ÍÑIGO
Conducía
absorto en la vorágine de pensamientos que me asaltaban, en mitad del tráfico
de la M-30, pensando en las últimas semanas, la intensidad de todo lo vivido
con Sandra desde nuestro reencuentro sexual en mi despacho. Y volver a recordar
el pasado y su memoria, aquellas cajas con fotos que de pronto se vaciaron
porque lo que había en ellas dolía demasiado. Y la ausencia. Ese tipo de
melancolía desnaturalizada que surge siempre que anhelamos desesperadamente un
regreso que de antemano sabemos que no va a producirse. Toda mi vida durante
esos años alejados, en que el chico de Malasaña se hizo mayor, fue la historia
de los besos que ya no se daban, de las preguntas sin respuesta, de los
proyectos en común que jamás podrían realizarse. Y los recuerdos, esos clavos
miserables que van horadando la carne, al ritmo inmisericorde de las
evocaciones; un recuerdo inútil que lo volvía todo inservible.
Pensaba en ello. La manera de hacer que todo se reanudara de nuevo. Obrar a impulsos de un sentimiento más fuerte que cualquier raciocinio. Sandra dejando atrás todo lo que conocía, el marido al que se había unido para asegurarse la existencia acorde a quien era ella y lo que era su familia: la genealogía que hundía sus raíces como el águila hundía sus garras en el escudo del Régimen. Destruir de Sandra no sólo el presente, también el pasado, el lugar del que venía. Como Luis. Ese cabrón con pintas de notable apellido. Su historia se apoyaba en el origen antiguo del latrocinio y la violencia, esa España que se impuso sobre otra y la siguió sometiendo durante cuatro décadas a tenor del miedo, cerrándole las puertas al progreso, la cultura y la razón, el eterno país oscuro e intransigente, donde pensadores, científicos y poetas murieron fusilados o tuvieron que marcharse, dándole la espalda a la ciencia y al futuro; curas que chuparon la sangre del analfabetismo y el terror que impusieron después de tantos años de muerte, con el sólo objeto de engordar, junto a los hijos de aquellos pistoleros y estraperlistas que formaban las clases altas de la ciudad, siempre envueltos en ese halo de supuesta respetabilidad.
De lo que ahora renegaba Sandra, lo que podía haber sido, lo que fueron, antes que ella, las mujeres de su familia. Echar la vista atrás para comprender. Cómo era la vida de una esposa española en aquellos años, con todo aquel mujerío empujándose para ver las procesiones, arremolinándose a las puertas de las iglesias, cubiertas cada mañana con el velo y, los días de fiesta, con la peineta y la mantilla. Beatas e ignorantes. Petrificadas en su estupidez deliberada. Aquel ambiente de Sandra que era sólo un par de generaciones más atrás, en esa sociedad y esa forma de pensar que hacían tan asfixiante y mustia la vida de las mujeres de la buena sociedad en Madrid, siempre condenadas a mantenerse alejadas de cualquier lugar en que floreciera la inteligencia.
Y
ahora por fin había dado el paso, parecía que quería poner a la vista la evidencia
de un matrimonio pensado en rechazo de lo morganático, de una catástrofe y una
ruina sentimental sostenidas por el andamiaje más que dudoso del dinero de
Luis. Alejarse de sus viejas y rancias amigas del barrio de toda la vida, y de
los soberbios y atrevidos amigos de él, ruidosos, vulgares, pero muy, muy ricos.
Yo iba a romper con todo eso para ella, toda su pobreza interna sería bruscamente
erradicada, y le iba a brindar, sólo para ella, una vida que trataría de ser
noble, hermosa, culta e ilustrada.Pensaba en ello. La manera de hacer que todo se reanudara de nuevo. Obrar a impulsos de un sentimiento más fuerte que cualquier raciocinio. Sandra dejando atrás todo lo que conocía, el marido al que se había unido para asegurarse la existencia acorde a quien era ella y lo que era su familia: la genealogía que hundía sus raíces como el águila hundía sus garras en el escudo del Régimen. Destruir de Sandra no sólo el presente, también el pasado, el lugar del que venía. Como Luis. Ese cabrón con pintas de notable apellido. Su historia se apoyaba en el origen antiguo del latrocinio y la violencia, esa España que se impuso sobre otra y la siguió sometiendo durante cuatro décadas a tenor del miedo, cerrándole las puertas al progreso, la cultura y la razón, el eterno país oscuro e intransigente, donde pensadores, científicos y poetas murieron fusilados o tuvieron que marcharse, dándole la espalda a la ciencia y al futuro; curas que chuparon la sangre del analfabetismo y el terror que impusieron después de tantos años de muerte, con el sólo objeto de engordar, junto a los hijos de aquellos pistoleros y estraperlistas que formaban las clases altas de la ciudad, siempre envueltos en ese halo de supuesta respetabilidad.
De lo que ahora renegaba Sandra, lo que podía haber sido, lo que fueron, antes que ella, las mujeres de su familia. Echar la vista atrás para comprender. Cómo era la vida de una esposa española en aquellos años, con todo aquel mujerío empujándose para ver las procesiones, arremolinándose a las puertas de las iglesias, cubiertas cada mañana con el velo y, los días de fiesta, con la peineta y la mantilla. Beatas e ignorantes. Petrificadas en su estupidez deliberada. Aquel ambiente de Sandra que era sólo un par de generaciones más atrás, en esa sociedad y esa forma de pensar que hacían tan asfixiante y mustia la vida de las mujeres de la buena sociedad en Madrid, siempre condenadas a mantenerse alejadas de cualquier lugar en que floreciera la inteligencia.
Me rogó que no regresara y regresé. Me pidió que la olvidara y no la olvidé. Volví sobre mis pasos como el viajero que huye y que de pronto detiene su andar (Gardel, eras grande). Es posible que lo intentara. Cuando una mujer se comporta del modo en que ella se comportó conmigo, lo normal es que se procure olvidarla. Puede que Carlota fuera la más clara muestra de ese intento. Pero volví persiguiendo mi único destino. Harto de que estar casado implicara tener que practicar un amor que no lograba sentir. Estaba cerca. Ya estaba organizado. La madrugada anterior habíamos dormido juntos, y esta noche Sandra terminaría en su casa de hacer las maletas, para por la mañana dejar cada uno su domicilio e irnos, ella y yo. Buscando esos años, ese verano perdido.
Y pronto sería primavera. Caía ya la tarde y por encima de los edificios se podía apreciar una vigorosa luna llena. Cuando volviera a amanecer, Sandra y yo regresaríamos 15 años atrás. Antes de la despedida.
Metí el coche en el garaje de mi despacho en la calle Velázquez para recoger unas últimas cosas. Durante todo el día estuve llamando a Paco para organizar la manera en que se haría cargo de los documentos de su investigación, y cómo proceder sobre ellos, pero no me contestó y me fue imposible localizarlo, ni en el trabajo ni en casa.
No presté atención al coche negro que estaba al lado, fuera de cualquier plaza, y que apagó las luces cuando yo quité el contacto del mío, sólo pude sentir, segundos después y al bajar del vehículo, unos pasos como de cuatro pies, los brazos que me agarraban por detrás y la porra de caucho que me golpeaba en la sien.