viernes, 5 de agosto de 2016

CAPÍTULO XIV

                                                                     SANDRA

Caminaba nerviosa por la calle Serrano, donde había tomado la repentina decisión de torcer por Maldonado hasta Velázquez, y cruzar la calzada para seguir bajando un tramo más, ahora por la acera de la izquierda de aquella calle que conducía hasta el Retiro, y detenerme ante un portal. Un portal que era el del despacho de Íñigo. Había pasado días asustada, y me abordó la imperiosa necesidad de verle. La única manera de arrojar algo de luz sobre la oscuridad de mi mente embarullada era la temperamental y siempre lúcida calidez de su conversación.
Era una oficina amplia, con varias salas, una secretaria joven y sonriente (su mujer sería seguro así, de esa misma edad, los hombres suelen tener muy claros los cánones de lo que considerad juventud y lo que consideran atractivo, ropas ceñidas sobre carne fresca), una sala de estar y su despacho, amplio, con un escritorio y un par de sofás, elegantemente decorado.
No podía seguir con mi vida normal, me aterrorizaba lo que había leído en esos informes del periodista sobre Luis, las cosas tan atroces que se afirmaban o quedaban en el aire, suspendidas como una obscena insinuación. Datos, fechas, transferencias, reuniones clandestinas, desapariciones. Niños.
—Estoy muy confundida y nerviosa —le dije a Íñigo, buscando inconscientemente el contacto con su cuerpo, el abrazo protector.
Me tomó en sus brazos despacio, envolviéndome con sus brazos de deportista. Había cambiado de perfume.
—Está bien, todo saldrá bien —usaba un tono como si estuviera dirigiendo a una niña pequeña.
Me ofreció un café, y charlamos durante un largo rato. Me volvía a sentir cómoda con él, como las tardes en los bares y las sesiones de cine en el Doré. Estar a su lado me transmitía esa sensación de paz que había perdido de forma abrupta.
Desde su ventana se podía ver todo el parque, estábamos en un sexto, y la vista era excelente. Se puso de espaldas a mirar por la cristalera, reflexionando, y en un impulso que no puedo muy bien expresar, llegué a él por detrás, le hice girar asiéndole por la cintura y le besé impetuosamente en la boca. Esto nos hizo cruzar el umbral. El simple contacto de los labios fue suficiente para desencadenar una respuesta sexual, un ciego recuerdo de nuestros cuerpos. Si le pilló por sorpresa, supo disimularlo. Afrontó la situación con entereza, sin los titubeos propios que se esperarían de un adolescente, o de alguien cogido de improvisto. Me devolvió el beso y nos fundimos en uno largo, intenso y húmedo. Y fuimos trastabillados hacia uno de los sofás, el más grande, donde sin prisas pero sin pausas nos despojamos de la ropa. Creo que no hubiera podido ser de otra manera. La planificación de alquilar habitación de hotel requería de un anticipo, una organización que no era viable. Sólo algo tan repentino y fulminante podía hacer ceder nuestras defensas.
Yo estaba nerviosa y trémula como una joven primeriza, aunque ardía de deseo y de furia erótica. Él pasaba su mano por detrás de mi nuca, acariciando mi cuello, y a veces se paraba a mirarme, fijamente y en silencio, como para comprobar que estaba ahí, que era real.
Al principio me habían parecido extraños sus besos: sus labios parecía que tenían otra densidad, eran más carnosos y blandos; y su aliento desprendía otro olor. Pero su cuerpo, el aroma de esa piel enseguida fue irreconocible. No había décadas en la espiral del tiempo que pudiera borrar eso del recuerdo. Porque, a pesar de que en el mundo hay millones de personas, cada carne es distinta, tiene un color, un tacto, un olor que no se parece a ningún otro, y que no puede copiarse. Y el olor tiene su propia memoria.
Con mi ropa interior aún puesta, conseguí desnudarle y acariciar los músculos definidos y duros. Una gota de sudor frío le caía por el abdomen desnudo. Con mis labios, seguí el recorrido de la gota por el ombligo, hacia el costado, y luego sobre la pelvis. Un crujir de muelles del sofá, un gemido ahogado cuando envolví con mi boca su miembro.
Cuando me retiré, evitando que terminara prematuramente, se incorporó para intentar hacer un poco de oscuridad corriendo las cortinas, pero le dije que no. Quería ser suya de nuevo por completo, sin reparos, que pudiera mirarme y ver todo lo que se había perdido, y que me tomara tal y como era ahora. Mi cuerpo entero entregado a los labios de aquel hombre que me miraba con unos ojos negros y vivos, que era seguro y frágil a la vez. Deseaba tenerlo otra vez dentro de mí, dejándolo avanzar con precaución, como a través de una selva peligrosa en la que uno puede acceder al tesoro o perderse para siempre.


Tuve que volver a mi vida normal, a expensas de hacer algún movimiento o tener la cabeza lo suficientemente despejada para pensar con claridad. A la vuelta de mi encuentro con Íñigo en su despacho, iba con el alma en vilo hacia el hogar donde estaba Luis. Notará que huelo a él, pensaba, lo notará en mi ropa, en mi piel, en mi sonrisa. Regresé al lecho conyugal, a tener que acostarme con mi marido. Quedé consternada al comprobar que quien me imaginaba tener dentro era Íñigo, Íñigo el que me miraba desde arriba, y el aceitunado cuerpo de Íñigo era el que me penetraba en la penumbra.
Toda mi vida había dado un vuelco repentino y brutal, aunque no sospechaba que era sólo el comienzo.

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