ÍÑIGO
Madrid era una ciudad distinta a la que yo recordaba. Las
caras lánguidas se habían hecho con el tono general de una urbe sombría, como
si la decadencia de la crisis hubiera teñido de gris también el alma de sus
habitantes, el retrato de una lucha silenciosa contra la barbarie, de un pueblo
que se resiste a perder su integridad.
No era la ciudad que derrochaba vida en noches de estupor juvenil, que coincidía con el de nuestra propia juventud. El Malasaña posterior a la Movida era un barrio agonizante, lleno de yonkis, suciedad y grotesca sordidez, una zona que se moría; pero esto era distinto, para nosotros los 90 eran los mejores tiempos y la peor época, la edad de la inocencia, el ciclo de la estupidez, la etapa de la incredulidad y la primavera de la esperanza donde lo teníamos todo por delante; ahora faltaba la intensidad en las calles, el toque incandescente; todo lo cubría el invierno de la desesperación, sólo se veía bullicio en los soleados domingos donde los turistas abarrotaban el Retiro o la zona del templo de Debod, dar sus paseos, hacer sus fotos, dejar el dinero e irse con la música a otra parte. Lugar de paso.
En los años posteriores al franquismo, la sociedad y su punta de lanza, la juventud, se esforzaron en recuperar el tiempo perdido, los siglos perdidos, para el librepensamiento. Ir al descubrimiento de su propia España. Limpiar el país del miedo y de la ignorancia, contrabandistas de cultura. Pero ahora los escualos, aunque mantenían los mismos apellidos, no eran los estertores del régimen militar y católico, pertenecían a rendijas abiertas por las que se colaba la podredumbre del libre mercado, la descontrolada ambición de dinero y el dinamitar puestos de trabajo en pos de seguir manteniendo altísimos beneficios.
En ese panorama, me pregunté cómo tomaría contacto con Sandra, si es que decidía hacerlo. Para mí Madrid seguía representando un territorio del recuerdo con una geografía propia, un sitio donde el exilio nunca ocurrió. Pero ya no podía ir a buscarla a nuestros rincones habituales, esperar verla a la salida de una obra de teatro, en la puerta de algún bar o buscar su cara entre los rostros de la gente en los cafés que frecuentábamos. Ni siquiera sobrevivía ya el Comercial. Nuestras existencias distaban mucho de las de entonces. La vida te va moldeando y alejando de todo lo que una vez fuiste, como un barco que ya ha zarpado y sólo se ve el puerto de tus mejores años a duras penas tras la popa, haciéndose cada vez más pequeño. Y, a su vez, parecía que esos años tenían su vida propia, su rincón, en ese lugar profundísimo de la memoria donde suceden las cosas que quieren suceder, y donde la Sandra que conocí aún pervive en el abrasador silencio y sus hilos invisibles, donde se libra la guerra de todas las guerras, la del pasado y la del futuro, los monstruos y los demonios. Astillas del tiempo que pudo ser historia y biografía y en su apogeo sólo fue dolor.
Tal vez podría llegar a ella a través de esa amiga suya, Marta, la tetona. Siempre me causó un morbo especial, con sus voluminosas ideas. Tenía que habérmela tirado, en nuestros peores momentos de discusiones. Sólo habría necesitado tocar las teclas adecuadas de la seducción y el deseo. Para las mujeres es distinto, a pesar de la amistad, ellas en la otra ven también una competidora, y su estructura mental a la hora de ordenar sus principios no tienen unos patrones comunes, no les importa abordar plazas ocupadas, territorio de otras, al contrario de la mayoría de los hombres, que preferirían cortarse el brazo derecho antes que traicionar a un amigo, hacer algo con sus mujeres o novias.
Al menos entones pensaba así. Es sólo con el tiempo cuando aprendí de las mujeres todo lo importante, aquello que los más ancianos siempre supieron: cómo fingen, cómo ayudan, cómo enseñan a amar, cómo acompañan y cómo salvan. Seres al tiempo valerosos y vulnerables, cuya vida es la suma de todo lo que cuentan, lo que imaginan y lo que jamás llegan a decir. Quería saber lo que Sandra podría haber pronunciado si hubiera estado con ella en los años en que se hubo disipado su voz.
No era la ciudad que derrochaba vida en noches de estupor juvenil, que coincidía con el de nuestra propia juventud. El Malasaña posterior a la Movida era un barrio agonizante, lleno de yonkis, suciedad y grotesca sordidez, una zona que se moría; pero esto era distinto, para nosotros los 90 eran los mejores tiempos y la peor época, la edad de la inocencia, el ciclo de la estupidez, la etapa de la incredulidad y la primavera de la esperanza donde lo teníamos todo por delante; ahora faltaba la intensidad en las calles, el toque incandescente; todo lo cubría el invierno de la desesperación, sólo se veía bullicio en los soleados domingos donde los turistas abarrotaban el Retiro o la zona del templo de Debod, dar sus paseos, hacer sus fotos, dejar el dinero e irse con la música a otra parte. Lugar de paso.
En los años posteriores al franquismo, la sociedad y su punta de lanza, la juventud, se esforzaron en recuperar el tiempo perdido, los siglos perdidos, para el librepensamiento. Ir al descubrimiento de su propia España. Limpiar el país del miedo y de la ignorancia, contrabandistas de cultura. Pero ahora los escualos, aunque mantenían los mismos apellidos, no eran los estertores del régimen militar y católico, pertenecían a rendijas abiertas por las que se colaba la podredumbre del libre mercado, la descontrolada ambición de dinero y el dinamitar puestos de trabajo en pos de seguir manteniendo altísimos beneficios.
En ese panorama, me pregunté cómo tomaría contacto con Sandra, si es que decidía hacerlo. Para mí Madrid seguía representando un territorio del recuerdo con una geografía propia, un sitio donde el exilio nunca ocurrió. Pero ya no podía ir a buscarla a nuestros rincones habituales, esperar verla a la salida de una obra de teatro, en la puerta de algún bar o buscar su cara entre los rostros de la gente en los cafés que frecuentábamos. Ni siquiera sobrevivía ya el Comercial. Nuestras existencias distaban mucho de las de entonces. La vida te va moldeando y alejando de todo lo que una vez fuiste, como un barco que ya ha zarpado y sólo se ve el puerto de tus mejores años a duras penas tras la popa, haciéndose cada vez más pequeño. Y, a su vez, parecía que esos años tenían su vida propia, su rincón, en ese lugar profundísimo de la memoria donde suceden las cosas que quieren suceder, y donde la Sandra que conocí aún pervive en el abrasador silencio y sus hilos invisibles, donde se libra la guerra de todas las guerras, la del pasado y la del futuro, los monstruos y los demonios. Astillas del tiempo que pudo ser historia y biografía y en su apogeo sólo fue dolor.
Tal vez podría llegar a ella a través de esa amiga suya, Marta, la tetona. Siempre me causó un morbo especial, con sus voluminosas ideas. Tenía que habérmela tirado, en nuestros peores momentos de discusiones. Sólo habría necesitado tocar las teclas adecuadas de la seducción y el deseo. Para las mujeres es distinto, a pesar de la amistad, ellas en la otra ven también una competidora, y su estructura mental a la hora de ordenar sus principios no tienen unos patrones comunes, no les importa abordar plazas ocupadas, territorio de otras, al contrario de la mayoría de los hombres, que preferirían cortarse el brazo derecho antes que traicionar a un amigo, hacer algo con sus mujeres o novias.
Al menos entones pensaba así. Es sólo con el tiempo cuando aprendí de las mujeres todo lo importante, aquello que los más ancianos siempre supieron: cómo fingen, cómo ayudan, cómo enseñan a amar, cómo acompañan y cómo salvan. Seres al tiempo valerosos y vulnerables, cuya vida es la suma de todo lo que cuentan, lo que imaginan y lo que jamás llegan a decir. Quería saber lo que Sandra podría haber pronunciado si hubiera estado con ella en los años en que se hubo disipado su voz.
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