domingo, 28 de agosto de 2016

CAPÍTULO XVI

                                                                     ÍÑIGO

Conducía absorto en la vorágine de pensamientos que me asaltaban, en mitad del tráfico de la M-30, pensando en las últimas semanas, la intensidad de todo lo vivido con Sandra desde nuestro reencuentro sexual en mi despacho. Y volver a recordar el pasado y su memoria, aquellas cajas con fotos que de pronto se vaciaron porque lo que había en ellas dolía demasiado. Y la ausencia. Ese tipo de melancolía desnaturalizada que surge siempre que anhelamos desesperadamente un regreso que de antemano sabemos que no va a producirse. Toda mi vida durante esos años alejados, en que el chico de Malasaña se hizo mayor, fue la historia de los besos que ya no se daban, de las preguntas sin respuesta, de los proyectos en común que jamás podrían realizarse. Y los recuerdos, esos clavos miserables que van horadando la carne, al ritmo inmisericorde de las evocaciones; un recuerdo inútil que lo volvía todo inservible.
Pensaba en ello. La manera de hacer que todo se reanudara de nuevo. Obrar a impulsos de un sentimiento más fuerte que cualquier raciocinio. Sandra dejando atrás todo lo que conocía, el marido al que se había unido para asegurarse la existencia acorde a quien era ella y lo que era su familia: la genealogía que hundía sus raíces como el águila hundía sus garras en el escudo del Régimen. Destruir de Sandra no sólo el presente, también el pasado, el lugar del que venía. Como Luis. Ese cabrón con pintas de notable apellido. Su historia se apoyaba en el origen antiguo del latrocinio y la violencia, esa España que se impuso sobre otra y la siguió sometiendo durante cuatro décadas a tenor del miedo, cerrándole las puertas al progreso, la cultura y la razón, el eterno país oscuro e intransigente, donde pensadores, científicos y poetas murieron fusilados o tuvieron que marcharse, dándole la espalda a la ciencia y al futuro; curas que chuparon la sangre del analfabetismo y el terror que impusieron después de tantos años de muerte, con el sólo objeto de engordar, junto a los hijos de aquellos pistoleros y estraperlistas que formaban las clases altas de la ciudad, siempre envueltos en ese halo de supuesta respetabilidad.
De lo que ahora renegaba Sandra, lo que podía haber sido, lo que fueron, antes que ella, las mujeres de su familia. Echar la vista atrás para comprender. Cómo era la vida de una esposa española en aquellos años, con todo aquel mujerío empujándose para ver las procesiones, arremolinándose a las puertas de las iglesias, cubiertas cada mañana con el velo y, los días de fiesta, con la peineta y la mantilla. Beatas e ignorantes. Petrificadas en su estupidez deliberada. Aquel ambiente de Sandra que era sólo un par de generaciones más atrás, en esa sociedad y esa forma de pensar que hacían tan asfixiante y mustia la vida de las mujeres de la buena sociedad en Madrid, siempre condenadas a mantenerse alejadas de cualquier lugar en que floreciera la inteligencia.
Y ahora por fin había dado el paso, parecía que quería poner a la vista la evidencia de un matrimonio pensado en rechazo de lo morganático, de una catástrofe y una ruina sentimental sostenidas por el andamiaje más que dudoso del dinero de Luis. Alejarse de sus viejas y rancias amigas del barrio de toda la vida, y de los soberbios y atrevidos amigos de él, ruidosos, vulgares, pero muy, muy ricos. Yo iba a romper con todo eso para ella, toda su pobreza interna sería bruscamente erradicada, y le iba a brindar, sólo para ella, una vida que trataría de ser noble, hermosa, culta e ilustrada.

Me rogó que no regresara y regresé. Me pidió que la olvidara y no la olvidé. Volví sobre mis pasos como el viajero que huye y que de pronto detiene su andar (Gardel, eras grande). Es posible que lo intentara. Cuando una mujer se comporta del modo en que ella se comportó conmigo, lo normal es que se procure olvidarla. Puede que Carlota fuera la más clara muestra de ese intento. Pero volví persiguiendo mi único destino. Harto de que estar casado implicara tener que practicar un amor que no lograba sentir. Estaba cerca. Ya estaba organizado. La madrugada anterior habíamos dormido juntos, y esta noche Sandra terminaría en su casa de hacer las maletas, para por la mañana dejar cada uno su domicilio e irnos, ella y yo. Buscando esos años, ese verano perdido.
Y pronto sería primavera. Caía ya la tarde y por encima de los edificios se podía apreciar una vigorosa luna llena. Cuando volviera a amanecer, Sandra y yo regresaríamos 15 años atrás. Antes de la despedida.
Metí el coche en el garaje de mi despacho en la calle Velázquez para recoger unas últimas cosas. Durante todo el día estuve llamando a Paco para organizar la manera en que se haría cargo de los documentos de su investigación, y cómo proceder sobre ellos, pero no me contestó y me fue imposible localizarlo, ni en el trabajo ni en casa.
No presté atención al coche negro que estaba al lado, fuera de cualquier plaza, y que apagó las luces cuando yo quité el contacto del mío, sólo pude sentir, segundos después y al bajar del vehículo, unos pasos como de cuatro pies, los brazos que me agarraban por detrás y la porra de caucho que me golpeaba en la sien.

viernes, 26 de agosto de 2016

CAPÍTULO XV

                                                                         MARTA

Es inevitable tener una relación de amor-odio con los hombres, al menos en mi caso, y con los años se acentúa, a la vez que eres más consciente de tus limitaciones físicas, y el cambio de mentalidad de ellos, pues ya empiezan a valorar otras cosas, o vienen con una ex mujer y un par de hijos en la mochila.
La piel bronceada ya no relucía como antaño, y la cara no poseía la misma frescura juvenil de cuando sólo contabas con dos décadas de vida y todo un mar de ilusiones en el horizonte de tu mirada. Estaba un poco harta de picar de aquí y de allá con relaciones que no duraban, a lo máximo, un par de meses, y los rolletes de una noche quedaban como algo de quinceañeras. Cansada de ser únicamente el capricho y el deseo de los hombres. A los chavalitos les gustan sólo las tetas, los culos y los coños. El último con el que estuve, Juan Pablo, era, pese a su nombre papal, un auténtica malnacido vividor para el que las mujeres sólo eran un botín de guerra efímero, un juego con el que cubrir las apetencias sexuales, para luego pasar a otra cosa. Incapaz de tomarse en serio nada, exprimía su existencia viviendo al día y tomándole el pelo a las muchachas incautas. Aunque, mientras estaba contigo, te decía y te camelaba de manera que te creyeras única para él, o que de verdad le gustabas, antes de darte la patada o liar alguna que hiciera que te alejaras de él. Lo último que me dijo, cuando quise quedar una tarde para una de esas sesiones de buen sexo, era que no podía ya que era el cumpleaños de Keith Richards, y quería celebrarlo.
Hombres. Nunca tuve la oportunidad de casarme, ni de vengarme de ellos.

Por eso, y aunque sabía que fue una cosa puntual en una noche de excesos, me dolió que Íñigo me usara para un polvete y luego no supiera de él, más que cuando, semanas después, Sandra me contó aquello que me dejó tan anonadada. No sólo había mantenido relaciones con él en su despacho, sino que llevaban semanas posteriores viéndose, y tenían pensando marcharse juntos. Huir, podría decirse. Menudo shock. Sandra Carpio abandonando a su familia. Me había contado una terrible historia sobre Luis y una trama de corrupción de la que Paco tenía constancia, y ella tenía pensando, con aquello como prueba, reclamar después la custodia de las hijas. Pero de momento, era una escapada al extranjero con Íñigo, que también abandonaría a su mujer florero. Imagino que, en esos casos, la cornamenta nunca va en una sola dirección.
Maldito Íñigo y maldita Sandra. Siempre es la pobre y estúpida Marta la que pierde. Da igual que Íñigo me gustara desde siempre; fue ella la que lo tuvo en un primer momento, la niña buena, la hija de papá, que, cuando le interesaba, siempre estaba dispuesta a actuar por encima de las dudas morales y de las consideraciones de conciencia. También deseaba poseerlo ahora que era rico y triunfador, no vaya a ser que la vida se le fuera extinguiendo al lado de su marido prosaico y cornudo.
Me dolía por Sandra. La amistad, sí, la amistad es importante, pero entre mujeres siempre fue más bien una guerra soterrada que otra cosa, y a determinada edad, una tiene que mirar por sí misma y por lo que cree que es necesario o le va a proporcionar más satisfacción. De ella no iba a decir nada, tendría que resignarse a estar de nuevo en su hogar y su vida sin emociones ni pasiones. Que aprenda a ser fiel a su posición. Creen que la corrupción es algo terrible ajeno a ellas, cuando estas socialmente comprometidas viven de espaldas a la realidad, se despiertan cada día bajo el manto de la protección que unos hombres acordes a su sociedad y a su tiempo les proporcionan, y después cuestionan el modo en que se la proporcionan. Tenemos unas reglas, Sandra siempre fue de este círculo, le guste  o no, somos conservadores y somos católicos, y el dinero es la herramienta que nos diferencia de los demás, de la chuma, de las clases más bajas, de los progresistas y los socialistas. No, a Sandra no le pasará nada, su condena es su existencia. Pero el tonto de Paco…e Íñigo, ese bastardo polla loca, no podría seguir haciendo lo que le diera la gana impunemente, y encima hundir al hombre rival de la mujer que amaba.
Descolgué el teléfono y marqué el número de Luis. 

viernes, 5 de agosto de 2016

CAPÍTULO XIV

                                                                     SANDRA

Caminaba nerviosa por la calle Serrano, donde había tomado la repentina decisión de torcer por Maldonado hasta Velázquez, y cruzar la calzada para seguir bajando un tramo más, ahora por la acera de la izquierda de aquella calle que conducía hasta el Retiro, y detenerme ante un portal. Un portal que era el del despacho de Íñigo. Había pasado días asustada, y me abordó la imperiosa necesidad de verle. La única manera de arrojar algo de luz sobre la oscuridad de mi mente embarullada era la temperamental y siempre lúcida calidez de su conversación.
Era una oficina amplia, con varias salas, una secretaria joven y sonriente (su mujer sería seguro así, de esa misma edad, los hombres suelen tener muy claros los cánones de lo que considerad juventud y lo que consideran atractivo, ropas ceñidas sobre carne fresca), una sala de estar y su despacho, amplio, con un escritorio y un par de sofás, elegantemente decorado.
No podía seguir con mi vida normal, me aterrorizaba lo que había leído en esos informes del periodista sobre Luis, las cosas tan atroces que se afirmaban o quedaban en el aire, suspendidas como una obscena insinuación. Datos, fechas, transferencias, reuniones clandestinas, desapariciones. Niños.
—Estoy muy confundida y nerviosa —le dije a Íñigo, buscando inconscientemente el contacto con su cuerpo, el abrazo protector.
Me tomó en sus brazos despacio, envolviéndome con sus brazos de deportista. Había cambiado de perfume.
—Está bien, todo saldrá bien —usaba un tono como si estuviera dirigiendo a una niña pequeña.
Me ofreció un café, y charlamos durante un largo rato. Me volvía a sentir cómoda con él, como las tardes en los bares y las sesiones de cine en el Doré. Estar a su lado me transmitía esa sensación de paz que había perdido de forma abrupta.
Desde su ventana se podía ver todo el parque, estábamos en un sexto, y la vista era excelente. Se puso de espaldas a mirar por la cristalera, reflexionando, y en un impulso que no puedo muy bien expresar, llegué a él por detrás, le hice girar asiéndole por la cintura y le besé impetuosamente en la boca. Esto nos hizo cruzar el umbral. El simple contacto de los labios fue suficiente para desencadenar una respuesta sexual, un ciego recuerdo de nuestros cuerpos. Si le pilló por sorpresa, supo disimularlo. Afrontó la situación con entereza, sin los titubeos propios que se esperarían de un adolescente, o de alguien cogido de improvisto. Me devolvió el beso y nos fundimos en uno largo, intenso y húmedo. Y fuimos trastabillados hacia uno de los sofás, el más grande, donde sin prisas pero sin pausas nos despojamos de la ropa. Creo que no hubiera podido ser de otra manera. La planificación de alquilar habitación de hotel requería de un anticipo, una organización que no era viable. Sólo algo tan repentino y fulminante podía hacer ceder nuestras defensas.
Yo estaba nerviosa y trémula como una joven primeriza, aunque ardía de deseo y de furia erótica. Él pasaba su mano por detrás de mi nuca, acariciando mi cuello, y a veces se paraba a mirarme, fijamente y en silencio, como para comprobar que estaba ahí, que era real.
Al principio me habían parecido extraños sus besos: sus labios parecía que tenían otra densidad, eran más carnosos y blandos; y su aliento desprendía otro olor. Pero su cuerpo, el aroma de esa piel enseguida fue irreconocible. No había décadas en la espiral del tiempo que pudiera borrar eso del recuerdo. Porque, a pesar de que en el mundo hay millones de personas, cada carne es distinta, tiene un color, un tacto, un olor que no se parece a ningún otro, y que no puede copiarse. Y el olor tiene su propia memoria.
Con mi ropa interior aún puesta, conseguí desnudarle y acariciar los músculos definidos y duros. Una gota de sudor frío le caía por el abdomen desnudo. Con mis labios, seguí el recorrido de la gota por el ombligo, hacia el costado, y luego sobre la pelvis. Un crujir de muelles del sofá, un gemido ahogado cuando envolví con mi boca su miembro.
Cuando me retiré, evitando que terminara prematuramente, se incorporó para intentar hacer un poco de oscuridad corriendo las cortinas, pero le dije que no. Quería ser suya de nuevo por completo, sin reparos, que pudiera mirarme y ver todo lo que se había perdido, y que me tomara tal y como era ahora. Mi cuerpo entero entregado a los labios de aquel hombre que me miraba con unos ojos negros y vivos, que era seguro y frágil a la vez. Deseaba tenerlo otra vez dentro de mí, dejándolo avanzar con precaución, como a través de una selva peligrosa en la que uno puede acceder al tesoro o perderse para siempre.


Tuve que volver a mi vida normal, a expensas de hacer algún movimiento o tener la cabeza lo suficientemente despejada para pensar con claridad. A la vuelta de mi encuentro con Íñigo en su despacho, iba con el alma en vilo hacia el hogar donde estaba Luis. Notará que huelo a él, pensaba, lo notará en mi ropa, en mi piel, en mi sonrisa. Regresé al lecho conyugal, a tener que acostarme con mi marido. Quedé consternada al comprobar que quien me imaginaba tener dentro era Íñigo, Íñigo el que me miraba desde arriba, y el aceitunado cuerpo de Íñigo era el que me penetraba en la penumbra.
Toda mi vida había dado un vuelco repentino y brutal, aunque no sospechaba que era sólo el comienzo.