miércoles, 13 de abril de 2016

CAPÍTULO II



                                           CINCO SEMANAS ANTES 

                                                            ÍÑIGO

Rompeolas de las Españas, la llamó Machado. Dicen que uno es de Madrid en el momento en que llega a ella y la ciudad lo adopta. No hace distinciones. Nómadas de todas partes que van a desembocar sus vidas a orillas del Manzanares. Pero yo nací aquí, chulapo oriundo, mi infancia fueron tardes dándole a la pelota en la Plaza del Dos de Mayo, y luego me fui (¿huí?) para dar vueltas por el mundo, a la vecina Ciudad Condal, también a enseñar algo de buen gusto a los civilizados ingleses.
Y ahora regreso, para impulsar mis nuevas galerías de arte, porque Marisa está cansada de dar tumbos lejos, del frío londinense y de los días oscuros y tristes del País Vasco, y quiere que si tenemos un hijo no nazca oliendo a fish and chips, sino a bocata de calamares.
Al entrar por Moncloa me rodean de nuevo los recuerdos; ahí estaban, resistiendo la avalancha del tiempo, en la confusa memoria que se había vuelto mi cabeza, caras, nombres o anécdotas medio borrosas.
La jornada es parecida al día que me marché, uno de esos días grises, color panza de burro, del invierno madrileño. Y en todas partes sobrevive el recuerdo de ella. La ciudad no es la misma que dejé años atrás, pero los rincones y las calles donde se forjó nuestra historia aún siguen impasibles, recordando el tiempo que se fue; intuyo que ella estará cerca, en algún lugar entre la aglomeración de edificios, la ciudad vive en los edificios en vertical y hacia abajo, en el subsuelo, donde las hormigas obreras atraviesan por los raíles las entrañas de lo urbano, también en el tráfico incesante, los coches que enardecen la atmósfera y los taxis urgentes.

Sandra me decía que algún día me dejaría para casarse con el hijo de un buen amigo rico de su padre, y que él había pensado para ella; y yo me lo tomaba un poco a broma, seguro del intenso amor que sentía por mí, nunca se me había pasado por la cabeza que me abandonaría para dejar atado su futuro, para firmar un seguro de vida a golpe de talonario. Aún no entendía la capacidad de cálculo y disciplina que puede desarrollar una mujer cuando tiene un objetivo. Ni el amor ni la muerte son cosas limpias. Los muertos huelen, empiezan a pudrirse los órganos a las pocas horas del deceso, por eso para los trasplantes los llevan en esas neveras portátiles, dicen que es para conversar ese hígado, ese pulmón, ese corazón que va a recibir una segunda oportunidad en otro cuerpo, pero yo creo que es para evitar el hedor, el que desprende una víscera muerta. Al amor le pasa un poco lo mismo, detrás de mascaradas, de apariencias, de relaciones felices y sonrisas a las fotos, si uno se fija bien, puede percibir cierta capa de podredumbre. Historias que empiezan a descomponerse.
Pero a Sandra creía haberle transmitido cierta clase de intelectualidad, de interés por la cultura. Me acompañaba a museos en los viajes, aguantaba estoica que me parara largos minutos delante de un cuadro sin interés para ella, disimulaba su aburrimiento en las galerías de amigos a las que me invitaban, y una de nuestras actividades habituales de los domingos era pasear hasta el Prado y volver una y otra vez sobre esas maravillas.
También había experimentado la fase intensa del artista. Las noches de buscar emociones en el Madrid que aún salía aturdido de la Movida, los años 90 seguían siendo los del Penta y La Vía Láctea. Y sucumbía con ojos de pícara a la tentación, cuando dudaba excitada ante la primera raya de cocaína que le pinté, el sexo colocados, el deambular y arrastrar los pies por Fuencarral al amanecer; yo ni siquiera notaba el frío del alba, nada podía ensombrecer que junto a ella siempre era primavera.

Una amenaza real: está casada con ese tipo de los negocios, el hijo de su padre, el cual medró en aquella España de las grandes oportunidades que a fines de los ochenta se empeñó en cerrar los ojos al pasado, en aquel cambio de ideología por bienestar, un trueque de verdad por dinero, y el país lo aceptó con júbilo, por eso los banqueros y los empresarios eran los nuevos dioses, Mario Conde ganaba mareantes montones de millones y la gente como el padre del marido de Sandra daba a sus hijos un futuro prometedor para olvidarse de la sangre derramada, de familias cuyas raíces se hundían directamente en la garra del águila, bajo cuya sombra medraron y se enriquecieron sus antecesores en esa injusticia originaria sobre la que se levanta el poder, con la humillación y el silencio de los perdedores.
Y yo me fui asqueado de aquello, tratando de salvar la parte de mí mismo que naufragaba en aquel confuso vórtice; aunque fuera de Madrid fue cuando empecé a ganar dinero de verdad, las galerías iban bien, los artistas de nuevo cuño querían trabajar conmigo, y poco a poco perdía la perspectiva sobre la que me había forjado, abandonado a la vida fácil y de comodidades, incluso mis amigos dijeron que Marisa era demasiado joven, que sólo estaba obnubilada por una existencia de novedades y buenos restaurantes.
Me pregunto cómo se ha adaptado Sandra a su nuevo estatus. El dinero puede ser algo vil y sucio, aunque siempre tiene los mejores espejos y la mejor prensa. Cuando conoces a una persona sabes por lo que puede estar pasando. Las muchas maneras que uno puede estar solo. Únicamente siento curiosidad por saber cómo disciplina su soledad, si la vive como una carencia o como un reposo. No sé si tendré ocasión de preguntárselo. Ella está en alguna parte de este endemoniado conglomerado de cemento.


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