SANDRA
A Íñigo le hacía gracia ese contraste, le gustaba sentarse
conmigo en camiseta barata y vaqueros en alguna de las terrazas de los bares de
mi barrio, en Velázquez, en Goya o Claudio Coello. “Soy como el Pijoaparte de
Marsé”, me decía, y reía con ganas, viendo aquellas muestras de impostura, los
clones casi idénticos de gente joven, las mismas camisas, el mismo peinado, “Luego
se casan entre ellos, y ellas paren hijos como camadas que tienen todos edogamia
pepera”, me decía, en la época en que Aznar acababa de ganar su primer mandato. A algunos de esos chicos los conocía yo, provenientes de familias con uno de esos nombres que hacían que en España el concepto de oligarquía dejase de ser una abstracción teórica.
Una tarde estábamos sentados dentro de un asador de Ortega y Gasset, “Apuesto a que de todos los que viven en esta calle, ninguno lo ha leído”, decía despreciativo y confiado, para él, que ‘Estudios sobre el amor’ era todo un manual de vida y sentimiento. Y después de tomar unos aperitivos, me miró de forma pícara, burlona, como cuando trama algo, y después de echar una ojeada de soslayo a los camareros con pulcros chalecos y pajarita, se acercó despacio a mi oreja y me propuso rememorar la primera noche, la noche en que nos conocimos. “¿Aquí?”. Él afirmó divertido. Me sonrojé, miré hacia los camareros como si llevara la marca de la culpa en la cara, pensando que si uno de ellos posaba los ojos en mí, inmediatamente adivinaría nuestras intenciones. Íñigo apenas podía contener tanta curiosidad en la forma de la mirada.
Era media tarde, no había bebido nada y era un día entre semana. Aquello no podía estar más fuera de lugar. Pero su proposición había activado algo dentro de mi cabeza, hizo despertar la parte que hace fluir los mecanismos del deseo, el peligro y el morbo, segregando adrenalina. “Ve al baño de mujeres, yo me acerco a la barra a pagar, y después, al cabo de un minuto o dos, entro detrás”. Él parecía muy seguro en cuanto a la forma de proceder.
Cuando se metió en el habitáculo conmigo y cerramos el pestillo, mi corazón bombeaba a toda velocidad. Me besó con furia sin muchos preámbulos y sentía mi respiración acelerada. Me bajó con ímpetu la blusa, dejando al descubierto los pechos, que se afanó en besar y chupar, mordisqueando los pezones. Tuve que ponerme una mano en la boca y ahogar un gemido.
A los pocos segundos, estaba tratando de ser silenciosa a mi pesar mientras me penetraba. Cuando salimos al exterior, aún palpitante, él miró hacia arriba y señaló el atardecer. “Mira qué contraste de colores, qué fuerza, qué azul y qué amarillo”.
Aquella tarde puse mi falda a lavar nada más entrar en casa, pues había terminado en parte sobre ella.
Una tarde estábamos sentados dentro de un asador de Ortega y Gasset, “Apuesto a que de todos los que viven en esta calle, ninguno lo ha leído”, decía despreciativo y confiado, para él, que ‘Estudios sobre el amor’ era todo un manual de vida y sentimiento. Y después de tomar unos aperitivos, me miró de forma pícara, burlona, como cuando trama algo, y después de echar una ojeada de soslayo a los camareros con pulcros chalecos y pajarita, se acercó despacio a mi oreja y me propuso rememorar la primera noche, la noche en que nos conocimos. “¿Aquí?”. Él afirmó divertido. Me sonrojé, miré hacia los camareros como si llevara la marca de la culpa en la cara, pensando que si uno de ellos posaba los ojos en mí, inmediatamente adivinaría nuestras intenciones. Íñigo apenas podía contener tanta curiosidad en la forma de la mirada.
Era media tarde, no había bebido nada y era un día entre semana. Aquello no podía estar más fuera de lugar. Pero su proposición había activado algo dentro de mi cabeza, hizo despertar la parte que hace fluir los mecanismos del deseo, el peligro y el morbo, segregando adrenalina. “Ve al baño de mujeres, yo me acerco a la barra a pagar, y después, al cabo de un minuto o dos, entro detrás”. Él parecía muy seguro en cuanto a la forma de proceder.
Cuando se metió en el habitáculo conmigo y cerramos el pestillo, mi corazón bombeaba a toda velocidad. Me besó con furia sin muchos preámbulos y sentía mi respiración acelerada. Me bajó con ímpetu la blusa, dejando al descubierto los pechos, que se afanó en besar y chupar, mordisqueando los pezones. Tuve que ponerme una mano en la boca y ahogar un gemido.
A los pocos segundos, estaba tratando de ser silenciosa a mi pesar mientras me penetraba. Cuando salimos al exterior, aún palpitante, él miró hacia arriba y señaló el atardecer. “Mira qué contraste de colores, qué fuerza, qué azul y qué amarillo”.
Aquella tarde puse mi falda a lavar nada más entrar en casa, pues había terminado en parte sobre ella.
Íñigo se fue para no compartir el mismo cielo de Madrid
después del desastre. Una huida que comprendo. No quedaba nada de su presencia
aquí para cuando me casé con Luis. Había dejado la ciudad donde nació y vivió
tantos años, los amigos que habían sido el sustento de confidencias, anécdotas
y vicios, y la frustración de haber perdido lo que era el centro de su vida.
Hay sentencias, un pequeño puñado de palabras, en que una relación entera, una vida entera, quedan cristalizadas de repente. En el caso de Íñigo, fue su silencio. No trató de ponerse en contacto conmigo, ni intentó volver a verme. Y aún en la distancia podía sentir su sordo rencor, la supuración por la que respiraba su herida. A veces me parecía que iba a verle aparecer doblando la esquina, o esperando apoyado en la pared, abajo en el portal, con los ojos tristes y pensativos, misteriosos como solían ser. Tenía la impresión de que llegaría para ponerme el pelo detrás de la oreja como siempre hacía, gastar alguna broma, para sonreír y no volver a tener miedo al futuro. Pero nunca apareció.
Llegaron los años del nacimiento de mis hijas, de la estabilidad económica y sentimental. Las grandes épocas de nuestra vida vienen después de que nos armemos de valor y reconozcamos el mal que hay en ella y lo llamemos nuestro mejor bien. Convertir la desidia en oportunidad, la resignación en virtud.
En el amor y en la supervivencia la mujer siempre es más implacable que el varón. El hombre simplemente es más inconsciente, más atávico. Es el que se lanza a la locura de la guerra mientras las mujeres calienten las camas de los Generales, urden conspiraciones y hacen de dobles agentes para derribar imperios. Sólo hay que fijarse en las manos que hay plasmadas en las paredes de las cuevas, aquellas pinturas rupestres, son manos de mujer, las hicimos nosotras, arte en el hogar mientras ellos cazaban, traían el sustento y el fuego a la caverna.
Hemos aprendido a callar, a sufrir y a sobrevivir durante siglos en códigos impuestos por los hombres, desde la noche de los tiempos; hombres que eligen y juzgan la jerarquía entera de nuestros valores, y aprendimos a ser las que amamantaron a los grandes líderes y ocuparon las cocinas de los hogares; y esperan encima que no se nos desarrolle el instinto de perpetuación de la especie, a través del hombre no más atractivo ni más interesante sino el más óptimo. La mujer se ha tenido que adaptar mejor que nadie a una sociedad corrompida, imperfecta y primitiva. Sometidas por unas reglas hechas por ellos, hemos a su vez tenido que someter nuestro corazón y nuestra conciencia a expensas de un bien mayor, sacar el beneficio de un juego con las cartas marcadas, construir familias y vidas gracias a la astucia, la visión, el afán de perduración y el pragmatismo. La camada a salvo. Por eso no admito juicios morales por haber hecho lo que era necesario por mí y por mi familia.
Un mediodía me pareció verlo, en la gasolinera de Alberto Aguilera, yo iba caminando dirección San Bernardo, y creí que era él subiendo al coche después de repostar, pero luego el vehículo arrancó y se perdió en la maraña del tráfico que iba hacia Princesa. Durante el breve segundo en que creí que era él, creí que me miraba y sonreía, una sonrisa que no lograba disimular su incredulidad. Aún estaba pensativa sobre ello cuando Marta me llamó, y me dijo que Íñigo se había puesto en contacto con ella, apareciendo por su trabajo. “Está algo cambiado”.
Hay sentencias, un pequeño puñado de palabras, en que una relación entera, una vida entera, quedan cristalizadas de repente. En el caso de Íñigo, fue su silencio. No trató de ponerse en contacto conmigo, ni intentó volver a verme. Y aún en la distancia podía sentir su sordo rencor, la supuración por la que respiraba su herida. A veces me parecía que iba a verle aparecer doblando la esquina, o esperando apoyado en la pared, abajo en el portal, con los ojos tristes y pensativos, misteriosos como solían ser. Tenía la impresión de que llegaría para ponerme el pelo detrás de la oreja como siempre hacía, gastar alguna broma, para sonreír y no volver a tener miedo al futuro. Pero nunca apareció.
Llegaron los años del nacimiento de mis hijas, de la estabilidad económica y sentimental. Las grandes épocas de nuestra vida vienen después de que nos armemos de valor y reconozcamos el mal que hay en ella y lo llamemos nuestro mejor bien. Convertir la desidia en oportunidad, la resignación en virtud.
En el amor y en la supervivencia la mujer siempre es más implacable que el varón. El hombre simplemente es más inconsciente, más atávico. Es el que se lanza a la locura de la guerra mientras las mujeres calienten las camas de los Generales, urden conspiraciones y hacen de dobles agentes para derribar imperios. Sólo hay que fijarse en las manos que hay plasmadas en las paredes de las cuevas, aquellas pinturas rupestres, son manos de mujer, las hicimos nosotras, arte en el hogar mientras ellos cazaban, traían el sustento y el fuego a la caverna.
Hemos aprendido a callar, a sufrir y a sobrevivir durante siglos en códigos impuestos por los hombres, desde la noche de los tiempos; hombres que eligen y juzgan la jerarquía entera de nuestros valores, y aprendimos a ser las que amamantaron a los grandes líderes y ocuparon las cocinas de los hogares; y esperan encima que no se nos desarrolle el instinto de perpetuación de la especie, a través del hombre no más atractivo ni más interesante sino el más óptimo. La mujer se ha tenido que adaptar mejor que nadie a una sociedad corrompida, imperfecta y primitiva. Sometidas por unas reglas hechas por ellos, hemos a su vez tenido que someter nuestro corazón y nuestra conciencia a expensas de un bien mayor, sacar el beneficio de un juego con las cartas marcadas, construir familias y vidas gracias a la astucia, la visión, el afán de perduración y el pragmatismo. La camada a salvo. Por eso no admito juicios morales por haber hecho lo que era necesario por mí y por mi familia.
Un mediodía me pareció verlo, en la gasolinera de Alberto Aguilera, yo iba caminando dirección San Bernardo, y creí que era él subiendo al coche después de repostar, pero luego el vehículo arrancó y se perdió en la maraña del tráfico que iba hacia Princesa. Durante el breve segundo en que creí que era él, creí que me miraba y sonreía, una sonrisa que no lograba disimular su incredulidad. Aún estaba pensativa sobre ello cuando Marta me llamó, y me dijo que Íñigo se había puesto en contacto con ella, apareciendo por su trabajo. “Está algo cambiado”.

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