Ella probablemente ni se acuerda, pero yo estaba con Sandra la noche que conoció a Íñigo. En realidad fue Paco, un rollete con el que yo andaba entonces, el que los presentó. Yo había visto ya a Íñigo algunas noches antes, de observarlo tomando tragos con mi ligue, deambular de aquí para allá con ese aura de grandeza de la que parece que él no se percata. Me gustaba mucho, tenía un rostro tan fascinante, tan dolorosamente joven y sin reservas, que una se podía llegar a sentir algo cohibida en su presencia. Irradiaba tal despliegue de esperanza y energía humana liberada, que por un momento a mí llegaba a faltarme la respiración, cuando posaba sus ojos en los míos y sonreía con calidez. Imagino que, si me recordaba de antes, sólo lo hacía de forma fugaz, pues esa noche estuvo con Sandra, y para después yo ya sería la amiga de su chica.
Las calles de Madrid están siempre atestadas de gente los sábados por la noche, pero aquélla en particular el gentío era más denso que de costumbre, y aún así, cuando salieron juntos del bar y comenzaron a caminar por la acera peatonal, parecían destacar por encima del simple vulgo, se diría que eran diferentes, o tal vez ya se sabían diferentes, él acercando el cuerpo de ella con delicadeza, asiéndole por la cintura, ella apoyando su cabeza en su hombro.
Recuerdo la sensación de soledad aquella madrugada, en el amanecer solitario de mi apartamento en la calle de Hortaleza, lo injusta que me parecía la existencia, ¿por qué ella sí y yo no? ¿Por qué Sandra había tenido lo que imaginaba una experiencia increíble con aquel chico fascinante y yo, que lo había visto antes, que ya lo deseaba en secreto antes siquiera de que mi amiga supiera de su existencia, que tenía más pecho y mejores piernas que ella, más experiencia y seguramente besaba mejor, tenía que pasar por esa sensación de abatimiento e injuria vital?
Luego me acostumbré a verlos juntos, qué remedio, el pasajero encaprichamiento por Íñigo era una cosa menor comparado con mi amistad con Sandra, y esa unión de varios años era lo que de verdad importaba, verla a ella feliz, desearles lo mejor en común.
Sandra me decía que lo que más le gustaba de Íñigo era su visión de lo gracioso. Sentido del humor, simplemente, gusto por las ironías de la vida, apreciación del absurdo. Yo siempre lo vi como alguien que estaba un poco ido de la cabeza; ¿quería ser galerista de arte, no era verdad? ¿Qué otra cosa se puede esperar de alguien así? Y lo más curioso es que lograba arrastrar a Sandra en su locura, en los tiempos que siguieron, ella empezó a hablar de cuadros y de libros que nunca antes le había oído mencionar, a hacer viajes a lugares cuanto menos estrafalarios, incluso a cambiar algunas de sus expresiones coloquiales. Las mujeres de su edad y de su ambiente estaban preocupadas únicamente de encontrar al marido perfecto, un empresario, un constructor, alguien de la banca, un economista, y formar una familia decente y estable. Anhelos de las dinastias de bien del Madrid conservador. Íñigo le tenía absorbido el seso. Pero, en el tiempo que lo conocí como pareja, a ratos turbulenta, de Sandra, pude ver en él también cierta modestia y discreción, amabilidad para con los demás, un corazón generoso. No sé si luego el dinero y la fama lo cambiaron, si el hecho de tener una mujer guapa y joven y haber vivido en Notting Hill le habrá convertido en uno de esos fanfarrones y estúpidos engreídos del español que se vuelve nuevo rico, la mayoría embusteros y ladrones.
Lo que está claro es que todo lo que sabe de Sandra es su pasado. La chica que él tiene en su cabeza es la que él conoció. No tiene noción alguna de cómo han sido estos años, de su relación con su marido Luis o lo que significan para el matrimonio sus hijas como fuerza de soporte. Nada sabe de lo que ha vivido.
Sandra lo fue todo para él, pero es una mujer cuyo presente desconoce.
Cuando leí la noticia en el periódico y se la mandé a mi amiga, tuve la certeza de que, de alguna manera, las vidas de los dos antiguos amantes iban a cambiar.
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