martes, 13 de septiembre de 2016

Capítulo XVIII

Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra.
                                                                                     Miguel Hernández


                                                                  SANDRA

Deposité un discreto ramo de flores al lado de la lápida que albergaba su nombre, en la irremediable soledad de su estancia. Habían ido algunos amigos del barrio, otros de su entorno profesional. Yo los conocía a la mayoría, viejos colegas de las noches de antaño, yendo a brindarle el último adiós. Todo lo que Íñigo fue en el éxito y todo lo que nadie conoció en esos quince años. Una vida oculta dormida entre los escombros de su pasado. No debe preocuparse más, pues en la eternidad nada pasa. Amarga lección póstuma. Amigos que sólo tendrían palabras de halago a la persona que ya no está presente. Como si lo esencial de un hombre se revelara en sus virtudes y no en sus carencias. Yo quise a Íñigo por todas sus pequeñas desesperantes manías, por la forma que tenía de ruborizarse cuando se enojaba  un poco, por la timidez para abordar algunos asuntos, por la mirada que nunca perdió de chico de barrio que busca el peligro y el exceso. Pero sí, Íñigo tuvo el estigma de ser siempre tan hermoso como trágico, de querer beberse la noche y la vida en pos de las respuestas, y siempre me preocupó ese joven cuyos ojos estaban destinados a la belleza, pero también al infortunio, porque ¿qué más peligroso para él mismo que un sediento buscador de absolutos?

Empiezo a sospechar que todos los amores son trágicos. El amor que se pierde y el amor que se acepta como rutina, sumiéndonos en la gris tragedia cotidiana. Término del trayecto. Clausura de una decisión. ¿De verdad tenía pensando escaparme? Tan sólo me queda repetirme sin querer que un amor como el que nosotros vivimos no puede morir así, con tantos y tantos interrogantes sin respuesta. Pero reacciono en seguida. No es lógico ni conveniente deformar la realidad. Algunas cadenas propias son tan invisibles como irrompibles. Lo de Iñigo sólo fue una sonrisa para una ilusión absurda. Lo he sabido siempre. Un juego a modo de viaje que jamás he tenido intención de convertir en una travesía de verdad. Me hubiera echado atrás a última hora. Huidas soñadas que se quedan en simples proyectos. La vida real no acaba con la pareja de enamorados huyendo hacia el horizonte bañado por un sol decreciente. Mi vida real es Luis, y será mejor que vuelva a hacerme a la idea cuanto antes. Está muy claro que no he nacido para transitar otros ámbitos que no sean los de mi propio entorno, concretamente la aprobación familiar y social; además, podré lidiar con ello, nadie juzga los secretos y miserias internas de un matrimonio.
Y así, el pasado que se muere, y el futuro es cenizo como el alma de ese cementerio enorme. Tan sólo tumbas aglomeradas rozando la desmemoria, que invitan a no dejar pasar el tiempo que nos queda por vivir. Larguísimas hileras de historias sepultadas, de vidas de otra época. De todo lo que se nos va y ya nunca más volverá.
Flores sobre su lugar. Tierra a la tierra. Tierra sobre el croma del olvido, a la palidez del mármol. Ése es el color de las sombras, blanco como la lápida a cuyos pies yacen las flores que pronto se marchitarían, igual que los viejos amigos que estábamos allí alrededor. Todos nosotros. Como la sombra alargada de aquello que se había roto y definitivamente dejábamos atrás.
Ya no nos quedaba juventud.




Roberto Hernández Granda.       Madrid- Oviedo   2016

Capítulo XVII


—¿Seguro no quieres decir nada más?
Cuando piensa que van a dejar de golpearle, le atizan de nuevo. El dolor repiquetea en las sienes, como una punzada intensa, y un oído le pita. Íñigo está sentado en una silla, con las manos atadas atrás, y cuando recobró el conocimiento, pudo ver que se hallaba dentro de lo que parecía una nave industrial que huele a humedad vieja, sudor y tabaco.
Hay dos hombres, grandes como armarios y vestidos completamente de negro, al lado suyo, y son los que le están castigando el cuerpo con obstinada dedicación. Por un ojo la visión se le ha nublado, debido a la contusión, pero cree distinguir, un poco más alejado, al hombre que Paco lo definió como Mauricio Carbonell. Impasible, asistiendo a todo y observando como el que acude a un espectáculo taurino. Regocijándose ante el animal acorralado que sangra. Da instrucciones precisas con leves gestos de la cabeza a un tipo que vio cómo se dirigía a él como Dima, que acarrea una pistola con cuya culata le golpeó varias veces.
Después ése le muestra una foto de Paco. O lo que quedaba de él. Se lo hacen mirar, con una mueca burlona. Y puede distinguirlo en la foto. Indiscutiblemente muerto. La visión de su rostro casi deformado hasta hacerlo irreconocible le voltea el cerebro. Los hombres más avispados son los que más sufren ante la inmediatez de una tortura, pues son capaces de imaginar o intuir todo lo que se puede hacer para llevar el dolor a un cuerpo.
—Es la última oportunidad, amigo. Dinos quién más está al tanto de las investigaciones de Paco, y te dejaremos marchar —Mauricio se agacha para hablarle—. No tenemos nada en tu contra. Pero de no ser así, no te espera una muerte rápida, olvídate de la pistola.
Íñigo se retuerce levemente sobre la silla. Busca el oxígeno que salga de sus pulmones a través de su pecho dolorido. Trata de hablar. Pronunciar las palabras precisas que compren su libertad.
—Vamos, los nombres, o el nombre, y te podrás ir de aquí, te lo aseguro.
No merece la pena seguir sufriendo así. De todas formas, él no se lo buscó, fue Sandra la que le llegó con todos esos papeles y la historia de Luis. Una linterna le apunta directamente a la cara, cegando su visión. Entonces Íñigo ve a la joven Sandra saliendo del mar, cuando él la miraba con el sol dándole en los ojos, y recuerda sus pasos por aquella arena hoy perdida en el océano, huellas mil veces borradas; y la ve apoyada en la barra del bar, sonriéndole tímidamente, la noche en que la conoció. Cierra los ojos ya totalmente hinchados y la ve, a través del dolor. Su sonrisa evocadora. Siente el olor de su piel y el tacto de su cuerpo, en sus manos atadas que tratan de tocarla. Y ya no hay miedo, ya no hay temblor. Sólo una tranquila seguridad, una sensación de que lo que está a punto de hacer es lo correcto. Esboza una leve mueca, una mueca sangrienta, y niega con la cabeza.
—Nadie más que yo.
El ruso mira para Carbonell y éste se encoge de hombros. Se da la vuelta despacio.
—Entonces —dice Dima, poniéndose unas nudilleras de acero —.Ya sólo nos quedas tú.
Y le golpea brutalmente en la cabeza, con una renovada intensidad, mientras todo se le vuelve negro.

domingo, 28 de agosto de 2016

CAPÍTULO XVI

                                                                     ÍÑIGO

Conducía absorto en la vorágine de pensamientos que me asaltaban, en mitad del tráfico de la M-30, pensando en las últimas semanas, la intensidad de todo lo vivido con Sandra desde nuestro reencuentro sexual en mi despacho. Y volver a recordar el pasado y su memoria, aquellas cajas con fotos que de pronto se vaciaron porque lo que había en ellas dolía demasiado. Y la ausencia. Ese tipo de melancolía desnaturalizada que surge siempre que anhelamos desesperadamente un regreso que de antemano sabemos que no va a producirse. Toda mi vida durante esos años alejados, en que el chico de Malasaña se hizo mayor, fue la historia de los besos que ya no se daban, de las preguntas sin respuesta, de los proyectos en común que jamás podrían realizarse. Y los recuerdos, esos clavos miserables que van horadando la carne, al ritmo inmisericorde de las evocaciones; un recuerdo inútil que lo volvía todo inservible.
Pensaba en ello. La manera de hacer que todo se reanudara de nuevo. Obrar a impulsos de un sentimiento más fuerte que cualquier raciocinio. Sandra dejando atrás todo lo que conocía, el marido al que se había unido para asegurarse la existencia acorde a quien era ella y lo que era su familia: la genealogía que hundía sus raíces como el águila hundía sus garras en el escudo del Régimen. Destruir de Sandra no sólo el presente, también el pasado, el lugar del que venía. Como Luis. Ese cabrón con pintas de notable apellido. Su historia se apoyaba en el origen antiguo del latrocinio y la violencia, esa España que se impuso sobre otra y la siguió sometiendo durante cuatro décadas a tenor del miedo, cerrándole las puertas al progreso, la cultura y la razón, el eterno país oscuro e intransigente, donde pensadores, científicos y poetas murieron fusilados o tuvieron que marcharse, dándole la espalda a la ciencia y al futuro; curas que chuparon la sangre del analfabetismo y el terror que impusieron después de tantos años de muerte, con el sólo objeto de engordar, junto a los hijos de aquellos pistoleros y estraperlistas que formaban las clases altas de la ciudad, siempre envueltos en ese halo de supuesta respetabilidad.
De lo que ahora renegaba Sandra, lo que podía haber sido, lo que fueron, antes que ella, las mujeres de su familia. Echar la vista atrás para comprender. Cómo era la vida de una esposa española en aquellos años, con todo aquel mujerío empujándose para ver las procesiones, arremolinándose a las puertas de las iglesias, cubiertas cada mañana con el velo y, los días de fiesta, con la peineta y la mantilla. Beatas e ignorantes. Petrificadas en su estupidez deliberada. Aquel ambiente de Sandra que era sólo un par de generaciones más atrás, en esa sociedad y esa forma de pensar que hacían tan asfixiante y mustia la vida de las mujeres de la buena sociedad en Madrid, siempre condenadas a mantenerse alejadas de cualquier lugar en que floreciera la inteligencia.
Y ahora por fin había dado el paso, parecía que quería poner a la vista la evidencia de un matrimonio pensado en rechazo de lo morganático, de una catástrofe y una ruina sentimental sostenidas por el andamiaje más que dudoso del dinero de Luis. Alejarse de sus viejas y rancias amigas del barrio de toda la vida, y de los soberbios y atrevidos amigos de él, ruidosos, vulgares, pero muy, muy ricos. Yo iba a romper con todo eso para ella, toda su pobreza interna sería bruscamente erradicada, y le iba a brindar, sólo para ella, una vida que trataría de ser noble, hermosa, culta e ilustrada.

Me rogó que no regresara y regresé. Me pidió que la olvidara y no la olvidé. Volví sobre mis pasos como el viajero que huye y que de pronto detiene su andar (Gardel, eras grande). Es posible que lo intentara. Cuando una mujer se comporta del modo en que ella se comportó conmigo, lo normal es que se procure olvidarla. Puede que Carlota fuera la más clara muestra de ese intento. Pero volví persiguiendo mi único destino. Harto de que estar casado implicara tener que practicar un amor que no lograba sentir. Estaba cerca. Ya estaba organizado. La madrugada anterior habíamos dormido juntos, y esta noche Sandra terminaría en su casa de hacer las maletas, para por la mañana dejar cada uno su domicilio e irnos, ella y yo. Buscando esos años, ese verano perdido.
Y pronto sería primavera. Caía ya la tarde y por encima de los edificios se podía apreciar una vigorosa luna llena. Cuando volviera a amanecer, Sandra y yo regresaríamos 15 años atrás. Antes de la despedida.
Metí el coche en el garaje de mi despacho en la calle Velázquez para recoger unas últimas cosas. Durante todo el día estuve llamando a Paco para organizar la manera en que se haría cargo de los documentos de su investigación, y cómo proceder sobre ellos, pero no me contestó y me fue imposible localizarlo, ni en el trabajo ni en casa.
No presté atención al coche negro que estaba al lado, fuera de cualquier plaza, y que apagó las luces cuando yo quité el contacto del mío, sólo pude sentir, segundos después y al bajar del vehículo, unos pasos como de cuatro pies, los brazos que me agarraban por detrás y la porra de caucho que me golpeaba en la sien.

viernes, 26 de agosto de 2016

CAPÍTULO XV

                                                                         MARTA

Es inevitable tener una relación de amor-odio con los hombres, al menos en mi caso, y con los años se acentúa, a la vez que eres más consciente de tus limitaciones físicas, y el cambio de mentalidad de ellos, pues ya empiezan a valorar otras cosas, o vienen con una ex mujer y un par de hijos en la mochila.
La piel bronceada ya no relucía como antaño, y la cara no poseía la misma frescura juvenil de cuando sólo contabas con dos décadas de vida y todo un mar de ilusiones en el horizonte de tu mirada. Estaba un poco harta de picar de aquí y de allá con relaciones que no duraban, a lo máximo, un par de meses, y los rolletes de una noche quedaban como algo de quinceañeras. Cansada de ser únicamente el capricho y el deseo de los hombres. A los chavalitos les gustan sólo las tetas, los culos y los coños. El último con el que estuve, Juan Pablo, era, pese a su nombre papal, un auténtica malnacido vividor para el que las mujeres sólo eran un botín de guerra efímero, un juego con el que cubrir las apetencias sexuales, para luego pasar a otra cosa. Incapaz de tomarse en serio nada, exprimía su existencia viviendo al día y tomándole el pelo a las muchachas incautas. Aunque, mientras estaba contigo, te decía y te camelaba de manera que te creyeras única para él, o que de verdad le gustabas, antes de darte la patada o liar alguna que hiciera que te alejaras de él. Lo último que me dijo, cuando quise quedar una tarde para una de esas sesiones de buen sexo, era que no podía ya que era el cumpleaños de Keith Richards, y quería celebrarlo.
Hombres. Nunca tuve la oportunidad de casarme, ni de vengarme de ellos.

Por eso, y aunque sabía que fue una cosa puntual en una noche de excesos, me dolió que Íñigo me usara para un polvete y luego no supiera de él, más que cuando, semanas después, Sandra me contó aquello que me dejó tan anonadada. No sólo había mantenido relaciones con él en su despacho, sino que llevaban semanas posteriores viéndose, y tenían pensando marcharse juntos. Huir, podría decirse. Menudo shock. Sandra Carpio abandonando a su familia. Me había contado una terrible historia sobre Luis y una trama de corrupción de la que Paco tenía constancia, y ella tenía pensando, con aquello como prueba, reclamar después la custodia de las hijas. Pero de momento, era una escapada al extranjero con Íñigo, que también abandonaría a su mujer florero. Imagino que, en esos casos, la cornamenta nunca va en una sola dirección.
Maldito Íñigo y maldita Sandra. Siempre es la pobre y estúpida Marta la que pierde. Da igual que Íñigo me gustara desde siempre; fue ella la que lo tuvo en un primer momento, la niña buena, la hija de papá, que, cuando le interesaba, siempre estaba dispuesta a actuar por encima de las dudas morales y de las consideraciones de conciencia. También deseaba poseerlo ahora que era rico y triunfador, no vaya a ser que la vida se le fuera extinguiendo al lado de su marido prosaico y cornudo.
Me dolía por Sandra. La amistad, sí, la amistad es importante, pero entre mujeres siempre fue más bien una guerra soterrada que otra cosa, y a determinada edad, una tiene que mirar por sí misma y por lo que cree que es necesario o le va a proporcionar más satisfacción. De ella no iba a decir nada, tendría que resignarse a estar de nuevo en su hogar y su vida sin emociones ni pasiones. Que aprenda a ser fiel a su posición. Creen que la corrupción es algo terrible ajeno a ellas, cuando estas socialmente comprometidas viven de espaldas a la realidad, se despiertan cada día bajo el manto de la protección que unos hombres acordes a su sociedad y a su tiempo les proporcionan, y después cuestionan el modo en que se la proporcionan. Tenemos unas reglas, Sandra siempre fue de este círculo, le guste  o no, somos conservadores y somos católicos, y el dinero es la herramienta que nos diferencia de los demás, de la chuma, de las clases más bajas, de los progresistas y los socialistas. No, a Sandra no le pasará nada, su condena es su existencia. Pero el tonto de Paco…e Íñigo, ese bastardo polla loca, no podría seguir haciendo lo que le diera la gana impunemente, y encima hundir al hombre rival de la mujer que amaba.
Descolgué el teléfono y marqué el número de Luis. 

viernes, 5 de agosto de 2016

CAPÍTULO XIV

                                                                     SANDRA

Caminaba nerviosa por la calle Serrano, donde había tomado la repentina decisión de torcer por Maldonado hasta Velázquez, y cruzar la calzada para seguir bajando un tramo más, ahora por la acera de la izquierda de aquella calle que conducía hasta el Retiro, y detenerme ante un portal. Un portal que era el del despacho de Íñigo. Había pasado días asustada, y me abordó la imperiosa necesidad de verle. La única manera de arrojar algo de luz sobre la oscuridad de mi mente embarullada era la temperamental y siempre lúcida calidez de su conversación.
Era una oficina amplia, con varias salas, una secretaria joven y sonriente (su mujer sería seguro así, de esa misma edad, los hombres suelen tener muy claros los cánones de lo que considerad juventud y lo que consideran atractivo, ropas ceñidas sobre carne fresca), una sala de estar y su despacho, amplio, con un escritorio y un par de sofás, elegantemente decorado.
No podía seguir con mi vida normal, me aterrorizaba lo que había leído en esos informes del periodista sobre Luis, las cosas tan atroces que se afirmaban o quedaban en el aire, suspendidas como una obscena insinuación. Datos, fechas, transferencias, reuniones clandestinas, desapariciones. Niños.
—Estoy muy confundida y nerviosa —le dije a Íñigo, buscando inconscientemente el contacto con su cuerpo, el abrazo protector.
Me tomó en sus brazos despacio, envolviéndome con sus brazos de deportista. Había cambiado de perfume.
—Está bien, todo saldrá bien —usaba un tono como si estuviera dirigiendo a una niña pequeña.
Me ofreció un café, y charlamos durante un largo rato. Me volvía a sentir cómoda con él, como las tardes en los bares y las sesiones de cine en el Doré. Estar a su lado me transmitía esa sensación de paz que había perdido de forma abrupta.
Desde su ventana se podía ver todo el parque, estábamos en un sexto, y la vista era excelente. Se puso de espaldas a mirar por la cristalera, reflexionando, y en un impulso que no puedo muy bien expresar, llegué a él por detrás, le hice girar asiéndole por la cintura y le besé impetuosamente en la boca. Esto nos hizo cruzar el umbral. El simple contacto de los labios fue suficiente para desencadenar una respuesta sexual, un ciego recuerdo de nuestros cuerpos. Si le pilló por sorpresa, supo disimularlo. Afrontó la situación con entereza, sin los titubeos propios que se esperarían de un adolescente, o de alguien cogido de improvisto. Me devolvió el beso y nos fundimos en uno largo, intenso y húmedo. Y fuimos trastabillados hacia uno de los sofás, el más grande, donde sin prisas pero sin pausas nos despojamos de la ropa. Creo que no hubiera podido ser de otra manera. La planificación de alquilar habitación de hotel requería de un anticipo, una organización que no era viable. Sólo algo tan repentino y fulminante podía hacer ceder nuestras defensas.
Yo estaba nerviosa y trémula como una joven primeriza, aunque ardía de deseo y de furia erótica. Él pasaba su mano por detrás de mi nuca, acariciando mi cuello, y a veces se paraba a mirarme, fijamente y en silencio, como para comprobar que estaba ahí, que era real.
Al principio me habían parecido extraños sus besos: sus labios parecía que tenían otra densidad, eran más carnosos y blandos; y su aliento desprendía otro olor. Pero su cuerpo, el aroma de esa piel enseguida fue irreconocible. No había décadas en la espiral del tiempo que pudiera borrar eso del recuerdo. Porque, a pesar de que en el mundo hay millones de personas, cada carne es distinta, tiene un color, un tacto, un olor que no se parece a ningún otro, y que no puede copiarse. Y el olor tiene su propia memoria.
Con mi ropa interior aún puesta, conseguí desnudarle y acariciar los músculos definidos y duros. Una gota de sudor frío le caía por el abdomen desnudo. Con mis labios, seguí el recorrido de la gota por el ombligo, hacia el costado, y luego sobre la pelvis. Un crujir de muelles del sofá, un gemido ahogado cuando envolví con mi boca su miembro.
Cuando me retiré, evitando que terminara prematuramente, se incorporó para intentar hacer un poco de oscuridad corriendo las cortinas, pero le dije que no. Quería ser suya de nuevo por completo, sin reparos, que pudiera mirarme y ver todo lo que se había perdido, y que me tomara tal y como era ahora. Mi cuerpo entero entregado a los labios de aquel hombre que me miraba con unos ojos negros y vivos, que era seguro y frágil a la vez. Deseaba tenerlo otra vez dentro de mí, dejándolo avanzar con precaución, como a través de una selva peligrosa en la que uno puede acceder al tesoro o perderse para siempre.


Tuve que volver a mi vida normal, a expensas de hacer algún movimiento o tener la cabeza lo suficientemente despejada para pensar con claridad. A la vuelta de mi encuentro con Íñigo en su despacho, iba con el alma en vilo hacia el hogar donde estaba Luis. Notará que huelo a él, pensaba, lo notará en mi ropa, en mi piel, en mi sonrisa. Regresé al lecho conyugal, a tener que acostarme con mi marido. Quedé consternada al comprobar que quien me imaginaba tener dentro era Íñigo, Íñigo el que me miraba desde arriba, y el aceitunado cuerpo de Íñigo era el que me penetraba en la penumbra.
Toda mi vida había dado un vuelco repentino y brutal, aunque no sospechaba que era sólo el comienzo.

domingo, 31 de julio de 2016

CAPÍTULO XIII

                                                            ÍÑIGO

No fue fácil estar ahí delante mientras Sandra iba asimilando lo que iba leyendo, de pie, en aquel aparcamiento y con la tibia oscuridad alrededor; ni convencerla para irnos a otro lugar, al bullicio clandestino del centro de Madrid, lejos de allí, ajenos a los ojos de sus compañeros de trabajo y las miradas de soslayo.
Le dije que se viniera en mi coche, que ya recogería al día siguiente el suyo, y conseguí aparcar cerca de Alonso Martínez, entrando en la primera cafetería que me pareció cómoda y neutra.
Una vez sentados pudo observar los papeles con más detenimiento, escuchar mis explicaciones, reflexionar en silencio, dando pequeños sorbos a su copa de vino, atusándose el pelo. Yo aprovechaba para observarla. Era ten hermosa que costaba mirarla, seguía produciendo ese leve dolor que sólo provocan las bellezas arrebatadoras cuando se saben lejos del alcance de uno, o sangrando en el recuerdo de algún lugar de la memoria.
Cerca nuestra había una pareja que rozaba la tercera edad, tomando sendas tazas de café, y en la mesa de al lado, una pareja de jóvenes, en esa luz flotante de la juventud, un chico de aspecto alegre y una muchacha de piel canela y ojos refulgentes que llevaba un vestido repleto de colores. Miré las dos parejas y luego pensé en nosotros, curiosa estampa, podríamos servir como modelo para componer uno de esos grabados morales, a los que tan aficionado fue el Barroco, que simbolizan las edades de la vida, el paso del tiempo sobre el cuerpo de los hombres.
—Paco lleva tiempo detrás. Lo puedes ver. Tiene la descripción. Tiene los datos. Tiene información suficiente para involucrarle —le dije, tratando de no incidir demasiado en el tono, que fuera lo más aséptico posible.
Sandra afirmó con la cabeza mientras volvía a bajar la vista hacia los papeles
—¿Cómo? —preguntó Sandra, como si en realidad lo que quisiera saber era cómo era posible que su ideal de marido ejemplar hubiera sido torpedeado de esa manera, quién y de qué manera había podido traspasar así las reservas de lo que se suponía la privacidad de los negocios de Luis para exponerle así al peligro.
—Una fuente amiga, un antiguo miembro del CNI al que llaman ‘El Catedrático’. Saben mucho sobre Luis, sobre el tal Mauricio que se nombra ahí, y algunas cosas más turbias que pasaron y pasan en la Comunidad Valenciana.
—¿Y por qué no los han detenido? —Sandra preguntaba con la inocencia de la niña que ve una película en el cine y espera que los ladrones sean castigados y los buenos recompensados por poner a los maleantes bajo custodia. Como el que asume que el que roba un caramelo será regañado.
—Es más complicado que todo eso. De lo que el CNI maneja a lo que sale a flote media un mundo. La podredumbre está bien inmersa en todo el sistema, judicial, político, informativo. Ni siquiera los jefes de Paco pueden hacer nada. ¿Sabes cuántos directores de periódico han sido cesados en los últimos tres años, por sacar cosas que no debían?
Sandra no lo sabía, para que su vida siguiera funcionando y tuviera el mismo sentido, no necesitaba saber de los problemas de la prensa y sus purgas, de la corrupción institucionalizada.

Ella pidió otra copa de vino y sonrió tristemente. Todo se le acumulaba en la cabeza. Yo no controlaba cómo estábamos abordando eso, ni cómo manejaba mi propia situación, pues estaba huyendo de mí mismo desde la turbulenta noche con Marta, aunque tal vez desde hacía bastante tiempo atrás, negándome a entrar en ese lugar donde vagan tantas vidas de pareja, un basurero lleno de esperanzas deshechas y de individuos frustrados.
Porque uno solo puede perderse hacia atrás en el humo del pasado, y hacia adelante en la bruma de lo que fuera a venir, pero la familia es el río por el que corre la vida y atraviesa esa nebulosa de incertidumbre, es el pilar en que las personas construyen su estabilidad, de las mujeres que aprenden los misterios dolorosos de la maternidad. Por eso es tan doloroso y tan difícil de asimilar encontrar grietas profundas, como manchas internas de humedad que lo van pudriendo todo, en las entrañas de ese pilar.
Imagino que hasta entonces, y desde el momento que decidió casarse y olvidar todo lo que yo algún día le dije o le había enseñado, ella no se planteó demasiado sus creencias, o todo el sistema de principios en el que se basaba su vida, las ideas del mundo adulto y tenebroso en el que se movía su marido, apegados al dinero que sustenta las ideologías y nubla cualquier otra reflexión, votando siempre de forma mecánica y orientada y, al igual que el resto, mirando un mundo complejo con simplicidad de militante.
Creemos conocer a quien amamos. Una mañana despertamos como siempre a su lado. Pensamos haberlo visto todo. Pero, ¿qué hemos entendido en realidad? El matrimonio sólo es una mala traducción de un idioma que creemos que entendemos, pero es únicamente el resultado de las ganas que le ponemos a que algo salga bien, y todo lo que viene lo asumimos de antemano. Y me digo que hay que mirar cuanto hay alrededor, las historias ocultas, las partes que no se ven, gravitando como una estrella oscura, para poder observar el conjunto del todo.

Luego pareció que el vino le hizo resignarse y buscar la parte positiva de una mala noticia. Su tono fue más agradable, la conversación más distendida. No habíamos cenado y sentía que el alcohol acumulado en el estómago se me subía en forma de vapores a la cabeza. Me parecía volver a todas aquellas noches inacabadas, llenas de afirmaciones fantásticas concernientes al amor y al sexo. Cuando se brindaba por la felicidad que venía en forma de amaneceres para dos y tardes de verano.
Le pregunté si estaba mejor, si estaba más tranquila, y con el paso de los minutos e
l carácter se le tornó más amable, consiguió estar relajada. Traté de hacer alguna broma para romper el hielo de lo jodido de la situación y quitarle hierro al asunto. Al sonreír, unas ligeras arrugas se arremolinaban entorno a los ojos. Unas arrugas que yo me había perdido, pensé, me perdí el paso del tiempo en su rostro, ser testigo del brotar de su madurez, de las huellas de la vida en su piel. Ella había visto crecer a sus hijas, viendo cómo uno de esos bebés acercaba su boquita ansiosa a la areola ancha y oscura del pecho de ella y cómo las gotas de leche le manchaban la comisura de los labios; pero yo no había contemplado la transformación de ella en una auténtica mujer, éramos aún muy jóvenes cuando me fui.
Salimos al frío de la noche y le dije que la dejaría cerca de casa. Necesitaba tiempo para pensar. Pero habíamos abierto la cerca del reencuentro, ya no solamente eran negativas sobre un aparcamiento, brotaron de nuevo las risas, las conversaciones cómplices, matando el trecho de los años que separaron la última vez que nos habíamos sentado a hablar así, el uno enfrente del otro.

martes, 12 de julio de 2016

CAPÍTULO XII

                                                                 SANDRA 


Lo cierto es que, desde que se marchó, yo nunca había vuelto a mencionar su nombre. Había cerrado, en apariencia, a cal y canto los retales del recuerdo.
Sin embargo, existía un subconsciente que no conseguía derribarle. Y ahora siguieron unos días en que, cada poco, pensaba en él, se me aparecía en la mente por momentos, como si aquella visita en el aparcamiento de mi trabajo fuera una enfermedad con daño retroactivo.
Yo sabía que pensar en Íñigo era el primer paso para traicionar la promesa que me había hecho a mí misma de no volver a verle.
Fue al encontrarlo de nuevo, al observar la confianza con la que sonreía y me hablaba, cuando comprendí que, a pesar de tanto silencio, entre nosotros todo continuaba igual. Yo misma había deseado, rogado en mi interior que no se acordara de mí, que no volviera a España. Hasta Marta me preguntó el otro día, de repente, si le seguía queriendo. Intenté desorientarla. Le contesté que, una vez llegado a los cuarenta, una mujer no tiene más opción que olvidar.
Sin embargo, el tiempo ha pasado a prisa en estos años. Lo reconozco, un día estaba junto a él sonriendo iluminada por el sol de aquel verano de nuestra juventud y otro estaba a punto de entrar en el invierno de mi rutina. Parece que le estoy viendo ahora, queriendo dibujarme desnuda, escudriñándome casi morbosamente, como si cada fragmento de mi piel fuera un reto para su arte.
Y nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones. Si acaso son mis hijas las que me reconfortan. Pero eso no evita que de pronto nos demos cuenta de que los años se nos han ido de las manos, que hemos sido burlados por su fugacidad.
En el tiempo que estuve con Íñigo parecía que estaba desafiando a mi destino, el mismo previsible futuro que aguardaba a todas las que eran como yo; era una forma de rebelarme contra el porvenir, de enfrentarme a todo lo que se esperaba de mí. Me explicaba mundos nuevos donde él y yo éramos los únicos importantes. Era hermoso pensar que, salvo nosotros mismos, nada era realmente necesario. Pero la realidad es distinta, la estabilidad importa, la familia importa, el dinero y el estatus importan. Iñigo por aquel entonces no tenías nada de eso, y yo me vi obligada a reconocer que soñar era bonito pero sólo era un imposible. Debía rendirme a las evidencias del presente. Por eso, cuando se fue, la vida se desarrolló para mí como una recta final; una pendiente vertiginosa hacia el vacío. Y más después de la forma tan cruel en que se precipitó todo. Sin un adiós, sin una última oportunidad para las palabras finales, una caricia o un buena suerte. Es verdad que lo evité. No me gustan esas situaciones. Despedirse requiere también dar explicaciones; decir lo que acaso es mejor callar.
Pero durante mucho tiempo lo necesité. Necesité de Íñigo, necesitaba su mirada, su voz, sus besos: aquellos besos sin motivo que solía darme sorpresivamente. En el fondo, mi soledad verdadera consistía en eso, en saber que nadie iba ya a besarme con besos sin razones concretas.
Tal vez sea peor no haber vivido nada de eso. Mujeres que pasan por la vida sin experimentar nunca el golpetazo de una pasión verdadera, rutinas infinitas y existencias programadas, simétricas unas de otras. Sin duda debe ser terrible, hurgar en la memoria y no encontrar ni una leve sombra de amor donde agarrarse para recordar. Aunque, a decir verdad, también es horrible haber querido tanto (¿querer aún?) sin obtener más respuesta que un silencio de quince años.
Eso no lo cambia siquiera el miedo que me brotó, cuando al verle en el aparcamiento, al contemplar su rostro mientras me hablaba, sentí el impulso de irme con él, abandonarlo todo y descorrer el velo de la eternidad.

Fue de nuevo a la salida de mi trabajo. Era una tarde desapacible y caminaba enfrascada en mis pensamientos, ya llegando al coche, le había dado al contacto, las luces de apertura se iluminaron, cuando noté una figura cerca de mí que se movía. De nuevo la impresión de su presencia. La ira sorda de su atrevimiento. No podía creer que fuera tan osado.
—Espera —dijo, alzando la mano y anticipándose a mis palabras—. Ya sé, sé que dijiste que no nos viéramos más, lo sé. Pero es importante, tienes que escucharme.
Yo aún seguía a la defensiva. Me había hecho a la idea de echarle una monumental bronca, y su anuncio me había dejado descolocada. Quería protestar. Iba vestido con su  nueva y habitual sobriedad y llevaba un portafolio en la mano, dentro unas hojas, y me lo trató de acercar. Los ojos de Íñigo eran una dura súplica. Tardé en procesar esa situación.
—¿Te acuerdas de Paco, verdad? Es periodista. Periodista de investigación. Él me dio esto. Tienes que verlo, es sobre tu marido.