobre mis pasos como el viajero que huye y que de pronto detiene su andar (Gardel, eras grande). Es posible que lo intentara. Cuando una mujer se comporta del modo en que ella se comportó conmigo, lo normal es que se procure olvidarla. Puede que Carlota fuera la más clara muestra de ese intento. Pero volví persiguiendo mi único destino. Harto de que estar casado implicara tener que practicar un amor que no lograba sentir. Estaba cerca. Ya estaba organizado. La madrugada anterior habíamos dormido juntos, y esta noche Sandra terminaría en su casa de hacer las maletas, para por la mañana dejar cada uno su domicilio e irnos, ella y yo. Buscando esos años, ese verano perdido.
Y pronto sería primavera. Caía ya la tarde y por encima de los edificios se podía apreciar una vigorosa luna llena. Cuando volviera a amanecer, Sandra y yo regresaríamos 15 años atrás. Antes de la despedida.
Metí el coche en el garaje de mi despacho en la calle Velázquez para recoger unas últimas cosas. Durante todo el día estuve llamando a Paco para organizar la manera en que se haría cargo de los documentos de su investigación, y cómo proceder sobre ellos, pero no me contestó y me fue imposible localizarlo, ni en el trabajo ni en casa.
No presté atención al coche negro que estaba al lado, fuera de cualquier plaza, y que apagó las luces cuando yo quité el contacto del mío, sólo pude sentir, segundos después y al bajar del vehículo, unos pasos como de cuatro pies, los brazos que me agarraban por detrás y la porra de caucho que me golpeaba en la sien.

viernes, 26 de agosto de 2016

CAPÍTULO XV

                                                                         MARTA

Es inevitable tener una relación de amor-odio con los hombres, al menos en mi caso, y con los años se acentúa, a la vez que eres más consciente de tus limitaciones físicas, y el cambio de mentalidad de ellos, pues ya empiezan a valorar otras cosas, o vienen con una ex mujer y un par de hijos en la mochila.
La piel bronceada ya no relucía como antaño, y la cara no poseía la misma frescura juvenil de cuando sólo contabas con dos décadas de vida y todo un mar de ilusiones en el horizonte de tu mirada. Estaba un poco harta de picar de aquí y de allá con relaciones que no duraban, a lo máximo, un par de meses, y los rolletes de una noche quedaban como algo de quinceañeras. Cansada de ser únicamente el capricho y el deseo de los hombres. A los chavalitos les gustan sólo las tetas, los culos y los coños. El último con el que estuve, Juan Pablo, era, pese a su nombre papal, un auténtica malnacido vividor para el que las mujeres sólo eran un botín de guerra efímero, un juego con el que cubrir las apetencias sexuales, para luego pasar a otra cosa. Incapaz de tomarse en serio nada, exprimía su existencia viviendo al día y tomándole el pelo a las muchachas incautas. Aunque, mientras estaba contigo, te decía y te camelaba de manera que te creyeras única para él, o que de verdad le gustabas, antes de darte la patada o liar alguna que hiciera que te alejaras de él. Lo último que me dijo, cuando quise quedar una tarde para una de esas sesiones de buen sexo, era que no podía ya que era el cumpleaños de Keith Richards, y quería celebrarlo.
Hombres. Nunca tuve la oportunidad de casarme, ni de vengarme de ellos.

Por eso, y aunque sabía que fue una cosa puntual en una noche de excesos, me dolió que Íñigo me usara para un polvete y luego no supiera de él, más que cuando, semanas después, Sandra me contó aquello que me dejó tan anonadada. No sólo había mantenido relaciones con él en su despacho, sino que llevaban semanas posteriores viéndose, y tenían pensando marcharse juntos. Huir, podría decirse. Menudo shock. Sandra Carpio abandonando a su familia. Me había contado una terrible historia sobre Luis y una trama de corrupción de la que Paco tenía constancia, y ella tenía pensando, con aquello como prueba, reclamar después la custodia de las hijas. Pero de momento, era una escapada al extranjero con Íñigo, que también abandonaría a su mujer florero. Imagino que, en esos casos, la cornamenta nunca va en una sola dirección.
Maldito Íñigo y maldita Sandra. Siempre es la pobre y estúpida Marta la que pierde. Da igual que Íñigo me gustara desde siempre; fue ella la que lo tuvo en un primer momento, la niña buena, la hija de papá, que, cuando le interesaba, siempre estaba dispuesta a actuar por encima de las dudas morales y de las consideraciones de conciencia. También deseaba poseerlo ahora que era rico y triunfador, no vaya a ser que la vida se le fuera extinguiendo al lado de su marido prosaico y cornudo.
Me dolía por Sandra. La amistad, sí, la amistad es importante, pero entre mujeres siempre fue más bien una guerra soterrada que otra cosa, y a determinada edad, una tiene que mirar por sí misma y por lo que cree que es necesario o le va a proporcionar más satisfacción. De ella no iba a decir nada, tendría que resignarse a estar de nuevo en su hogar y su vida sin emociones ni pasiones. Que aprenda a ser fiel a su posición. Creen que la corrupción es algo terrible ajeno a ellas, cuando estas socialmente comprometidas viven de espaldas a la realidad, se despiertan cada día bajo el manto de la protección que unos hombres acordes a su sociedad y a su tiempo les proporcionan, y después cuestionan el modo en que se la proporcionan. Tenemos unas reglas, Sandra siempre fue de este círculo, le guste  o no, somos conservadores y somos católicos, y el dinero es la herramienta que nos diferencia de los demás, de la chuma, de las clases más bajas, de los progresistas y los socialistas. No, a Sandra no le pasará nada, su condena es su existencia. Pero el tonto de Paco…e Íñigo, ese bastardo polla loca, no podría seguir haciendo lo que le diera la gana impunemente, y encima hundir al hombre rival de la mujer que amaba.
Descolgué el teléfono y marqué el número de Luis. 

viernes, 5 de agosto de 2016

CAPÍTULO XIV

                                                                     SANDRA

Caminaba nerviosa por la calle Serrano, donde había tomado la repentina decisión de torcer por Maldonado hasta Velázquez, y cruzar la calzada para seguir bajando un tramo más, ahora por la acera de la izquierda de aquella calle que conducía hasta el Retiro, y detenerme ante un portal. Un portal que era el del despacho de Íñigo. Había pasado días asustada, y me abordó la imperiosa necesidad de verle. La única manera de arrojar algo de luz sobre la oscuridad de mi mente embarullada era la temperamental y siempre lúcida calidez de su conversación.
Era una oficina amplia, con varias salas, una secretaria joven y sonriente (su mujer sería seguro así, de esa misma edad, los hombres suelen tener muy claros los cánones de lo que considerad juventud y lo que consideran atractivo, ropas ceñidas sobre carne fresca), una sala de estar y su despacho, amplio, con un escritorio y un par de sofás, elegantemente decorado.
No podía seguir con mi vida normal, me aterrorizaba lo que había leído en esos informes del periodista sobre Luis, las cosas tan atroces que se afirmaban o quedaban en el aire, suspendidas como una obscena insinuación. Datos, fechas, transferencias, reuniones clandestinas, desapariciones. Niños.
—Estoy muy confundida y nerviosa —le dije a Íñigo, buscando inconscientemente el contacto con su cuerpo, el abrazo protector.
Me tomó en sus brazos despacio, envolviéndome con sus brazos de deportista. Había cambiado de perfume.
—Está bien, todo saldrá bien —usaba un tono como si estuviera dirigiendo a una niña pequeña.
Me ofreció un café, y charlamos durante un largo rato. Me volvía a sentir cómoda con él, como las tardes en los bares y las sesiones de cine en el Doré. Estar a su lado me transmitía esa sensación de paz que había perdido de forma abrupta.
Desde su ventana se podía ver todo el parque, estábamos en un sexto, y la vista era excelente. Se puso de espaldas a mirar por la cristalera, reflexionando, y en un impulso que no puedo muy bien expresar, llegué a él por detrás, le hice girar asiéndole por la cintura y le besé impetuosamente en la boca. Esto nos hizo cruzar el umbral. El simple contacto de los labios fue suficiente para desencadenar una respuesta sexual, un ciego recuerdo de nuestros cuerpos. Si le pilló por sorpresa, supo disimularlo. Afrontó la situación con entereza, sin los titubeos propios que se esperarían de un adolescente, o de alguien cogido de improvisto. Me devolvió el beso y nos fundimos en uno largo, intenso y húmedo. Y fuimos trastabillados hacia uno de los sofás, el más grande, donde sin prisas pero sin pausas nos despojamos de la ropa. Creo que no hubiera podido ser de otra manera. La planificación de alquilar habitación de hotel requería de un anticipo, una organización que no era viable. Sólo algo tan repentino y fulminante podía hacer ceder nuestras defensas.
Yo estaba nerviosa y trémula como una joven primeriza, aunque ardía de deseo y de furia erótica. Él pasaba su mano por detrás de mi nuca, acariciando mi cuello, y a veces se paraba a mirarme, fijamente y en silencio, como para comprobar que estaba ahí, que era real.
Al principio me habían parecido extraños sus besos: sus labios parecía que tenían otra densidad, eran más carnosos y blandos; y su aliento desprendía otro olor. Pero su cuerpo, el aroma de esa piel enseguida fue irreconocible. No había décadas en la espiral del tiempo que pudiera borrar eso del recuerdo. Porque, a pesar de que en el mundo hay millones de personas, cada carne es distinta, tiene un color, un tacto, un olor que no se parece a ningún otro, y que no puede copiarse. Y el olor tiene su propia memoria.
Con mi ropa interior aún puesta, conseguí desnudarle y acariciar los músculos definidos y duros. Una gota de sudor frío le caía por el abdomen desnudo. Con mis labios, seguí el recorrido de la gota por el ombligo, hacia el costado, y luego sobre la pelvis. Un crujir de muelles del sofá, un gemido ahogado cuando envolví con mi boca su miembro.
Cuando me retiré, evitando que terminara prematuramente, se incorporó para intentar hacer un poco de oscuridad corriendo las cortinas, pero le dije que no. Quería ser suya de nuevo por completo, sin reparos, que pudiera mirarme y ver todo lo que se había perdido, y que me tomara tal y como era ahora. Mi cuerpo entero entregado a los labios de aquel hombre que me miraba con unos ojos negros y vivos, que era seguro y frágil a la vez. Deseaba tenerlo otra vez dentro de mí, dejándolo avanzar con precaución, como a través de una selva peligrosa en la que uno puede acceder al tesoro o perderse para siempre.


Tuve que volver a mi vida normal, a expensas de hacer algún movimiento o tener la cabeza lo suficientemente despejada para pensar con claridad. A la vuelta de mi encuentro con Íñigo en su despacho, iba con el alma en vilo hacia el hogar donde estaba Luis. Notará que huelo a él, pensaba, lo notará en mi ropa, en mi piel, en mi sonrisa. Regresé al lecho conyugal, a tener que acostarme con mi marido. Quedé consternada al comprobar que quien me imaginaba tener dentro era Íñigo, Íñigo el que me miraba desde arriba, y el aceitunado cuerpo de Íñigo era el que me penetraba en la penumbra.
Toda mi vida había dado un vuelco repentino y brutal, aunque no sospechaba que era sólo el comienzo.

domingo, 31 de julio de 2016

CAPÍTULO XIII

                                                            ÍÑIGO

No fue fácil estar ahí delante mientras Sandra iba asimilando lo que iba leyendo, de pie, en aquel aparcamiento y con la tibia oscuridad alrededor; ni convencerla para irnos a otro lugar, al bullicio clandestino del centro de Madrid, lejos de allí, ajenos a los ojos de sus compañeros de trabajo y las miradas de soslayo.
Le dije que se viniera en mi coche, que ya recogería al día siguiente el suyo, y conseguí aparcar cerca de Alonso Martínez, entrando en la primera cafetería que me pareció cómoda y neutra.
Una vez sentados pudo observar los papeles con más detenimiento, escuchar mis explicaciones, reflexionar en silencio, dando pequeños sorbos a su copa de vino, atusándose el pelo. Yo aprovechaba para observarla. Era ten hermosa que costaba mirarla, seguía produciendo ese leve dolor que sólo provocan las bellezas arrebatadoras cuando se saben lejos del alcance de uno, o sangrando en el recuerdo de algún lugar de la memoria.
Cerca nuestra había una pareja que rozaba la tercera edad, tomando sendas tazas de café, y en la mesa de al lado, una pareja de jóvenes, en esa luz flotante de la juventud, un chico de aspecto alegre y una muchacha de piel canela y ojos refulgentes que llevaba un vestido repleto de colores. Miré las dos parejas y luego pensé en nosotros, curiosa estampa, podríamos servir como modelo para componer uno de esos grabados morales, a los que tan aficionado fue el Barroco, que simbolizan las edades de la vida, el paso del tiempo sobre el cuerpo de los hombres.
—Paco lleva tiempo detrás. Lo puedes ver. Tiene la descripción. Tiene los datos. Tiene información suficiente para involucrarle —le dije, tratando de no incidir demasiado en el tono, que fuera lo más aséptico posible.
Sandra afirmó con la cabeza mientras volvía a bajar la vista hacia los papeles
—¿Cómo? —preguntó Sandra, como si en realidad lo que quisiera saber era cómo era posible que su ideal de marido ejemplar hubiera sido torpedeado de esa manera, quién y de qué manera había podido traspasar así las reservas de lo que se suponía la privacidad de los negocios de Luis para exponerle así al peligro.
—Una fuente amiga, un antiguo miembro del CNI al que llaman ‘El Catedrático’. Saben mucho sobre Luis, sobre el tal Mauricio que se nombra ahí, y algunas cosas más turbias que pasaron y pasan en la Comunidad Valenciana.
—¿Y por qué no los han detenido? —Sandra preguntaba con la inocencia de la niña que ve una película en el cine y espera que los ladrones sean castigados y los buenos recompensados por poner a los maleantes bajo custodia. Como el que asume que el que roba un caramelo será regañado.
—Es más complicado que todo eso. De lo que el CNI maneja a lo que sale a flote media un mundo. La podredumbre está bien inmersa en todo el sistema, judicial, político, informativo. Ni siquiera los jefes de Paco pueden hacer nada. ¿Sabes cuántos directores de periódico han sido cesados en los últimos tres años, por sacar cosas que no debían?
Sandra no lo sabía, para que su vida siguiera funcionando y tuviera el mismo sentido, no necesitaba saber de los problemas de la prensa y sus purgas, de la corrupción institucionalizada.

Ella pidió otra copa de vino y sonrió tristemente. Todo se le acumulaba en la cabeza. Yo no controlaba cómo estábamos abordando eso, ni cómo manejaba mi propia situación, pues estaba huyendo de mí mismo desde la turbulenta noche con Marta, aunque tal vez desde hacía bastante tiempo atrás, negándome a entrar en ese lugar donde vagan tantas vidas de pareja, un basurero lleno de esperanzas deshechas y de individuos frustrados.
Porque uno solo puede perderse hacia atrás en el humo del pasado, y hacia adelante en la bruma de lo que fuera a venir, pero la familia es el río por el que corre la vida y atraviesa esa nebulosa de incertidumbre, es el pilar en que las personas construyen su estabilidad, de las mujeres que aprenden los misterios dolorosos de la maternidad. Por eso es tan doloroso y tan difícil de asimilar encontrar grietas profundas, como manchas internas de humedad que lo van pudriendo todo, en las entrañas de ese pilar.
Imagino que hasta entonces, y desde el momento que decidió casarse y olvidar todo lo que yo algún día le dije o le había enseñado, ella no se planteó demasiado sus creencias, o todo el sistema de principios en el que se basaba su vida, las ideas del mundo adulto y tenebroso en el que se movía su marido, apegados al dinero que sustenta las ideologías y nubla cualquier otra reflexión, votando siempre de forma mecánica y orientada y, al igual que el resto, mirando un mundo complejo con simplicidad de militante.
Creemos conocer a quien amamos. Una mañana despertamos como siempre a su lado. Pensamos haberlo visto todo. Pero, ¿qué hemos entendido en realidad? El matrimonio sólo es una mala traducción de un idioma que creemos que entendemos, pero es únicamente el resultado de las ganas que le ponemos a que algo salga bien, y todo lo que viene lo asumimos de antemano. Y me digo que hay que mirar cuanto hay alrededor, las historias ocultas, las partes que no se ven, gravitando como una estrella oscura, para poder observar el conjunto del todo.

Luego pareció que el vino le hizo resignarse y buscar la parte positiva de una mala noticia. Su tono fue más agradable, la conversación más distendida. No habíamos cenado y sentía que el alcohol acumulado en el estómago se me subía en forma de vapores a la cabeza. Me parecía volver a todas aquellas noches inacabadas, llenas de afirmaciones fantásticas concernientes al amor y al sexo. Cuando se brindaba por la felicidad que venía en forma de amaneceres para dos y tardes de verano.
Le pregunté si estaba mejor, si estaba más tranquila, y con el paso de los minutos e
l carácter se le tornó más amable, consiguió estar relajada. Traté de hacer alguna broma para romper el hielo de lo jodido de la situación y quitarle hierro al asunto. Al sonreír, unas ligeras arrugas se arremolinaban entorno a los ojos. Unas arrugas que yo me había perdido, pensé, me perdí el paso del tiempo en su rostro, ser testigo del brotar de su madurez, de las huellas de la vida en su piel. Ella había visto crecer a sus hijas, viendo cómo uno de esos bebés acercaba su boquita ansiosa a la areola ancha y oscura del pecho de ella y cómo las gotas de leche le manchaban la comisura de los labios; pero yo no había contemplado la transformación de ella en una auténtica mujer, éramos aún muy jóvenes cuando me fui.
Salimos al frío de la noche y le dije que la dejaría cerca de casa. Necesitaba tiempo para pensar. Pero habíamos abierto la cerca del reencuentro, ya no solamente eran negativas sobre un aparcamiento, brotaron de nuevo las risas, las conversaciones cómplices, matando el trecho de los años que separaron la última vez que nos habíamos sentado a hablar así, el uno enfrente del otro.

martes, 12 de julio de 2016

CAPÍTULO XII

                                                                 SANDRA 


Lo cierto es que, desde que se marchó, yo nunca había vuelto a mencionar su nombre. Había cerrado, en apariencia, a cal y canto los retales del recuerdo.
Sin embargo, existía un subconsciente que no conseguía derribarle. Y ahora siguieron unos días en que, cada poco, pensaba en él, se me aparecía en la mente por momentos, como si aquella visita en el aparcamiento de mi trabajo fuera una enfermedad con daño retroactivo.
Yo sabía que pensar en Íñigo era el primer paso para traicionar la promesa que me había hecho a mí misma de no volver a verle.
Fue al encontrarlo de nuevo, al observar la confianza con la que sonreía y me hablaba, cuando comprendí que, a pesar de tanto silencio, entre nosotros todo continuaba igual. Yo misma había deseado, rogado en mi interior que no se acordara de mí, que no volviera a España. Hasta Marta me preguntó el otro día, de repente, si le seguía queriendo. Intenté desorientarla. Le contesté que, una vez llegado a los cuarenta, una mujer no tiene más opción que olvidar.
Sin embargo, el tiempo ha pasado a prisa en estos años. Lo reconozco, un día estaba junto a él sonriendo iluminada por el sol de aquel verano de nuestra juventud y otro estaba a punto de entrar en el invierno de mi rutina. Parece que le estoy viendo ahora, queriendo dibujarme desnuda, escudriñándome casi morbosamente, como si cada fragmento de mi piel fuera un reto para su arte.
Y nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones. Si acaso son mis hijas las que me reconfortan. Pero eso no evita que de pronto nos demos cuenta de que los años se nos han ido de las manos, que hemos sido burlados por su fugacidad.
En el tiempo que estuve con Íñigo parecía que estaba desafiando a mi destino, el mismo previsible futuro que aguardaba a todas las que eran como yo; era una forma de rebelarme contra el porvenir, de enfrentarme a todo lo que se esperaba de mí. Me explicaba mundos nuevos donde él y yo éramos los únicos importantes. Era hermoso pensar que, salvo nosotros mismos, nada era realmente necesario. Pero la realidad es distinta, la estabilidad importa, la familia importa, el dinero y el estatus importan. Iñigo por aquel entonces no tenías nada de eso, y yo me vi obligada a reconocer que soñar era bonito pero sólo era un imposible. Debía rendirme a las evidencias del presente. Por eso, cuando se fue, la vida se desarrolló para mí como una recta final; una pendiente vertiginosa hacia el vacío. Y más después de la forma tan cruel en que se precipitó todo. Sin un adiós, sin una última oportunidad para las palabras finales, una caricia o un buena suerte. Es verdad que lo evité. No me gustan esas situaciones. Despedirse requiere también dar explicaciones; decir lo que acaso es mejor callar.
Pero durante mucho tiempo lo necesité. Necesité de Íñigo, necesitaba su mirada, su voz, sus besos: aquellos besos sin motivo que solía darme sorpresivamente. En el fondo, mi soledad verdadera consistía en eso, en saber que nadie iba ya a besarme con besos sin razones concretas.
Tal vez sea peor no haber vivido nada de eso. Mujeres que pasan por la vida sin experimentar nunca el golpetazo de una pasión verdadera, rutinas infinitas y existencias programadas, simétricas unas de otras. Sin duda debe ser terrible, hurgar en la memoria y no encontrar ni una leve sombra de amor donde agarrarse para recordar. Aunque, a decir verdad, también es horrible haber querido tanto (¿querer aún?) sin obtener más respuesta que un silencio de quince años.
Eso no lo cambia siquiera el miedo que me brotó, cuando al verle en el aparcamiento, al contemplar su rostro mientras me hablaba, sentí el impulso de irme con él, abandonarlo todo y descorrer el velo de la eternidad.

Fue de nuevo a la salida de mi trabajo. Era una tarde desapacible y caminaba enfrascada en mis pensamientos, ya llegando al coche, le había dado al contacto, las luces de apertura se iluminaron, cuando noté una figura cerca de mí que se movía. De nuevo la impresión de su presencia. La ira sorda de su atrevimiento. No podía creer que fuera tan osado.
—Espera —dijo, alzando la mano y anticipándose a mis palabras—. Ya sé, sé que dijiste que no nos viéramos más, lo sé. Pero es importante, tienes que escucharme.
Yo aún seguía a la defensiva. Me había hecho a la idea de echarle una monumental bronca, y su anuncio me había dejado descolocada. Quería protestar. Iba vestido con su  nueva y habitual sobriedad y llevaba un portafolio en la mano, dentro unas hojas, y me lo trató de acercar. Los ojos de Íñigo eran una dura súplica. Tardé en procesar esa situación.
—¿Te acuerdas de Paco, verdad? Es periodista. Periodista de investigación. Él me dio esto. Tienes que verlo, es sobre tu marido.


lunes, 11 de julio de 2016

CAPÍTULO XI

                                                                     ÍÑIGO

Siempre me he preguntado si la culpa tiene volumen. Uno siente el cuerpo más pesado, arrastra los pies, y la mente parece llevar consigo un yunque. Pero no era realmente el sentimiento de culpa lo que me lastraba, ni siquiera esa cosa tan ambigua y moldeable de la conciencia; era más bien un abotargamiento, la cabeza en otra cosa, tardando en darme cuenta de la dimensión de los hechos; tratando de no pensar, como si obviar todo ello fuera lo mismo que repudiarlo y renunciar a su verdad.
Desde que volví a Madrid y por mis recuerdos empezó a pasar Sandra, con el hecho de verla incluido como el acontecimiento más reseñable, mi vida iba a extraños bandazos de indiferencia y parecía no saber diferenciar la importancia de las cosas, por eso, tirarme a Marta era como un escalón más en la deriva, mientras notaba que iba perdiendo el control de mis sentimientos, y ni siquiera era capaz de mirar a Carlota y sentirme culpable.
Para una mujer, mentir es una medida de protección. Al proteger la verdad, protege su honra. Para una mujer, mentir es una demostración de virtud. Actúan como si lo supieran todo acerca del engaño, como si practicaran a diario con la compunción. Y en ocasiones es así, mujeres que se construyen una vida entera alrededor de una mentira, y el tipo que está a su lado no llega a conocer nunca, ni a acercarse, a lo que les pasa a ellas por la cabeza y el corazón, sus secretos y deseos, las claves más trascendentes de su pasado.
Pero de nosotros se espera que nos comportemos como tal, actuar como cerdos, y así darles la razón a los que dicen que el hombre es infiel por naturaleza. Ser de ese tipo tan definido, hacer caso al tópico, me jodía y abrumaba. Era como si al volver a España, regresara a los momentos de dispersión, de total falta de pudor, aquella actitud salvaje que definió mi juventud, donde los excesos y la falta total de moral eran el pan de cada día. Lo que pasó con Marta era un síntoma de algo, sí, ¿pero de qué?

Como existe ese pacto tácito entre dos amigos que gustan de la gastronomía, el ir alternándose en el pago, y la última vez, tal vez en gratitud a mi generosa aportación para su exposición de arte moderno, pagó él en Sacha, aquella noche invité a cenar a Óscar en el Goizeko, con la intención también de despejar la cabeza.
La conversación estaba lejos de ser una charla aparentemente trascendente, pero nos gustaba reunirnos con incansable cordialidad. Estaba degustando un lenguado cuando me hizo un gesto con la cabeza y bajó la voz.
—Mira quién está ahí otra vez, qué puta casualidad.
Al girarme y seguir la dirección de los ojos de mi acompañante a la mesa, vi, un par de metros más allá, charlando amigablemente con otro hombre, a Luis, de nuevo. La sonrisa amplia, el traje impecable, las entradas pronunciadas.
—Menudo  hijo de puta —apuntilló Óscar—. La de cosas que están saliendo a la luz, lo que pasa que las tapan.
—¿Qué cosas? —le pregunté, interesándome por las andanzas del marido de Sandra.
—¿Te suena el caso bar España? —Óscar adoptó un tono solemne
—La verdad es que no, ¿es algún local de lumis?
Él negó con la cabeza, siguiendo el tono severo, sin hacer caso de mi jocosidad un tanto irónica.
—Nada de eso, es un asunto muy turbio en el que está metido gente importante. Ése que está con él, se llama Mauricio Carbonell, es un mafioso de cuidado, un tío corrupto de verdad. Ese Luis está metido hasta atrás.
De repente, algo se movió dentro de mí. Suciedad en el entorno de Sandra. ¿Estaba ella al tanto? Hay asuntos de corte gansteril habituales en España, donde las organizaciones delictivas han campado durante a sus anchas con el favor de los gobernantes. Fraude fiscal, cohecho, tráfico de influencias, chantaje, contratos irregulares, soborno, recalificaciones…hasta ahí sabía, como casi todo el mundo medianamente informado; pero lo que Óscar sugería era mucho más turbio.
—¿Cómo sabes de toda esa basura? ¿No estarás echando mierda sobre la gente porque sí, no?
—¿Hace cuánto que no ves a Paco?
Viejos recuerdos de juventud me asaltaron. Vuelves a una ciudad y te olvidas de los antiguos amigos, parecen fantasmas que pertenecen al pasado, a los días de esplendor, a las noches eternas, al fuego en los labios. Uno se da cuenta así de las complejas facetas emocionales y anímicas que tiene el tiempo, con sus vaivenes y sus altibajos. Paco fue un buen amigo de correrías, en los buenos años. De hecho, creo que estuvo liado con Marta, en la época en que Sandra y yo nos conocimos.
—Bastante —reconocí, levemente avergonzado.
—Bueno, sabes que él ahora es periodista. Tiene todo un dossier de eso, pero no hay manera de darle salida, sólo escribiendo con seudónimos en páginas minoritarias o directamente clandestinas. También rastreando mucho en la deep web. Él te podrá poner al corriente. En este país han pasado cosas muy gordas.
Y como queriendo poner el broche a su afirmación, le dio un trago al Matarromera y musitó, mirando para su mesa:
—Cabrones.
Después hablamos de temas prosaicos, y la cena fue copiosa y satisfactoria (igual de abundante que la cuenta) pero mi mente ya sólo pensaba en terminar pronto, salir de ahí cuanto antes y ponerme en contacto con Paco.


miércoles, 22 de junio de 2016

CAPÍTULO X

                                                               SANDRA                                               

Me había parecido que estaba mejor que nunca, una vez superado el impacto inicial, el rubor, cohibida por aquel encuentro tras tanto tiempo, algo que había imaginado en mi cabeza multitud de veces. Era como si se hubiera completado su transformación en hombre, que el proyecto hubiera ya finalizado, y ése era el resultado.
Pero pese a todo, no podía volver a verle, quedar con él con el cínico fingimiento de que era lo más normal del mundo, como si los años no hubieran pasado, como si él no se hubiera ido sin ninguna despedida ni la remota posibilidad de un adiós, dejando abierto el sendero del recuerdo y con la sensación de final no consumado. No convenía regresar sobre esos pasos. Las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.
Era mejor alegrarme por aquello en lo que se había convertido, todo lo que llegó a ser en mi ausencia. Había dejado a un chico, volcánico, excesivo, apasionado, proclive a que se le fuera la mano en casi todo, y había regresado un hombre, maduro, asentado, que miraba con la tranquila serenidad del que ha visto muchas cosas y pateado un montón. Seguía irradiando cantidad de sensaciones con los ojos, pero eran ojos de hombre crecido, hechos a sí mismos, capaces de afrontar las situaciones donde antes desviaba la vista. Sus amigos de adolescencia de Malasaña eran más dados a la fuerza bruta y los instintos delictivos, y sin embargo de él hablaban los periódicos, había ganado dinero, era respetado en su profesión y mantenía su existencia dentro de un orden.
Tal vez era lo que más me gustaba de Íñigo. Detrás de toda esa coraza de chico de la calle, guardián de la noche, de vivir al límite; detrás de esa apariencia de lucha de clases, de soberbia intelectual y arrogancia moral, latían los comportamientos generosos y desinteresados y los sentimientos nobles. Era una persona que merecía mucho la pena, pero no ya en esta vida.



                                                              MARTA

Ese viernes, como solíamos hacer una vez el mes si la disponibilidad nos lo permitía, fui con dos amigas de nuestras mejores fiestas. Habíamos pedido dos botellas de vino para tres en la cena, y eso que empezamos suave. Pero el dulce néctar de la uva tiene ese suave efecto embriagador, y hay una línea de sombra, que sueles pasar terminados los entrantes, en que ya te da igual dos copas que doce. Ya se me había subido el tinto cuando llegaron los gin tonics.
Decidimos ir a seguir la noche por Malasaña, como en nuestros mejores años de la juventud, ya que era además un barrio donde no corríamos peligro de ser vistas por nadie del entorno laboral, pues la gente respetable de nuestras empresas no se aventura por esas calles, y podíamos esparcir a nuestro gusto, reír, gritar, beber, incluso comprarle latas a los vendedores ambulantes en la puerta de los bares.
En uno de los locales, apoyado sobre la barra y con la mirada vidriosa, estaba Íñigo, aparentemente solo. Qué tremendas casualidades ocurren a veces. El hombre se había quedado en algún rincón y era el chico el que regresaba al barrio. Donde se siente seguro, en las calles por donde solía pasear cuando era niño y no podía dormir durante las calurosas noches de verano.
Le saludé con azuzada efusividad, y me invitó a beber algo con él.
—Tiene gracia —confesó sonriendo mustiamente —. Le dije a mi mujer que salía con gente del trabajo, que tenía una cena.
— A Sandra…¿la viste? —parecía que quería que él me corroborara lo que yo ya sabía.
Íñigo asintió con gesto taciturno.
—¿Y no quiere que quedéis, verdad? —no entendía mi empeño en meter el dedo en la herida.
—No —dijo con la mirada puesta en su copa —. Y tampoco la puedo culpar de ello.
Había sabido echar a andar sin mirar a la cara del recuerdo, consiguiendo triunfar en la vida y habiendo viajado, y sin embargo, regresando con honores a su ciudad, verla no le había hecho ningún bien, anclado en la barra como un beodo mediocre y derrotado.
Intercambiamos algunas palabras trastabilladas, mi cabeza estaba rodeada por un velo de humo y graduación. La bebida me hacía aún más entusiasta y extrovertida. Me acerqué un poco a él, inclinándome para coger unas pajitas del vaso que tenía delante, y mis pechos rozaron suavemente su brazo. Quiso hacer como si nada hubiera pasado, pero sus ojos, clavados hasta entonces en su copa, me miraron y brillaron durante un instante con un destello malévolo. Le sonreí, y revolví mi copa con la pajita, después me la metí en la boca, la chupé y la tiré al suelo. Él acabó su copa, inclinando la cabeza para beber hasta el final, apurando el vaso con la ansiedad mortal de los hombres para quienes cada gota desperdiciada era un verdadero martirio. Iba a pedir otra, ya estaba haciendo un gesto con la mano para llamar al camarero cuando le corté, y no sé muy bien cómo, mi mano acabó apoyada sobre su muslo.
—No bebas más —le observé, mirándole con gesto maternal, como si yo tuviera algún tipo de competencia a la hora de cuidar o no de él.
Por primera vez, su actitud fue decididamente distinta. Miró la mano que tenía apoyada sobre su muslo, y no dijo nada, pero en la mirada tenía reflejada la temeridad de sus pensamientos. Aquellos ojos claros que no mostraban la edad se iluminaron y se tornaron sagaces.
Pensé si alguna vez él le había sido infiel a su mujer. En el interior de todo hombre, por mucho que haya cambiado el rumbo de su vida, permanece, inalterable, la esencia de lo que en verdad son, animales genéticamente diseñados para expandir su semilla por los mayores sitios posibles, máquinas procreadoras de la subsistencia de la especie, llevados una y otra vez por sus instintos, febrilmente aplacados por las convenciones sociales, el autocontrol, el raciocinio y su propia sensación de responsabilidad. Pero nadie satisface todas las necesidades sexuales de alguien durante demasiado tiempo. La gente se cansa de follar siempre con la misma persona, y aunque no fuera así, está el deseo del cambio, de la innovación, sentir la provocación de otros cuerpos, el deseo de hombres y mujeres distintos, el riesgo de la culpabilidad y el morbo de la aventura.
Entonces me sonrió y pasó su mano por mi rostro, cogiendo un mechón de pelo y colocándomelo detrás de la oreja.
—Tengo que ir al servicio —se levantó y camino, con paso firme pese a todo, entre la gente para bajar las escaleras que llevaban a los lavabos. De repente a mí me entraron también unas irrefrenables ganas de orinar, y bajé las escaleras, aunque en realidad no le estaba siguiendo. Había cola para ambos baños, más para el de mujeres, y él estaba apoyado a la entrada del de chicos, esperando para entrar. Me acerqué a él y sin decir nada, cogiéndole totalmente de improvisto, le besé suavemente en los labios. Su rostro reflejó la sorpresa. Le rodeé con mis brazos y fui a besarle de nuevo, pero me detuvo.
—Para —me ordenó en tono de ineficaz autoridad.
Se quedó un poco bloqueado, como ausente, y después fue él el que me agarró por la cintura, atrayéndome hacia sí. Me di cuenta que, a pesar de todo el alcohol ingerido, seguía oliendo bien, no sólo su perfume, su piel desprendía su olor característico, que ya había percibido años atrás, cuando levemente me rozaba o pasaba a mi lado.
Reconozco que me dejé atrapar por todo ello, y ya era demasiado tarde para que alguno de los dos se echara atrás. Apresurados, entramos en el primero hotel que nos topamos en Gran Vía.
Ninguno dijo nada durante todo el tiempo. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras. Tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. Su cuerpo era definido y marcado, estaba en muy buena forma, y me arremetía con furiosa pasión. Me abstuve de decirle que si Sandra por alguna casualidad se enteraba, no iba a perdonar, ni a él ni a mí, en lo que a los tres nos quedaba de vida. El odio es más preciso que el amor. Más constante, más fiel, mucho más permanente. Así, igual que el amor se apura y se acaba, el rencor y los sentimientos ominosos pueden prevalecer en el fondo del corazón de una persona durante toda su existencia, con gran memoria y poco dado al olvido.
 Íñigo se fue antes, con una usencia de buenas noches, y yo me quedé, ya menos abotargada, un poco más enredada entre las sábanas; echando después un vistazo por la ventana, se veía parte de Madrid, donde, a través de los edificios y de los árboles, lucían tenuemente pequeñas, amarillentas e irregulares manchas de claridad.

martes, 7 de junio de 2016

CAPÍTULO IX

                                                                   ÍÑIGO

Me aferré al presente. A seguir hacia adelante y vivir cada día sin mirar atrás. Abonado al desenfreno, a amanecer en hoteles sin recordar casi nada de la noche anterior, ni reconocer el cuerpo que tenía a mi lado. Los días pasaban como si fueran horas, y a veces las semanas parecían meses.
Me habían amenazado para que me fuera, pero no lo hice por eso, más bien para no sufrir la violencia del recuerdo. De las tinieblas del pasado sólo echaba mano cuando quería sacar el tesón para crear, para ponerle el toque que le faltaba a los negocios, la intensidad en la lucha por la supervivencia. Es la mejor manera de salir adelante. Sólo la oscuridad tiene la fuerza necesaria para hacer que un hombre le abra su corazón al mundo, y la oscuridad era lo que me rodeaba cada vez que analizaba lo sucedido. Así somos, el resto del tiempo evitamos pensar en los que nos hace daño, en los errores sin solución, en el sordo cinismo de nuestra existencia que ya no grita ni patalea. Y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia.
Nunca valoré acudir de repente y en persona, había barajado llamarla, para pedirle un encuentro, y secretamente yo había contado con que Sandra tomara la decisión por mí, suponiendo que ella se opondría, asumiendo que hablaríamos de ello una sola vez y ése sería el final del asunto. Pero pocas veces fui de hacer las cosas a medias, más bien de ponerme el mundo por sombrero y presentarme allí donde quería que sucediera algo. La cobardía de los móviles no va conmigo, y aún era lo suficientemente guapo como para que se valorara mi presencia.
En verano, Madrid era una caldera que comía fuego, pero aún faltaban unas semanas para la primavera y los días todavía eran cortos y fríos. Casi me quedo como un pajarín esperando en el aparcamiento descubierto. Cuando creí que no llegaría, o que me había equivocado de coche, sentí, o más bien tuve el presentimiento, de una silueta acercándose hacia donde yo estaba. Traté de parecer impasible, tranquilo. No sabía si sería capaz de contener tanta curiosidad en la forma de la mirada.
Ella estaba ya bastante cerca. Entonces algo atravesó mi cerebro y mi lucidez. Esos momentos en que la vida de otro te hace pensar en la propia. Mientras la observaba, fui entonces consciente del propio paso de los años, yo la recordaba como siempre, como la primera, como la última vez, y la memoria la había momificado en mi cabeza, pero si ella había evolucionado, cambiado, entonces también yo, las arenas del tiempo habían erosionado mi piel y mi rostro, una certeza parecida a cuando abres un álbum de fotos y te ves en una de esas estampas algo de tiempo atrás, sabes que eres tú, pero también eras otro.
También, extrañamente, verla me hizo pensar en Carlota, mi mujer; me resultaba difícil recordar cuándo comenzamos a decirnos mentiras. El pasado caminaba hacia mí, y apenas podía saber cuándo había empezado a perder el control del presente.

Al día siguiente por la tarde visité el museo Reina Sofía, pues en una de sus salas un amigo exponía una colección de arte moderno en la que yo colaboraba. Más bien le había ayudado a organizarla y a conseguirle los permisos oportunos, llevándome por supuesto mi parte. Era el segundo día y no había mucha gente. Dos chicas con pinta de inglesas estaban paradas frente a un cuadro de significado indescifrable, un tipo con actitud despreocupada se paseaba arriba y abajo, y creo que me molestaba su nariz aguileña y su aspecto, un tipo prognato, pálido, de unos cuarenta años y con parecido a una garduña. Cerca había un chico joven que miraba con gesto contrito y pensativo una escultura de una figura humana aparentemente desnuda y rodeada por diferentes cables. ¿O eran alambres? Me acerqué a él.
—¿Qué te parece? —le pregunté, esbozando una de mis cálidas sonrisas.
El chico me observó, tanteando la situación con sus ojos claros.
—¿Eres el autor?
Seguramente la gente necesita saber con quién está hablando antes de emitir un juicio de valor.
—No, no lo soy, pero colaboro con la exposición.
El chaval, que no llegaría a treinta años, se encogió de hombros.
—Pues una mierda, la verdad.
Me reí con franqueza. Su sinceridad me había pillado por sorpresa.
—Eso está bien. ¿Cómo te llamas?
Él miró la escultura otra vez, dando la cabeza con gesto de desaprobación.
—Roberto.
—¿Eres estudiante de arte? ¿Roberto qué mas?
Me miró con cara de indecisión, analizando mis rasgos y mi semblante.
—Granda. Roberto Granda. No, no estudio arte, y no me interesa demasiado el arte moderno, sinceramente.
—¿Y por qué estás aquí? —aquella tarde no tenía mucho más que hacer, y charlar con los que rondaban la galería me parecía algo tan bueno para pasar el tiempo como cualquier otra cosa.
—Curiosidad, supongo. Estoy al lado, escribiendo en la biblioteca.
Cuando salí del museo, pasé por la cafetería que está en la zona de abajo y vi a Roberto sentado en la barra, tomando una caña y echando un vistazo al periódico. Lo saludé y me senté a su lado, en silencio al principio, y entablando rápidamente conversación. Me contó un poco lo que hacía y lo que quería hacer. Hablamos de Londres y de Madrid, de arte antiguo y moderno, de guiones y de literatura, y dejó que le invitara a otra cerveza. Después se despidió y dijo que tenía que volver a la biblioteca.
—Puede que algún día escribas algo bueno —le dije de forma amable, a modo de despedida.
Él sonrió levemente y entornó los ojos.
—Quién sabe. Dicen que todos llevamos dentro la gran novela de nuestra vida.

Esa misma noche cené con mi amigo Óscar, el de la galería del Reina Sofía, en Sacha, alta cocina algo peculiar, pues el fogones y dueño que da nombre al restaurante se considera a sí mismo un artista. Allí se juntan altos ejecutivos de las torres y la zona de Plaza Castilla y la Castellana con nuevos ricos y el postureo artístico. Me abstuve de contarle las impresiones de Roberto, que eran también las mías, sobre lo que allí se exponía, y la conversación giró entorno a lo que más le gusta a esta gente: ganar dinero, criticar a los que también lo tienen y atacar las diversas formas poco legales de amasarlo.
—Por ejemplo —me dijo—. Mira quién está ahí. ¿Ves a ese tipo de la corbata azul, justo a tu derecha?
Me volví con disimulo para ver al comensal al que se refería. Era un hombre más o menos de mi edad, aunque con alguna entrada pronunciada en la frente. Tenía un moreno algo artificial para esa época del año, y la sonrisa que me recordaba a un chacal. Me resultaba vagamente familiar. De esas caras que se han perdido en alguna espesa laguna del cerebro. Los rasgos cambian, las personas se estropean.
—Pues es uno de los cabecillas de la trama de…
Óscar se interrumpió, pues llegaba el camarero con el segundo entrante. Una crema de marisco con salpicón de bogavante. Para que no resultara incómodo y demasiado evidente, Óscar siguió hablando.
—Es un tal Luis. Algunos lo llaman Tío Luis. Vaya lo que tienen montado.
Me volví de nuevo y la cabeza se me iluminó como con fuegos artificiales. Había pasado tiempo, pero entonces todo me sobrevino con una claridad pasmosa. Claro que era él, Luis. Cómo no saber quién es, y con quién está casado. Cómo olvidar sus palabras de amenaza “No sabes quién soy yo” y otras lindeces invitando a marchar, dejar la vía libre. Pues sí, es cierto que me fui de Madrid, y no por ti; pero ya ves, estaba de nuevo de vuelta, Luis, y me seguía importando un cojón quién hostias fueras tú.

jueves, 2 de junio de 2016

CAPÍTULO VIII

                                                               SANDRA

Desde la llamada de Marta, tuve la sensación constante de que en cualquier momento lo vería aparecer. Era como si lo sintiera en cada esquina, en cada vuelta de la calle, caminando despreocupado por la entrada de mi trabajo, con ese andar seguro, la sonrisa irónica, las facciones expresivas. Su presencia, la idea de su presencia, se hizo extrañamente real, aún sin estar presente ni dejarse ver.
No sabía exactamente si lo que quería era saludar, comprobar sobre mí el paso de los años o verificar que el pasado del que huía realmente existió. O alimentar su rencor. ¿Era posible que el odio existiera aún?, la rabia por el dolor causado, por mi interesada forma de actuar. A sus ojos, lo que yo había hecho era una perrería sin paliativos, no sólo traicioné lo que éramos, si no que traicioné todo en lo que creía, me comporté acorde a la forma de ser que el más odiaba, la manera de ver el mundo y la vida que tantas veces habíamos criticado.
Lo imagino al poco de irse, castigando su memoria en bares de mala muerte, ahogando el recuerdo en profundos y oscuros vasos de whisky, buscando mujeres de una noche, el consuelo de un cuerpo cálido al lado, la anestesia de otra piel. ¿Llegó a hacer sangrar sus nudillos contra la pared al golpear así toda la impotencia? Pero todo tiene su doble cara, es lo que hace de las relaciones y de la existencia un torbellino complicado y fascinante: no puedes odiar algo tan violentamente a menos que una parte de ti lo ame también.
¿Cómo sería su matrimonio? Había tardado bastante en casarse, e Íñigo era un hombre que necesitaba un grado más de independencia que el resto. Era demasiado joven para vivir a través de otra, demasiado inteligente para no querer tener una vida completamente suya. No puedes tratar de ponerle cadenas, o querer vertebrar un matrimonio corriente, con un tío que vive para el arte, que se duerme pensando si será capaz de pintar o de escribir algo que conmoviera a la gente y cambiara en algo sus vidas. No, no se puede pretender una relación normal con él, detrás de toda su aparente serenidad, había una gran oscuridad: una necesidad de ponerse a prueba, de correr riesgos, de bordear los límites de las cosas. Era el tipo de persona que se mete a nadar hasta muy adentro en una playa desconocida, y cuando al fin sale y tú estás con el corazón encogido, él vuelve con una sonrisa y con comentarios acerca de la temperatura del agua. De los que se pierden en las excursiones en grupo con guía porque quiere descubrir sus propios caminos, como si el riesgo fuera algo divertido, un aliciente más. Era como si los pasos por La Tierra tuvieran que ser exprimidos al máximo, sacándole a las estaciones todo su jugo y todo el corazón. Yo había estado con él y pude experimentar más intimidad de la que había vivido nunca. Me sentía muy ligada a todo su ser y, con constante asombro, descubrí que tenía talento para aquella clase de vida.
Íñigo daría la cabeza negando disgustado si supiera cómo han sido mis últimos años con Luis. Nada que ver con lo que Íñigo consideraría tener una existencia apasionante. Él había viajado, había vivido noches intensas y conocido a personas interesantes, saliendo, sin duda, arriba por sí mismo, a base de tesón, talento y constancia. Pero yo tenía a mis niñas. Mis hijas justificaban todo lo demás, daban sentido a una vida, eran el legado grandioso, la continuación de mí.

Fue a las pocas tardes de la llamada de Marta. Yo había terminado la jornada en el trabajo, la noche se había adueñado ya de Madrid, y cuando me dirigí hacia el aparcamiento, iluminado por la blanquecina luz de las farolas, vi una figura apoyada en mi coche, en posición de aguardar. Al principio detuve mi caminar, pensando si iba a ser víctima de un robo, pero luego fui distinguiendo mejor las facciones de la figura, y mi corazón pareció girar sobre sí mismo. Hacía mucho que no me acercaba a la ventana de su rostro. Demasiados años, que ahora parecían agolparse de repente. Estaba aquí, después de tanto tiempo lejos de mí y de los recuerdos, lejos de Madrid y de lo que fuimos, lejos del corazón que siempre le extrañó pero que no tuvo más remedio que seguir latiendo y ser cada vez más fuerte.
Estaba tranquilo, esperando, viendo cómo me acercaba. Iba vestido de manera formal, una cazadora elegante, bien peinado, el rostro afeitado marcado por las sombras y la luz, la mirada curiosa y turbadora. No necesité mucho para darme cuenta de que un fuego inextinguible le mantenía vivo, de que era más auténticamente él mismo de lo que yo podría serlo nunca. Era como si estuviera ahí parado sólo para recordarme que, ya pasados sus mejores años, seguía siendo el hombre más atractivo y seductor que podría conocer. Me paré delante de él, casi afirmando, pero no dije nada, esperaba oír sus primeras palabras después de la huida, quería que hablara primero. Sonrió, separó la espalda del coche y se resaco el mentón, clavando sus ojos en mí.
—¿Qué tal te van en tu vida ejemplar?
Menudo hijo de puta. Entonces comprendí, y ya casi había comenzado a hacerlo sólo con verle y con sus palabras, que estaba ahí para dinamitar mi vida entera.

martes, 24 de mayo de 2016

CAPÍTULO VII

                                                                  MARTA

Era listo, Sandra no dejaba rastros suyos, no se exponía y tenía blindada su privacidad y la de su familia; es verdad que podría buscarla por el listín telefónico, pero como ella no tenía datos públicos en la red, ni de su lugar de trabajo, Íñigo hizo el movimiento más sensasto y acudió a mí, pues con un vistazo a mi perfil de Facebook o de LinkedIn ya pudo saber dónde trabajaba y hasta casi mis rutinas.
Porque esperar encontrarse en Madrid con alguien de quien apenas tenías una referencia era una misión casi descartable. Él podría pasear por las calles todos los días durante el resto de su vida y no encontrarla nunca. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Son esas paradojas de lo urbano. Allí en los pueblos uno conoce la existencia de sus vecinos y la de sus antepasados, todo el linaje y las leyendas, las miserias y secretos; los rumores, interactúas con ellos, tienes conflictos con ellos, y cuando finalmente hay que echar sobre alguno tierra a la tierra, el funeral es un acontecimiento social a nivel local. Las marujas cuchichean a las puertas de la iglesia, la gente aprovecha para charlar y ponerse al día, o tomar unos vinos, el mismo día en que un abnegado sacerdote rural ha dicho las últimas palabras sobre su vecino.
Pero en la ciudad no, has compartido mismo cielo, mismas calles y transporte urbano, puede que los mismos bares, teatros y restaurantes, con gente que no conoces de nada y no conocerás nunca, que un día se mueren y a ti te da igual porque ni te enteras, mañana te cruzarás con cien caras como ésa, indiferentes rostros que pasan a tu lado, personas de sólo ida.

 Íñigo tenía esa característica de ciertas personas que guardan en su rostro y en su manera de estar de pie la esencia de lo que son, por eso lo reconocí al instante. Iba peinado diferente, el pelo ligeramente más gris, portaba una americana sobre una camisa a rayas, pero al acercarse seguía siendo él, tan diferente de todos los demás, tan irreductiblemente él mismo.
Cuando caminó hacia la mesa donde un pequeño cartel ponía ‘Subdirectora’, sonrió como si acabáramos de vernos ayer, había incluso una insinuación de ternura en torno a la boca, el gesto era amable y tranquilo, aunque a los quince segundos ya me había mirado las tetas, el mismo hijo de puta de siempre. Podía intuir que debajo de la chaqueta y la camisa había un cuerpo en buen estado, el cuerpo también es arte, como solía decir, y a pesar de ser un cuarentón con todas las de la ley, la naturaleza parecía haberle bendecido con unas más que benévolas condiciones, una tregua al paso de los años. Seguramente le gustaba cuidarse, mirarse delante del espejo del baño por las mañanas y sentirse bien, los músculos definidos, un abdomen sin grasa, brazos ejercitados, para decirse a sí mismo que sí podía permitirse esa esposa más joven y hermosa, aunque a ellas les da igual, ese estilo de mujeres obedientes que encuentran la tranquilidad en tipos de posibles y sólidos en general, a los que tienen contentos porque a lo mejor les sacan la leche con la boca o hacen pocas preguntas sobre las cenas de negocios entre semana que se alargan más de lo debido, llegando ellos a casa, bañados en Lagavulin o Black Label, a las tantas de la mañana y cayendo redondos como fardos.
Aunque no era muy original al buscarme a mí, imagino que en su momento él lo consideró una especie de triunfo, incluso un acto de valentía. No tenía idea de cuánto iban a cambiar nuestras vidas desde entonces, por el simple gesto de sentarse en la silla tras mi escritorio y empezar a hablar con naturalidad. Se supone que no debía sorprenderme verle, toda la gente informada de la ciudad sabía que él estaba de vuelta, él y su éxito.
¿Crees que es una buena idea? le pregunté al fin, cuando me hubo planteado su intención de contactar con Sandra. Quería que yo le dijera exactamente dónde podía hacerlo.
Él abrió los brazos, mostrando las palmas hacia arriba, mientras sonreía, como transmitiendo inevitabilidad. Así era siempre, sin darle la espalda a la tentación o a los errores, “¿Otra copa?”, abría los brazos y sonreía, ”¿Buscamos el último bar?”, abría los brazos y sonreía, “¿Medio gramo?”, abría los brazos y sonreía. Como dando a entender la aceptación del devenir de los acontecimientos por pura irresponsabilidad, o haciendo que ocurran sólo por no querer evitarlos.
Dime, Marta, ¿quién puede decir lo que está bien o lo que está mal?

miércoles, 18 de mayo de 2016

CAPÍTULO VI

                                       
               


                                                                     SANDRA


A Íñigo le hacía gracia ese contraste, le gustaba sentarse conmigo en camiseta barata y vaqueros en alguna de las terrazas de los bares de mi barrio, en Velázquez, en Goya o Claudio Coello. “Soy como el Pijoaparte de Marsé”, me decía, y reía con ganas, viendo aquellas muestras de impostura, los clones casi idénticos de gente joven, las mismas camisas, el mismo peinado, “Luego se casan entre ellos, y ellas paren hijos como camadas que tienen todos edogamia pepera”, me decía, en la época en que Aznar acababa de ganar su primer mandato. A algunos de esos chicos los conocía yo, provenientes de familias con uno de esos nombres que hacían que en España el concepto de oligarquía dejase de ser una abstracción teórica.
Una tarde estábamos sentados dentro de un asador de Ortega y Gasset, “Apuesto a que de todos los que viven en esta calle, ninguno lo ha leído”, decía despreciativo y confiado, para él, que ‘Estudios sobre el amor’ era todo un manual de vida y sentimiento. Y después de tomar unos aperitivos, me miró de forma pícara, burlona, como cuando trama algo, y después de echar una ojeada de soslayo a los camareros con pulcros chalecos y pajarita, se acercó despacio a mi oreja y me propuso rememorar la primera noche, la noche en que nos conocimos. “¿Aquí?”. Él afirmó divertido. Me sonrojé, miré hacia los camareros como si llevara la marca de la culpa en la cara, pensando que si uno de ellos posaba los ojos en mí, inmediatamente adivinaría nuestras intenciones. Íñigo apenas podía contener tanta curiosidad en la forma de la mirada.
Era media tarde, no había bebido nada y era un día entre semana. Aquello no podía estar más fuera de lugar. Pero su proposición había activado algo dentro de mi cabeza, hizo despertar la parte que hace fluir los mecanismos del deseo, el peligro y el morbo, segregando adrenalina. “Ve al baño de mujeres, yo me acerco a la barra a pagar, y después, al cabo de un minuto o dos, entro detrás”. Él parecía muy seguro en cuanto a la forma de proceder.
Cuando se metió en el habitáculo conmigo y cerramos el pestillo, mi corazón bombeaba a toda velocidad. Me besó con furia sin muchos preámbulos y sentía mi respiración acelerada. Me bajó con ímpetu la blusa, dejando al descubierto los pechos, que se afanó en besar y chupar, mordisqueando los pezones. Tuve que ponerme una mano en la boca y ahogar un gemido.
A los pocos segundos, estaba tratando de ser silenciosa a mi pesar mientras me penetraba. Cuando salimos al exterior, aún palpitante, él miró hacia arriba y señaló el atardecer. “Mira qué contraste de colores, qué fuerza, qué azul y qué amarillo”.
Aquella tarde puse mi falda a lavar nada más entrar en casa, pues había terminado en parte sobre ella.


Íñigo se fue para no compartir el mismo cielo de Madrid después del desastre. Una huida que comprendo. No quedaba nada de su presencia aquí para cuando me casé con Luis. Había dejado la ciudad donde nació y vivió tantos años, los amigos que habían sido el sustento de confidencias, anécdotas y vicios, y la frustración de haber perdido lo que era el centro de su vida.
Hay sentencias, un pequeño puñado de palabras, en que una relación entera, una vida entera, quedan cristalizadas de repente. En el caso de Íñigo, fue su silencio. No trató de ponerse en contacto conmigo, ni intentó volver a verme. Y aún en la distancia podía sentir su sordo rencor, la supuración por la que respiraba su herida. A veces me parecía que iba a verle aparecer doblando la esquina, o esperando apoyado en la pared, abajo en el portal, con los ojos tristes y pensativos, misteriosos como solían ser. Tenía la impresión de que llegaría para ponerme el pelo detrás de la oreja como siempre hacía, gastar alguna broma, para sonreír y no volver a tener miedo al futuro. Pero nunca apareció.
Llegaron los años del nacimiento de mis hijas, de la estabilidad económica y sentimental. Las grandes épocas de nuestra vida vienen después de que nos armemos de valor y reconozcamos el mal que hay en ella y lo llamemos nuestro mejor bien. Convertir la desidia en oportunidad, la resignación en virtud.
En el amor y en la supervivencia la mujer siempre es más implacable que el varón. El hombre simplemente es más inconsciente, más atávico. Es el que se lanza a la locura de la guerra mientras las mujeres calienten las camas de los Generales, urden conspiraciones y hacen de dobles agentes para derribar imperios. Sólo hay que fijarse en las manos que hay plasmadas en las paredes de las cuevas, aquellas pinturas rupestres, son manos de mujer, las hicimos nosotras, arte en el hogar mientras ellos cazaban, traían el sustento y el fuego a la caverna.
Hemos aprendido a callar, a sufrir y a sobrevivir durante siglos en códigos impuestos por los hombres, desde la noche de los tiempos; hombres que eligen y juzgan la jerarquía entera de nuestros valores, y aprendimos a ser las que amamantaron a los grandes líderes y ocuparon las cocinas de los hogares; y esperan encima que no se nos desarrolle el instinto de perpetuación de la especie, a través del hombre no más atractivo ni más interesante sino el más óptimo. La mujer se ha tenido que adaptar mejor que nadie a una sociedad corrompida, imperfecta y primitiva. Sometidas por unas reglas hechas por ellos, hemos a su vez tenido que someter nuestro corazón y nuestra conciencia a expensas de un bien mayor, sacar el beneficio de un juego con las cartas marcadas, construir familias y vidas gracias a la astucia, la visión, el afán de perduración y el pragmatismo. La camada a salvo. Por eso no admito juicios morales por haber hecho lo que era necesario por mí y por mi familia.

Un mediodía me pareció verlo, en la gasolinera de  Alberto Aguilera, yo iba caminando dirección San Bernardo, y creí que era él subiendo al coche después de repostar, pero luego el vehículo arrancó y se perdió en la maraña del tráfico que iba hacia Princesa.  Durante el breve segundo en que creí que era él, creí que me miraba y sonreía, una sonrisa que no lograba disimular su incredulidad. Aún estaba pensativa sobre ello cuando Marta me llamó, y me dijo que Íñigo se había puesto en contacto con ella, apareciendo por su trabajo. “Está algo cambiado”.

martes, 17 de mayo de 2016

CAPÍTULO V

                                                             ÍÑIGO

Madrid era una ciudad distinta a la que yo recordaba. Las caras lánguidas se habían hecho con el tono general de una urbe sombría, como si la decadencia de la crisis hubiera teñido de gris también el alma de sus habitantes, el retrato de una lucha silenciosa contra la barbarie, de un pueblo que se resiste a perder su integridad.
No era la ciudad que derrochaba vida en noches de estupor juvenil, que coincidía con el de nuestra propia juventud. El Malasaña posterior a la Movida era un barrio agonizante, lleno de yonkis, suciedad y grotesca sordidez, una zona que se moría; pero esto era distinto, para nosotros los 90 eran los mejores tiempos y la peor época, la edad de la inocencia, el ciclo de la estupidez, la etapa de la incredulidad y la primavera de la esperanza donde lo teníamos todo por delante; ahora faltaba la intensidad en las calles, el toque incandescente; todo lo cubría el invierno de la desesperación, sólo se veía bullicio en los soleados domingos donde los turistas abarrotaban el Retiro o la zona del templo de Debod, dar sus paseos, hacer sus fotos, dejar el dinero e irse con la música a otra parte. Lugar de paso.
En los años posteriores al franquismo, la sociedad y su punta de lanza, la juventud, se esforzaron en recuperar el tiempo perdido, los siglos perdidos, para el librepensamiento. Ir al descubrimiento de su propia España. Limpiar el país del miedo y de la ignorancia, contrabandistas de cultura. Pero ahora los escualos, aunque mantenían los mismos apellidos, no eran los estertores del régimen militar y católico, pertenecían a rendijas abiertas por las que se colaba la podredumbre del libre mercado, la descontrolada ambición de dinero y el dinamitar puestos de trabajo en pos de seguir manteniendo altísimos beneficios.
En ese panorama, me pregunté cómo tomaría contacto con Sandra, si es que decidía hacerlo. Para mí Madrid seguía representando un territorio del recuerdo con una geografía propia, un sitio donde el exilio nunca ocurrió. Pero ya no podía ir a buscarla a nuestros rincones habituales, esperar verla a la salida de una obra de teatro, en la puerta de algún bar o buscar su cara entre los rostros de la gente en los cafés que frecuentábamos. Ni siquiera sobrevivía ya el Comercial. Nuestras existencias distaban mucho de las de entonces. La vida te va moldeando y alejando de todo lo que una vez fuiste, como un barco que ya ha zarpado y sólo se ve el puerto de tus mejores años a duras penas tras la popa, haciéndose cada vez más pequeño. Y, a su vez, parecía que esos años tenían su vida propia, su rincón, en ese lugar profundísimo de la memoria donde suceden las cosas que quieren suceder, y donde la Sandra que conocí aún pervive en el abrasador silencio y sus hilos invisibles, donde se libra la guerra de todas las guerras, la del pasado y la del futuro, los monstruos y los demonios. Astillas del tiempo que pudo ser historia y biografía y en su apogeo sólo fue dolor.

Tal vez podría llegar a ella a través de esa amiga suya, Marta, la tetona. Siempre me causó un morbo especial, con sus voluminosas ideas. Tenía que habérmela tirado, en nuestros peores momentos de discusiones. Sólo habría necesitado tocar las teclas adecuadas de la seducción y el deseo. Para las mujeres es distinto, a pesar de la amistad, ellas en la otra ven también una competidora, y su estructura mental a la hora de ordenar sus principios no tienen unos patrones comunes, no les importa abordar plazas ocupadas, territorio de otras, al contrario de la mayoría de los hombres, que preferirían cortarse el brazo derecho antes que traicionar a un amigo, hacer algo con sus mujeres o novias.
Al menos entones pensaba así. Es sólo con el tiempo cuando aprendí de las mujeres todo lo importante, aquello que los más ancianos siempre supieron: cómo fingen, cómo ayudan, cómo enseñan a amar, cómo acompañan y cómo salvan. Seres al tiempo valerosos y vulnerables, cuya vida es la suma de todo lo que cuentan, lo que imaginan y lo que jamás llegan a decir. Quería saber lo que Sandra podría haber pronunciado si hubiera estado con ella en los años en que se hubo disipado su voz.

domingo, 1 de mayo de 2016

CAPÍTULO IV

                                                             MARTA


Ella probablemente ni se acuerda, pero yo estaba con Sandra la noche que conoció a Íñigo. En realidad fue Paco, un rollete con el que yo andaba entonces, el que los presentó. Yo había visto ya a Íñigo algunas noches antes, de observarlo tomando tragos con mi ligue, deambular de aquí para allá con ese aura de grandeza de la que parece que él no se percata. Me gustaba mucho, tenía un rostro tan fascinante, tan dolorosamente joven y sin reservas, que una se podía llegar a sentir algo cohibida en su presencia. Irradiaba tal despliegue de esperanza y energía humana liberada, que por un momento a mí llegaba a faltarme la respiración, cuando posaba sus ojos en los míos y sonreía con calidez. Imagino que, si me recordaba de antes, sólo lo hacía de forma fugaz, pues esa noche estuvo con Sandra, y para después yo ya sería la amiga de su chica.
Las calles de Madrid están siempre atestadas de gente los sábados por la noche, pero aquélla en particular el gentío era más denso que de costumbre, y aún así, cuando salieron juntos del bar y comenzaron a caminar por la acera peatonal, parecían destacar por encima del simple vulgo, se diría que eran diferentes, o tal vez ya se sabían diferentes, él acercando el cuerpo de ella con delicadeza, asiéndole por la cintura, ella apoyando su cabeza en su hombro.
Recuerdo la sensación de soledad aquella madrugada, en el amanecer solitario de mi apartamento en la calle de Hortaleza, lo injusta que me parecía la existencia, ¿por qué ella sí y yo no? ¿Por qué Sandra había tenido lo que imaginaba una experiencia increíble con aquel chico fascinante y yo, que lo había visto antes, que ya lo deseaba en secreto antes siquiera de que mi amiga supiera de su existencia, que tenía más pecho y mejores piernas que ella, más experiencia y seguramente besaba mejor, tenía que pasar por esa sensación de abatimiento e injuria vital?

Luego me acostumbré a verlos juntos, qué remedio, el pasajero encaprichamiento por Íñigo era una cosa menor comparado con mi amistad con Sandra, y esa unión de varios años era lo que de verdad importaba, verla a ella feliz, desearles lo mejor en común.
Sandra me decía que lo que más le gustaba de Íñigo era su visión de lo gracioso. Sentido del humor, simplemente, gusto por las ironías de la vida, apreciación del absurdo. Yo siempre lo vi como alguien que estaba un poco ido de la cabeza; ¿quería ser galerista de arte, no era verdad? ¿Qué otra cosa se puede esperar de alguien así? Y lo más curioso es que lograba arrastrar a Sandra en su locura, en los tiempos que siguieron, ella empezó a hablar de cuadros y de libros que nunca antes le había oído mencionar, a hacer viajes a lugares cuanto menos estrafalarios, incluso a cambiar algunas de sus expresiones coloquiales. Las mujeres de su edad y de su ambiente estaban preocupadas únicamente de encontrar al marido perfecto, un empresario, un constructor, alguien de la banca, un economista, y formar una familia decente y estable. Anhelos de las dinastias de bien del Madrid conservador. Íñigo le tenía absorbido el seso. Pero, en el tiempo que lo conocí como pareja, a ratos turbulenta, de Sandra, pude ver en él también cierta modestia y discreción, amabilidad para con los demás, un corazón generoso. No sé si luego el dinero y la fama lo cambiaron, si el hecho de tener una mujer guapa y joven y haber vivido en Notting Hill le habrá convertido en uno de esos fanfarrones y estúpidos engreídos del español que se vuelve nuevo rico, la mayoría embusteros y ladrones.
Lo que está claro es que todo lo que sabe de Sandra es su pasado. La chica que él tiene en su cabeza es la que él conoció. No tiene noción alguna de cómo han sido estos años, de su relación con su marido Luis o lo que significan para el matrimonio sus hijas como fuerza de soporte. Nada sabe de lo que ha vivido.
Sandra lo fue todo para él, pero es una mujer cuyo presente desconoce.
Cuando leí la noticia en el periódico y se la mandé a mi amiga, tuve la certeza de que, de alguna manera, las vidas de los dos antiguos amantes iban a cambiar.