Volveremos a
brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la
alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la
tierra.
Miguel Hernández
SANDRA
Deposité un discreto ramo de flores al lado de
la lápida que albergaba su nombre, en la irremediable soledad de su estancia.
Habían ido algunos amigos del barrio, otros de su entorno profesional. Yo los
conocía a la mayoría, viejos colegas de las noches de antaño, yendo a brindarle
el último adiós. Todo lo que Íñigo fue en el éxito y todo lo que nadie conoció
en esos quince años. Una vida oculta dormida entre los escombros de su pasado. No
debe preocuparse más, pues en la eternidad nada pasa. Amarga lección póstuma.
Amigos que sólo tendrían palabras de halago a la persona que ya no está
presente. Como si lo esencial de un hombre se revelara en sus virtudes y no en
sus carencias. Yo quise a Íñigo por todas sus pequeñas desesperantes manías,
por la forma que tenía de ruborizarse cuando se enojaba un poco, por la timidez para abordar algunos
asuntos, por la mirada que nunca perdió de chico de barrio que busca el peligro
y el exceso. Pero sí, Íñigo tuvo el estigma de ser siempre tan hermoso como
trágico, de querer beberse la noche y la vida en pos de las respuestas, y siempre
me preocupó ese joven cuyos ojos estaban destinados a la belleza, pero también
al infortunio, porque ¿qué más peligroso para él mismo que un sediento buscador
de absolutos?
Empiezo a sospechar que todos los amores son trágicos. El amor que se pierde y el amor que se acepta como rutina, sumiéndonos en la gris tragedia cotidiana. Término del trayecto. Clausura de una decisión. ¿De verdad tenía pensando escaparme? Tan sólo me queda repetirme sin querer que un amor como el que nosotros vivimos no puede morir así, con tantos y tantos interrogantes sin respuesta. Pero reacciono en seguida. No es lógico ni conveniente deformar la realidad. Algunas cadenas propias son tan invisibles como irrompibles. Lo de Iñigo sólo fue una sonrisa para una ilusión absurda. Lo he sabido siempre. Un juego a modo de viaje que jamás he tenido intención de convertir en una travesía de verdad. Me hubiera echado atrás a última hora. Huidas soñadas que se quedan en simples proyectos. La vida real no acaba con la pareja de enamorados huyendo hacia el horizonte bañado por un sol decreciente. Mi vida real es Luis, y será mejor que vuelva a hacerme a la idea cuanto antes. Está muy claro que no he nacido para transitar otros ámbitos que no sean los de mi propio entorno, concretamente la aprobación familiar y social; además, podré lidiar con ello, nadie juzga los secretos y miserias internas de un matrimonio.
Y así, el pasado que se muere, y el futuro es cenizo como el alma de ese cementerio enorme. Tan sólo tumbas aglomeradas rozando la desmemoria, que invitan a no dejar pasar el tiempo que nos queda por vivir. Larguísimas hileras de historias sepultadas, de vidas de otra época. De todo lo que se nos va y ya nunca más volverá.
Flores sobre su lugar. Tierra a la tierra. Tierra sobre el croma del olvido, a la palidez del mármol. Ése es el color de las sombras, blanco como la lápida a cuyos pies yacen las flores que pronto se marchitarían, igual que los viejos amigos que estábamos allí alrededor. Todos nosotros. Como la sombra alargada de aquello que se había roto y definitivamente dejábamos atrás.
Ya no nos quedaba juventud.
Empiezo a sospechar que todos los amores son trágicos. El amor que se pierde y el amor que se acepta como rutina, sumiéndonos en la gris tragedia cotidiana. Término del trayecto. Clausura de una decisión. ¿De verdad tenía pensando escaparme? Tan sólo me queda repetirme sin querer que un amor como el que nosotros vivimos no puede morir así, con tantos y tantos interrogantes sin respuesta. Pero reacciono en seguida. No es lógico ni conveniente deformar la realidad. Algunas cadenas propias son tan invisibles como irrompibles. Lo de Iñigo sólo fue una sonrisa para una ilusión absurda. Lo he sabido siempre. Un juego a modo de viaje que jamás he tenido intención de convertir en una travesía de verdad. Me hubiera echado atrás a última hora. Huidas soñadas que se quedan en simples proyectos. La vida real no acaba con la pareja de enamorados huyendo hacia el horizonte bañado por un sol decreciente. Mi vida real es Luis, y será mejor que vuelva a hacerme a la idea cuanto antes. Está muy claro que no he nacido para transitar otros ámbitos que no sean los de mi propio entorno, concretamente la aprobación familiar y social; además, podré lidiar con ello, nadie juzga los secretos y miserias internas de un matrimonio.
Y así, el pasado que se muere, y el futuro es cenizo como el alma de ese cementerio enorme. Tan sólo tumbas aglomeradas rozando la desmemoria, que invitan a no dejar pasar el tiempo que nos queda por vivir. Larguísimas hileras de historias sepultadas, de vidas de otra época. De todo lo que se nos va y ya nunca más volverá.
Flores sobre su lugar. Tierra a la tierra. Tierra sobre el croma del olvido, a la palidez del mármol. Ése es el color de las sombras, blanco como la lápida a cuyos pies yacen las flores que pronto se marchitarían, igual que los viejos amigos que estábamos allí alrededor. Todos nosotros. Como la sombra alargada de aquello que se había roto y definitivamente dejábamos atrás.
Ya no nos quedaba juventud.
Roberto Hernández Granda. Madrid- Oviedo 2016