Apenas había podido dormir nada durante la noche. Afuera soplaba un viento frío de los últimos días del invierno y el ruido en las persianas parecía traer susurros del fantasma que estaba por llegar. Había luna llena y todo estaba mojado por una luz blanca. Ni siquiera era consciente de lo que estaba ocurriendo en ese mismo momento, a pocos kilómetros de allí.
Tuve tiempo para reflexionar mucho desde que supe que Íñigo regresaba a Madrid.
Tenerlo cerca, bajo el paraguas de contaminación y la jungla de metal donde
conviven cuatro millones de seres humanos era casi como sentirlo. Había dejado
atrás Bilbao, Barcelona y Londres, y se instalaba en la ciudad. Él y sus
galerías de arte. Como un eterno retorno. Así es el amor, de él nunca hablamos
en pasado. El amor es siempre un inmenso presente, una herida abierta que
supura, instalada en la memoria como un enemigo al que nunca se derrota.
Su recuerdo me llega silencioso, como los pasos sobre una alfombra mullida, durante todos esos años, la ausencia adquirió su propio volumen, las sombras pesan, son lastres en el cuerpo que llevamos a cuestas, las cadenas invisibles del recuerdo.
Una nunca se plantea si la vida con nosotros fue justa o no. El final de una relación siempre es la historia de un fracaso. Tendemos, erróneamente, a creer que el tiempo acaba ejerciendo cierta forma de justicia, incluso con las personas que nos han hecho daño; pero no es misión del tiempo corregir injusticias, sino más bien hacerlas más profundas.
Durante los primeros años de su ausencia, a veces me paraba a pensar qué deprisa nos habíamos olvidado de todo. O el uno del otro. Pero en realidad no era cierto, sólo adoptamos ciertas máscaras para protegernos, engaños que la mente acepta, medidas para seguir tirando, porque la vida debe continuar, hay un papel que debes cumplir.
Recordaba momentos y no sabía si realmente habían sucedido así o mi cerebro los estaba adulterando, si habían sido buenos o malos, reales o no, si él me había mentido o si lo nuestro existió, pero es que cuando las cosas se quedan atrás, dejan de ser verdad o mentira y se convierten sólo en confusos restos a merced de la memoria. Con los únicos testigos de esas viejas fotografías nuestras que están en cajas y que sobrevivirán a la muerte. A veces, cuando miro esas fotos, me da por pensar que están allí esperando a que cese nuestro movimiento para quedarse como única verdad. Paso el pulgar por encima de algunas de esas fotografías en las que aparece y siento que así le transmito algo cercano a la vida.
Traté de echarme agua por la cara antes de meterme en la ducha, necesitaba despejarme después de casi toda una noche en vela. No podía creer lo que iba a hacer. Miraba de reojo las maletas dentro del armario, como para cerciorarme de que era real. Entonces fue cuando sonó el móvil. Marta llamaba y fue la que me dijo. “Han encontrado a Íñigo en un arroyo al norte, por donde baja el Manzanares. Está muerto”. Sus palabras cayeron como un picahielos gélido dentro de mí. Apenas escuché nada más de sus explicaciones. Al parecer, el cuerpo estaba maniatado y lleno de golpes.
La mañana se me nubla por completo. Estoy desconcertada, aunque nada me permite llorar. En su lugar, pienso en lo que desde entonces ha ocupado su lugar, en lo que es él ahora.
Me lo imagino inerte sobre esa camilla o esa tabla de mármol de la morgue, el cuerpo frío y rígido, esa piel que una vez fue mía y recorrí de arriba abajo con mi boca, con mi lengua ferviente de juventud, ese cuerpo que estuvo dentro de mi cuerpo, ahora allí tirado, en la autopsia, siendo diseccionado, taponando los orificios, blanco, la palidez implacable de la muerte. Ahora mismo lo estarán analizando. Íñigo, el que un día tuvo los abdominales bronceados a flor de la piel, el que un día supo que ese verano sería el último de los veranos, el que después engordó. El bisturí raja su carne entumecida, su cuerpo sin vida, mientras mis hijas me vienen a avisar, venga mamá, otro día de cole; y Luis hace tiempo que se ha ido al despacho.
El porqué Íñigo está ahora ahí, a caballo entre el frigorífico y un panteón del cementerio, a punto de ser trasladado al inútil pudridero de la eternidad, lo puedo intuir, me niego a pensar en mi responsabilidad. Y como si sólo el dolor tuviese memoria, su fantasma empieza a poner en marcha los recuerdos de años de vida que no sé si me atrevo a llamar en común, y comienzo a recordar con nitidez parte de lo que fuimos, y de lo que sentí desde que supe que estaba de nuevo en la ciudad.
Su recuerdo me llega silencioso, como los pasos sobre una alfombra mullida, durante todos esos años, la ausencia adquirió su propio volumen, las sombras pesan, son lastres en el cuerpo que llevamos a cuestas, las cadenas invisibles del recuerdo.
Una nunca se plantea si la vida con nosotros fue justa o no. El final de una relación siempre es la historia de un fracaso. Tendemos, erróneamente, a creer que el tiempo acaba ejerciendo cierta forma de justicia, incluso con las personas que nos han hecho daño; pero no es misión del tiempo corregir injusticias, sino más bien hacerlas más profundas.
Durante los primeros años de su ausencia, a veces me paraba a pensar qué deprisa nos habíamos olvidado de todo. O el uno del otro. Pero en realidad no era cierto, sólo adoptamos ciertas máscaras para protegernos, engaños que la mente acepta, medidas para seguir tirando, porque la vida debe continuar, hay un papel que debes cumplir.
Recordaba momentos y no sabía si realmente habían sucedido así o mi cerebro los estaba adulterando, si habían sido buenos o malos, reales o no, si él me había mentido o si lo nuestro existió, pero es que cuando las cosas se quedan atrás, dejan de ser verdad o mentira y se convierten sólo en confusos restos a merced de la memoria. Con los únicos testigos de esas viejas fotografías nuestras que están en cajas y que sobrevivirán a la muerte. A veces, cuando miro esas fotos, me da por pensar que están allí esperando a que cese nuestro movimiento para quedarse como única verdad. Paso el pulgar por encima de algunas de esas fotografías en las que aparece y siento que así le transmito algo cercano a la vida.
Traté de echarme agua por la cara antes de meterme en la ducha, necesitaba despejarme después de casi toda una noche en vela. No podía creer lo que iba a hacer. Miraba de reojo las maletas dentro del armario, como para cerciorarme de que era real. Entonces fue cuando sonó el móvil. Marta llamaba y fue la que me dijo. “Han encontrado a Íñigo en un arroyo al norte, por donde baja el Manzanares. Está muerto”. Sus palabras cayeron como un picahielos gélido dentro de mí. Apenas escuché nada más de sus explicaciones. Al parecer, el cuerpo estaba maniatado y lleno de golpes.
La mañana se me nubla por completo. Estoy desconcertada, aunque nada me permite llorar. En su lugar, pienso en lo que desde entonces ha ocupado su lugar, en lo que es él ahora.
Me lo imagino inerte sobre esa camilla o esa tabla de mármol de la morgue, el cuerpo frío y rígido, esa piel que una vez fue mía y recorrí de arriba abajo con mi boca, con mi lengua ferviente de juventud, ese cuerpo que estuvo dentro de mi cuerpo, ahora allí tirado, en la autopsia, siendo diseccionado, taponando los orificios, blanco, la palidez implacable de la muerte. Ahora mismo lo estarán analizando. Íñigo, el que un día tuvo los abdominales bronceados a flor de la piel, el que un día supo que ese verano sería el último de los veranos, el que después engordó. El bisturí raja su carne entumecida, su cuerpo sin vida, mientras mis hijas me vienen a avisar, venga mamá, otro día de cole; y Luis hace tiempo que se ha ido al despacho.
El porqué Íñigo está ahora ahí, a caballo entre el frigorífico y un panteón del cementerio, a punto de ser trasladado al inútil pudridero de la eternidad, lo puedo intuir, me niego a pensar en mi responsabilidad. Y como si sólo el dolor tuviese memoria, su fantasma empieza a poner en marcha los recuerdos de años de vida que no sé si me atrevo a llamar en común, y comienzo a recordar con nitidez parte de lo que fuimos, y de lo que sentí desde que supe que estaba de nuevo en la ciudad.
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