viernes, 26 de agosto de 2016

CAPÍTULO XV

                                                                         MARTA

Es inevitable tener una relación de amor-odio con los hombres, al menos en mi caso, y con los años se acentúa, a la vez que eres más consciente de tus limitaciones físicas, y el cambio de mentalidad de ellos, pues ya empiezan a valorar otras cosas, o vienen con una ex mujer y un par de hijos en la mochila.
La piel bronceada ya no relucía como antaño, y la cara no poseía la misma frescura juvenil de cuando sólo contabas con dos décadas de vida y todo un mar de ilusiones en el horizonte de tu mirada. Estaba un poco harta de picar de aquí y de allá con relaciones que no duraban, a lo máximo, un par de meses, y los rolletes de una noche quedaban como algo de quinceañeras. Cansada de ser únicamente el capricho y el deseo de los hombres. A los chavalitos les gustan sólo las tetas, los culos y los coños. El último con el que estuve, Juan Pablo, era, pese a su nombre papal, un auténtica malnacido vividor para el que las mujeres sólo eran un botín de guerra efímero, un juego con el que cubrir las apetencias sexuales, para luego pasar a otra cosa. Incapaz de tomarse en serio nada, exprimía su existencia viviendo al día y tomándole el pelo a las muchachas incautas. Aunque, mientras estaba contigo, te decía y te camelaba de manera que te creyeras única para él, o que de verdad le gustabas, antes de darte la patada o liar alguna que hiciera que te alejaras de él. Lo último que me dijo, cuando quise quedar una tarde para una de esas sesiones de buen sexo, era que no podía ya que era el cumpleaños de Keith Richards, y quería celebrarlo.
Hombres. Nunca tuve la oportunidad de casarme, ni de vengarme de ellos.

Por eso, y aunque sabía que fue una cosa puntual en una noche de excesos, me dolió que Íñigo me usara para un polvete y luego no supiera de él, más que cuando, semanas después, Sandra me contó aquello que me dejó tan anonadada. No sólo había mantenido relaciones con él en su despacho, sino que llevaban semanas posteriores viéndose, y tenían pensando marcharse juntos. Huir, podría decirse. Menudo shock. Sandra Carpio abandonando a su familia. Me había contado una terrible historia sobre Luis y una trama de corrupción de la que Paco tenía constancia, y ella tenía pensando, con aquello como prueba, reclamar después la custodia de las hijas. Pero de momento, era una escapada al extranjero con Íñigo, que también abandonaría a su mujer florero. Imagino que, en esos casos, la cornamenta nunca va en una sola dirección.
Maldito Íñigo y maldita Sandra. Siempre es la pobre y estúpida Marta la que pierde. Da igual que Íñigo me gustara desde siempre; fue ella la que lo tuvo en un primer momento, la niña buena, la hija de papá, que, cuando le interesaba, siempre estaba dispuesta a actuar por encima de las dudas morales y de las consideraciones de conciencia. También deseaba poseerlo ahora que era rico y triunfador, no vaya a ser que la vida se le fuera extinguiendo al lado de su marido prosaico y cornudo.
Me dolía por Sandra. La amistad, sí, la amistad es importante, pero entre mujeres siempre fue más bien una guerra soterrada que otra cosa, y a determinada edad, una tiene que mirar por sí misma y por lo que cree que es necesario o le va a proporcionar más satisfacción. De ella no iba a decir nada, tendría que resignarse a estar de nuevo en su hogar y su vida sin emociones ni pasiones. Que aprenda a ser fiel a su posición. Creen que la corrupción es algo terrible ajeno a ellas, cuando estas socialmente comprometidas viven de espaldas a la realidad, se despiertan cada día bajo el manto de la protección que unos hombres acordes a su sociedad y a su tiempo les proporcionan, y después cuestionan el modo en que se la proporcionan. Tenemos unas reglas, Sandra siempre fue de este círculo, le guste  o no, somos conservadores y somos católicos, y el dinero es la herramienta que nos diferencia de los demás, de la chuma, de las clases más bajas, de los progresistas y los socialistas. No, a Sandra no le pasará nada, su condena es su existencia. Pero el tonto de Paco…e Íñigo, ese bastardo polla loca, no podría seguir haciendo lo que le diera la gana impunemente, y encima hundir al hombre rival de la mujer que amaba.
Descolgué el teléfono y marqué el número de Luis. 

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