martes, 13 de septiembre de 2016

Capítulo XVII


—¿Seguro no quieres decir nada más?
Cuando piensa que van a dejar de golpearle, le atizan de nuevo. El dolor repiquetea en las sienes, como una punzada intensa, y un oído le pita. Íñigo está sentado en una silla, con las manos atadas atrás, y cuando recobró el conocimiento, pudo ver que se hallaba dentro de lo que parecía una nave industrial que huele a humedad vieja, sudor y tabaco.
Hay dos hombres, grandes como armarios y vestidos completamente de negro, al lado suyo, y son los que le están castigando el cuerpo con obstinada dedicación. Por un ojo la visión se le ha nublado, debido a la contusión, pero cree distinguir, un poco más alejado, al hombre que Paco lo definió como Mauricio Carbonell. Impasible, asistiendo a todo y observando como el que acude a un espectáculo taurino. Regocijándose ante el animal acorralado que sangra. Da instrucciones precisas con leves gestos de la cabeza a un tipo que vio cómo se dirigía a él como Dima, que acarrea una pistola con cuya culata le golpeó varias veces.
Después ése le muestra una foto de Paco. O lo que quedaba de él. Se lo hacen mirar, con una mueca burlona. Y puede distinguirlo en la foto. Indiscutiblemente muerto. La visión de su rostro casi deformado hasta hacerlo irreconocible le voltea el cerebro. Los hombres más avispados son los que más sufren ante la inmediatez de una tortura, pues son capaces de imaginar o intuir todo lo que se puede hacer para llevar el dolor a un cuerpo.
—Es la última oportunidad, amigo. Dinos quién más está al tanto de las investigaciones de Paco, y te dejaremos marchar —Mauricio se agacha para hablarle—. No tenemos nada en tu contra. Pero de no ser así, no te espera una muerte rápida, olvídate de la pistola.
Íñigo se retuerce levemente sobre la silla. Busca el oxígeno que salga de sus pulmones a través de su pecho dolorido. Trata de hablar. Pronunciar las palabras precisas que compren su libertad.
—Vamos, los nombres, o el nombre, y te podrás ir de aquí, te lo aseguro.
No merece la pena seguir sufriendo así. De todas formas, él no se lo buscó, fue Sandra la que le llegó con todos esos papeles y la historia de Luis. Una linterna le apunta directamente a la cara, cegando su visión. Entonces Íñigo ve a la joven Sandra saliendo del mar, cuando él la miraba con el sol dándole en los ojos, y recuerda sus pasos por aquella arena hoy perdida en el océano, huellas mil veces borradas; y la ve apoyada en la barra del bar, sonriéndole tímidamente, la noche en que la conoció. Cierra los ojos ya totalmente hinchados y la ve, a través del dolor. Su sonrisa evocadora. Siente el olor de su piel y el tacto de su cuerpo, en sus manos atadas que tratan de tocarla. Y ya no hay miedo, ya no hay temblor. Sólo una tranquila seguridad, una sensación de que lo que está a punto de hacer es lo correcto. Esboza una leve mueca, una mueca sangrienta, y niega con la cabeza.
—Nadie más que yo.
El ruso mira para Carbonell y éste se encoge de hombros. Se da la vuelta despacio.
—Entonces —dice Dima, poniéndose unas nudilleras de acero —.Ya sólo nos quedas tú.
Y le golpea brutalmente en la cabeza, con una renovada intensidad, mientras todo se le vuelve negro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario