martes, 24 de mayo de 2016

CAPÍTULO VII

                                                                  MARTA

Era listo, Sandra no dejaba rastros suyos, no se exponía y tenía blindada su privacidad y la de su familia; es verdad que podría buscarla por el listín telefónico, pero como ella no tenía datos públicos en la red, ni de su lugar de trabajo, Íñigo hizo el movimiento más sensasto y acudió a mí, pues con un vistazo a mi perfil de Facebook o de LinkedIn ya pudo saber dónde trabajaba y hasta casi mis rutinas.
Porque esperar encontrarse en Madrid con alguien de quien apenas tenías una referencia era una misión casi descartable. Él podría pasear por las calles todos los días durante el resto de su vida y no encontrarla nunca. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Son esas paradojas de lo urbano. Allí en los pueblos uno conoce la existencia de sus vecinos y la de sus antepasados, todo el linaje y las leyendas, las miserias y secretos; los rumores, interactúas con ellos, tienes conflictos con ellos, y cuando finalmente hay que echar sobre alguno tierra a la tierra, el funeral es un acontecimiento social a nivel local. Las marujas cuchichean a las puertas de la iglesia, la gente aprovecha para charlar y ponerse al día, o tomar unos vinos, el mismo día en que un abnegado sacerdote rural ha dicho las últimas palabras sobre su vecino.
Pero en la ciudad no, has compartido mismo cielo, mismas calles y transporte urbano, puede que los mismos bares, teatros y restaurantes, con gente que no conoces de nada y no conocerás nunca, que un día se mueren y a ti te da igual porque ni te enteras, mañana te cruzarás con cien caras como ésa, indiferentes rostros que pasan a tu lado, personas de sólo ida.

 Íñigo tenía esa característica de ciertas personas que guardan en su rostro y en su manera de estar de pie la esencia de lo que son, por eso lo reconocí al instante. Iba peinado diferente, el pelo ligeramente más gris, portaba una americana sobre una camisa a rayas, pero al acercarse seguía siendo él, tan diferente de todos los demás, tan irreductiblemente él mismo.
Cuando caminó hacia la mesa donde un pequeño cartel ponía ‘Subdirectora’, sonrió como si acabáramos de vernos ayer, había incluso una insinuación de ternura en torno a la boca, el gesto era amable y tranquilo, aunque a los quince segundos ya me había mirado las tetas, el mismo hijo de puta de siempre. Podía intuir que debajo de la chaqueta y la camisa había un cuerpo en buen estado, el cuerpo también es arte, como solía decir, y a pesar de ser un cuarentón con todas las de la ley, la naturaleza parecía haberle bendecido con unas más que benévolas condiciones, una tregua al paso de los años. Seguramente le gustaba cuidarse, mirarse delante del espejo del baño por las mañanas y sentirse bien, los músculos definidos, un abdomen sin grasa, brazos ejercitados, para decirse a sí mismo que sí podía permitirse esa esposa más joven y hermosa, aunque a ellas les da igual, ese estilo de mujeres obedientes que encuentran la tranquilidad en tipos de posibles y sólidos en general, a los que tienen contentos porque a lo mejor les sacan la leche con la boca o hacen pocas preguntas sobre las cenas de negocios entre semana que se alargan más de lo debido, llegando ellos a casa, bañados en Lagavulin o Black Label, a las tantas de la mañana y cayendo redondos como fardos.
Aunque no era muy original al buscarme a mí, imagino que en su momento él lo consideró una especie de triunfo, incluso un acto de valentía. No tenía idea de cuánto iban a cambiar nuestras vidas desde entonces, por el simple gesto de sentarse en la silla tras mi escritorio y empezar a hablar con naturalidad. Se supone que no debía sorprenderme verle, toda la gente informada de la ciudad sabía que él estaba de vuelta, él y su éxito.
¿Crees que es una buena idea? le pregunté al fin, cuando me hubo planteado su intención de contactar con Sandra. Quería que yo le dijera exactamente dónde podía hacerlo.
Él abrió los brazos, mostrando las palmas hacia arriba, mientras sonreía, como transmitiendo inevitabilidad. Así era siempre, sin darle la espalda a la tentación o a los errores, “¿Otra copa?”, abría los brazos y sonreía, ”¿Buscamos el último bar?”, abría los brazos y sonreía, “¿Medio gramo?”, abría los brazos y sonreía. Como dando a entender la aceptación del devenir de los acontecimientos por pura irresponsabilidad, o haciendo que ocurran sólo por no querer evitarlos.
Dime, Marta, ¿quién puede decir lo que está bien o lo que está mal?

miércoles, 18 de mayo de 2016

CAPÍTULO VI

                                       
               


                                                                     SANDRA


A Íñigo le hacía gracia ese contraste, le gustaba sentarse conmigo en camiseta barata y vaqueros en alguna de las terrazas de los bares de mi barrio, en Velázquez, en Goya o Claudio Coello. “Soy como el Pijoaparte de Marsé”, me decía, y reía con ganas, viendo aquellas muestras de impostura, los clones casi idénticos de gente joven, las mismas camisas, el mismo peinado, “Luego se casan entre ellos, y ellas paren hijos como camadas que tienen todos edogamia pepera”, me decía, en la época en que Aznar acababa de ganar su primer mandato. A algunos de esos chicos los conocía yo, provenientes de familias con uno de esos nombres que hacían que en España el concepto de oligarquía dejase de ser una abstracción teórica.
Una tarde estábamos sentados dentro de un asador de Ortega y Gasset, “Apuesto a que de todos los que viven en esta calle, ninguno lo ha leído”, decía despreciativo y confiado, para él, que ‘Estudios sobre el amor’ era todo un manual de vida y sentimiento. Y después de tomar unos aperitivos, me miró de forma pícara, burlona, como cuando trama algo, y después de echar una ojeada de soslayo a los camareros con pulcros chalecos y pajarita, se acercó despacio a mi oreja y me propuso rememorar la primera noche, la noche en que nos conocimos. “¿Aquí?”. Él afirmó divertido. Me sonrojé, miré hacia los camareros como si llevara la marca de la culpa en la cara, pensando que si uno de ellos posaba los ojos en mí, inmediatamente adivinaría nuestras intenciones. Íñigo apenas podía contener tanta curiosidad en la forma de la mirada.
Era media tarde, no había bebido nada y era un día entre semana. Aquello no podía estar más fuera de lugar. Pero su proposición había activado algo dentro de mi cabeza, hizo despertar la parte que hace fluir los mecanismos del deseo, el peligro y el morbo, segregando adrenalina. “Ve al baño de mujeres, yo me acerco a la barra a pagar, y después, al cabo de un minuto o dos, entro detrás”. Él parecía muy seguro en cuanto a la forma de proceder.
Cuando se metió en el habitáculo conmigo y cerramos el pestillo, mi corazón bombeaba a toda velocidad. Me besó con furia sin muchos preámbulos y sentía mi respiración acelerada. Me bajó con ímpetu la blusa, dejando al descubierto los pechos, que se afanó en besar y chupar, mordisqueando los pezones. Tuve que ponerme una mano en la boca y ahogar un gemido.
A los pocos segundos, estaba tratando de ser silenciosa a mi pesar mientras me penetraba. Cuando salimos al exterior, aún palpitante, él miró hacia arriba y señaló el atardecer. “Mira qué contraste de colores, qué fuerza, qué azul y qué amarillo”.
Aquella tarde puse mi falda a lavar nada más entrar en casa, pues había terminado en parte sobre ella.


Íñigo se fue para no compartir el mismo cielo de Madrid después del desastre. Una huida que comprendo. No quedaba nada de su presencia aquí para cuando me casé con Luis. Había dejado la ciudad donde nació y vivió tantos años, los amigos que habían sido el sustento de confidencias, anécdotas y vicios, y la frustración de haber perdido lo que era el centro de su vida.
Hay sentencias, un pequeño puñado de palabras, en que una relación entera, una vida entera, quedan cristalizadas de repente. En el caso de Íñigo, fue su silencio. No trató de ponerse en contacto conmigo, ni intentó volver a verme. Y aún en la distancia podía sentir su sordo rencor, la supuración por la que respiraba su herida. A veces me parecía que iba a verle aparecer doblando la esquina, o esperando apoyado en la pared, abajo en el portal, con los ojos tristes y pensativos, misteriosos como solían ser. Tenía la impresión de que llegaría para ponerme el pelo detrás de la oreja como siempre hacía, gastar alguna broma, para sonreír y no volver a tener miedo al futuro. Pero nunca apareció.
Llegaron los años del nacimiento de mis hijas, de la estabilidad económica y sentimental. Las grandes épocas de nuestra vida vienen después de que nos armemos de valor y reconozcamos el mal que hay en ella y lo llamemos nuestro mejor bien. Convertir la desidia en oportunidad, la resignación en virtud.
En el amor y en la supervivencia la mujer siempre es más implacable que el varón. El hombre simplemente es más inconsciente, más atávico. Es el que se lanza a la locura de la guerra mientras las mujeres calienten las camas de los Generales, urden conspiraciones y hacen de dobles agentes para derribar imperios. Sólo hay que fijarse en las manos que hay plasmadas en las paredes de las cuevas, aquellas pinturas rupestres, son manos de mujer, las hicimos nosotras, arte en el hogar mientras ellos cazaban, traían el sustento y el fuego a la caverna.
Hemos aprendido a callar, a sufrir y a sobrevivir durante siglos en códigos impuestos por los hombres, desde la noche de los tiempos; hombres que eligen y juzgan la jerarquía entera de nuestros valores, y aprendimos a ser las que amamantaron a los grandes líderes y ocuparon las cocinas de los hogares; y esperan encima que no se nos desarrolle el instinto de perpetuación de la especie, a través del hombre no más atractivo ni más interesante sino el más óptimo. La mujer se ha tenido que adaptar mejor que nadie a una sociedad corrompida, imperfecta y primitiva. Sometidas por unas reglas hechas por ellos, hemos a su vez tenido que someter nuestro corazón y nuestra conciencia a expensas de un bien mayor, sacar el beneficio de un juego con las cartas marcadas, construir familias y vidas gracias a la astucia, la visión, el afán de perduración y el pragmatismo. La camada a salvo. Por eso no admito juicios morales por haber hecho lo que era necesario por mí y por mi familia.

Un mediodía me pareció verlo, en la gasolinera de  Alberto Aguilera, yo iba caminando dirección San Bernardo, y creí que era él subiendo al coche después de repostar, pero luego el vehículo arrancó y se perdió en la maraña del tráfico que iba hacia Princesa.  Durante el breve segundo en que creí que era él, creí que me miraba y sonreía, una sonrisa que no lograba disimular su incredulidad. Aún estaba pensativa sobre ello cuando Marta me llamó, y me dijo que Íñigo se había puesto en contacto con ella, apareciendo por su trabajo. “Está algo cambiado”.

martes, 17 de mayo de 2016

CAPÍTULO V

                                                             ÍÑIGO

Madrid era una ciudad distinta a la que yo recordaba. Las caras lánguidas se habían hecho con el tono general de una urbe sombría, como si la decadencia de la crisis hubiera teñido de gris también el alma de sus habitantes, el retrato de una lucha silenciosa contra la barbarie, de un pueblo que se resiste a perder su integridad.
No era la ciudad que derrochaba vida en noches de estupor juvenil, que coincidía con el de nuestra propia juventud. El Malasaña posterior a la Movida era un barrio agonizante, lleno de yonkis, suciedad y grotesca sordidez, una zona que se moría; pero esto era distinto, para nosotros los 90 eran los mejores tiempos y la peor época, la edad de la inocencia, el ciclo de la estupidez, la etapa de la incredulidad y la primavera de la esperanza donde lo teníamos todo por delante; ahora faltaba la intensidad en las calles, el toque incandescente; todo lo cubría el invierno de la desesperación, sólo se veía bullicio en los soleados domingos donde los turistas abarrotaban el Retiro o la zona del templo de Debod, dar sus paseos, hacer sus fotos, dejar el dinero e irse con la música a otra parte. Lugar de paso.
En los años posteriores al franquismo, la sociedad y su punta de lanza, la juventud, se esforzaron en recuperar el tiempo perdido, los siglos perdidos, para el librepensamiento. Ir al descubrimiento de su propia España. Limpiar el país del miedo y de la ignorancia, contrabandistas de cultura. Pero ahora los escualos, aunque mantenían los mismos apellidos, no eran los estertores del régimen militar y católico, pertenecían a rendijas abiertas por las que se colaba la podredumbre del libre mercado, la descontrolada ambición de dinero y el dinamitar puestos de trabajo en pos de seguir manteniendo altísimos beneficios.
En ese panorama, me pregunté cómo tomaría contacto con Sandra, si es que decidía hacerlo. Para mí Madrid seguía representando un territorio del recuerdo con una geografía propia, un sitio donde el exilio nunca ocurrió. Pero ya no podía ir a buscarla a nuestros rincones habituales, esperar verla a la salida de una obra de teatro, en la puerta de algún bar o buscar su cara entre los rostros de la gente en los cafés que frecuentábamos. Ni siquiera sobrevivía ya el Comercial. Nuestras existencias distaban mucho de las de entonces. La vida te va moldeando y alejando de todo lo que una vez fuiste, como un barco que ya ha zarpado y sólo se ve el puerto de tus mejores años a duras penas tras la popa, haciéndose cada vez más pequeño. Y, a su vez, parecía que esos años tenían su vida propia, su rincón, en ese lugar profundísimo de la memoria donde suceden las cosas que quieren suceder, y donde la Sandra que conocí aún pervive en el abrasador silencio y sus hilos invisibles, donde se libra la guerra de todas las guerras, la del pasado y la del futuro, los monstruos y los demonios. Astillas del tiempo que pudo ser historia y biografía y en su apogeo sólo fue dolor.

Tal vez podría llegar a ella a través de esa amiga suya, Marta, la tetona. Siempre me causó un morbo especial, con sus voluminosas ideas. Tenía que habérmela tirado, en nuestros peores momentos de discusiones. Sólo habría necesitado tocar las teclas adecuadas de la seducción y el deseo. Para las mujeres es distinto, a pesar de la amistad, ellas en la otra ven también una competidora, y su estructura mental a la hora de ordenar sus principios no tienen unos patrones comunes, no les importa abordar plazas ocupadas, territorio de otras, al contrario de la mayoría de los hombres, que preferirían cortarse el brazo derecho antes que traicionar a un amigo, hacer algo con sus mujeres o novias.
Al menos entones pensaba así. Es sólo con el tiempo cuando aprendí de las mujeres todo lo importante, aquello que los más ancianos siempre supieron: cómo fingen, cómo ayudan, cómo enseñan a amar, cómo acompañan y cómo salvan. Seres al tiempo valerosos y vulnerables, cuya vida es la suma de todo lo que cuentan, lo que imaginan y lo que jamás llegan a decir. Quería saber lo que Sandra podría haber pronunciado si hubiera estado con ella en los años en que se hubo disipado su voz.

domingo, 1 de mayo de 2016

CAPÍTULO IV

                                                             MARTA


Ella probablemente ni se acuerda, pero yo estaba con Sandra la noche que conoció a Íñigo. En realidad fue Paco, un rollete con el que yo andaba entonces, el que los presentó. Yo había visto ya a Íñigo algunas noches antes, de observarlo tomando tragos con mi ligue, deambular de aquí para allá con ese aura de grandeza de la que parece que él no se percata. Me gustaba mucho, tenía un rostro tan fascinante, tan dolorosamente joven y sin reservas, que una se podía llegar a sentir algo cohibida en su presencia. Irradiaba tal despliegue de esperanza y energía humana liberada, que por un momento a mí llegaba a faltarme la respiración, cuando posaba sus ojos en los míos y sonreía con calidez. Imagino que, si me recordaba de antes, sólo lo hacía de forma fugaz, pues esa noche estuvo con Sandra, y para después yo ya sería la amiga de su chica.
Las calles de Madrid están siempre atestadas de gente los sábados por la noche, pero aquélla en particular el gentío era más denso que de costumbre, y aún así, cuando salieron juntos del bar y comenzaron a caminar por la acera peatonal, parecían destacar por encima del simple vulgo, se diría que eran diferentes, o tal vez ya se sabían diferentes, él acercando el cuerpo de ella con delicadeza, asiéndole por la cintura, ella apoyando su cabeza en su hombro.
Recuerdo la sensación de soledad aquella madrugada, en el amanecer solitario de mi apartamento en la calle de Hortaleza, lo injusta que me parecía la existencia, ¿por qué ella sí y yo no? ¿Por qué Sandra había tenido lo que imaginaba una experiencia increíble con aquel chico fascinante y yo, que lo había visto antes, que ya lo deseaba en secreto antes siquiera de que mi amiga supiera de su existencia, que tenía más pecho y mejores piernas que ella, más experiencia y seguramente besaba mejor, tenía que pasar por esa sensación de abatimiento e injuria vital?

Luego me acostumbré a verlos juntos, qué remedio, el pasajero encaprichamiento por Íñigo era una cosa menor comparado con mi amistad con Sandra, y esa unión de varios años era lo que de verdad importaba, verla a ella feliz, desearles lo mejor en común.
Sandra me decía que lo que más le gustaba de Íñigo era su visión de lo gracioso. Sentido del humor, simplemente, gusto por las ironías de la vida, apreciación del absurdo. Yo siempre lo vi como alguien que estaba un poco ido de la cabeza; ¿quería ser galerista de arte, no era verdad? ¿Qué otra cosa se puede esperar de alguien así? Y lo más curioso es que lograba arrastrar a Sandra en su locura, en los tiempos que siguieron, ella empezó a hablar de cuadros y de libros que nunca antes le había oído mencionar, a hacer viajes a lugares cuanto menos estrafalarios, incluso a cambiar algunas de sus expresiones coloquiales. Las mujeres de su edad y de su ambiente estaban preocupadas únicamente de encontrar al marido perfecto, un empresario, un constructor, alguien de la banca, un economista, y formar una familia decente y estable. Anhelos de las dinastias de bien del Madrid conservador. Íñigo le tenía absorbido el seso. Pero, en el tiempo que lo conocí como pareja, a ratos turbulenta, de Sandra, pude ver en él también cierta modestia y discreción, amabilidad para con los demás, un corazón generoso. No sé si luego el dinero y la fama lo cambiaron, si el hecho de tener una mujer guapa y joven y haber vivido en Notting Hill le habrá convertido en uno de esos fanfarrones y estúpidos engreídos del español que se vuelve nuevo rico, la mayoría embusteros y ladrones.
Lo que está claro es que todo lo que sabe de Sandra es su pasado. La chica que él tiene en su cabeza es la que él conoció. No tiene noción alguna de cómo han sido estos años, de su relación con su marido Luis o lo que significan para el matrimonio sus hijas como fuerza de soporte. Nada sabe de lo que ha vivido.
Sandra lo fue todo para él, pero es una mujer cuyo presente desconoce.
Cuando leí la noticia en el periódico y se la mandé a mi amiga, tuve la certeza de que, de alguna manera, las vidas de los dos antiguos amantes iban a cambiar.