martes, 7 de junio de 2016

CAPÍTULO IX

                                                                   ÍÑIGO

Me aferré al presente. A seguir hacia adelante y vivir cada día sin mirar atrás. Abonado al desenfreno, a amanecer en hoteles sin recordar casi nada de la noche anterior, ni reconocer el cuerpo que tenía a mi lado. Los días pasaban como si fueran horas, y a veces las semanas parecían meses.
Me habían amenazado para que me fuera, pero no lo hice por eso, más bien para no sufrir la violencia del recuerdo. De las tinieblas del pasado sólo echaba mano cuando quería sacar el tesón para crear, para ponerle el toque que le faltaba a los negocios, la intensidad en la lucha por la supervivencia. Es la mejor manera de salir adelante. Sólo la oscuridad tiene la fuerza necesaria para hacer que un hombre le abra su corazón al mundo, y la oscuridad era lo que me rodeaba cada vez que analizaba lo sucedido. Así somos, el resto del tiempo evitamos pensar en los que nos hace daño, en los errores sin solución, en el sordo cinismo de nuestra existencia que ya no grita ni patalea. Y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia.
Nunca valoré acudir de repente y en persona, había barajado llamarla, para pedirle un encuentro, y secretamente yo había contado con que Sandra tomara la decisión por mí, suponiendo que ella se opondría, asumiendo que hablaríamos de ello una sola vez y ése sería el final del asunto. Pero pocas veces fui de hacer las cosas a medias, más bien de ponerme el mundo por sombrero y presentarme allí donde quería que sucediera algo. La cobardía de los móviles no va conmigo, y aún era lo suficientemente guapo como para que se valorara mi presencia.
En verano, Madrid era una caldera que comía fuego, pero aún faltaban unas semanas para la primavera y los días todavía eran cortos y fríos. Casi me quedo como un pajarín esperando en el aparcamiento descubierto. Cuando creí que no llegaría, o que me había equivocado de coche, sentí, o más bien tuve el presentimiento, de una silueta acercándose hacia donde yo estaba. Traté de parecer impasible, tranquilo. No sabía si sería capaz de contener tanta curiosidad en la forma de la mirada.
Ella estaba ya bastante cerca. Entonces algo atravesó mi cerebro y mi lucidez. Esos momentos en que la vida de otro te hace pensar en la propia. Mientras la observaba, fui entonces consciente del propio paso de los años, yo la recordaba como siempre, como la primera, como la última vez, y la memoria la había momificado en mi cabeza, pero si ella había evolucionado, cambiado, entonces también yo, las arenas del tiempo habían erosionado mi piel y mi rostro, una certeza parecida a cuando abres un álbum de fotos y te ves en una de esas estampas algo de tiempo atrás, sabes que eres tú, pero también eras otro.
También, extrañamente, verla me hizo pensar en Carlota, mi mujer; me resultaba difícil recordar cuándo comenzamos a decirnos mentiras. El pasado caminaba hacia mí, y apenas podía saber cuándo había empezado a perder el control del presente.

Al día siguiente por la tarde visité el museo Reina Sofía, pues en una de sus salas un amigo exponía una colección de arte moderno en la que yo colaboraba. Más bien le había ayudado a organizarla y a conseguirle los permisos oportunos, llevándome por supuesto mi parte. Era el segundo día y no había mucha gente. Dos chicas con pinta de inglesas estaban paradas frente a un cuadro de significado indescifrable, un tipo con actitud despreocupada se paseaba arriba y abajo, y creo que me molestaba su nariz aguileña y su aspecto, un tipo prognato, pálido, de unos cuarenta años y con parecido a una garduña. Cerca había un chico joven que miraba con gesto contrito y pensativo una escultura de una figura humana aparentemente desnuda y rodeada por diferentes cables. ¿O eran alambres? Me acerqué a él.
—¿Qué te parece? —le pregunté, esbozando una de mis cálidas sonrisas.
El chico me observó, tanteando la situación con sus ojos claros.
—¿Eres el autor?
Seguramente la gente necesita saber con quién está hablando antes de emitir un juicio de valor.
—No, no lo soy, pero colaboro con la exposición.
El chaval, que no llegaría a treinta años, se encogió de hombros.
—Pues una mierda, la verdad.
Me reí con franqueza. Su sinceridad me había pillado por sorpresa.
—Eso está bien. ¿Cómo te llamas?
Él miró la escultura otra vez, dando la cabeza con gesto de desaprobación.
—Roberto.
—¿Eres estudiante de arte? ¿Roberto qué mas?
Me miró con cara de indecisión, analizando mis rasgos y mi semblante.
—Granda. Roberto Granda. No, no estudio arte, y no me interesa demasiado el arte moderno, sinceramente.
—¿Y por qué estás aquí? —aquella tarde no tenía mucho más que hacer, y charlar con los que rondaban la galería me parecía algo tan bueno para pasar el tiempo como cualquier otra cosa.
—Curiosidad, supongo. Estoy al lado, escribiendo en la biblioteca.
Cuando salí del museo, pasé por la cafetería que está en la zona de abajo y vi a Roberto sentado en la barra, tomando una caña y echando un vistazo al periódico. Lo saludé y me senté a su lado, en silencio al principio, y entablando rápidamente conversación. Me contó un poco lo que hacía y lo que quería hacer. Hablamos de Londres y de Madrid, de arte antiguo y moderno, de guiones y de literatura, y dejó que le invitara a otra cerveza. Después se despidió y dijo que tenía que volver a la biblioteca.
—Puede que algún día escribas algo bueno —le dije de forma amable, a modo de despedida.
Él sonrió levemente y entornó los ojos.
—Quién sabe. Dicen que todos llevamos dentro la gran novela de nuestra vida.

Esa misma noche cené con mi amigo Óscar, el de la galería del Reina Sofía, en Sacha, alta cocina algo peculiar, pues el fogones y dueño que da nombre al restaurante se considera a sí mismo un artista. Allí se juntan altos ejecutivos de las torres y la zona de Plaza Castilla y la Castellana con nuevos ricos y el postureo artístico. Me abstuve de contarle las impresiones de Roberto, que eran también las mías, sobre lo que allí se exponía, y la conversación giró entorno a lo que más le gusta a esta gente: ganar dinero, criticar a los que también lo tienen y atacar las diversas formas poco legales de amasarlo.
—Por ejemplo —me dijo—. Mira quién está ahí. ¿Ves a ese tipo de la corbata azul, justo a tu derecha?
Me volví con disimulo para ver al comensal al que se refería. Era un hombre más o menos de mi edad, aunque con alguna entrada pronunciada en la frente. Tenía un moreno algo artificial para esa época del año, y la sonrisa que me recordaba a un chacal. Me resultaba vagamente familiar. De esas caras que se han perdido en alguna espesa laguna del cerebro. Los rasgos cambian, las personas se estropean.
—Pues es uno de los cabecillas de la trama de…
Óscar se interrumpió, pues llegaba el camarero con el segundo entrante. Una crema de marisco con salpicón de bogavante. Para que no resultara incómodo y demasiado evidente, Óscar siguió hablando.
—Es un tal Luis. Algunos lo llaman Tío Luis. Vaya lo que tienen montado.
Me volví de nuevo y la cabeza se me iluminó como con fuegos artificiales. Había pasado tiempo, pero entonces todo me sobrevino con una claridad pasmosa. Claro que era él, Luis. Cómo no saber quién es, y con quién está casado. Cómo olvidar sus palabras de amenaza “No sabes quién soy yo” y otras lindeces invitando a marchar, dejar la vía libre. Pues sí, es cierto que me fui de Madrid, y no por ti; pero ya ves, estaba de nuevo de vuelta, Luis, y me seguía importando un cojón quién hostias fueras tú.

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