SANDRA
Desde la llamada de Marta, tuve la sensación constante de que
en cualquier momento lo vería aparecer. Era como si lo sintiera en cada
esquina, en cada vuelta de la calle, caminando despreocupado por la entrada de
mi trabajo, con ese andar seguro, la sonrisa irónica, las facciones expresivas. Su presencia, la idea de su presencia, se hizo extrañamente real, aún sin estar presente ni dejarse ver.
No sabía exactamente si lo que quería era saludar, comprobar sobre mí el paso de los años o verificar que el pasado del que huía realmente existió. O alimentar su rencor. ¿Era posible que el odio existiera aún?, la rabia por el dolor causado, por mi interesada forma de actuar. A sus ojos, lo que yo había hecho era una perrería sin paliativos, no sólo traicioné lo que éramos, si no que traicioné todo en lo que creía, me comporté acorde a la forma de ser que el más odiaba, la manera de ver el mundo y la vida que tantas veces habíamos criticado.
Lo imagino al poco de irse, castigando su memoria en bares de mala muerte, ahogando el recuerdo en profundos y oscuros vasos de whisky, buscando mujeres de una noche, el consuelo de un cuerpo cálido al lado, la anestesia de otra piel. ¿Llegó a hacer sangrar sus nudillos contra la pared al golpear así toda la impotencia? Pero todo tiene su doble cara, es lo que hace de las relaciones y de la existencia un torbellino complicado y fascinante: no puedes odiar algo tan violentamente a menos que una parte de ti lo ame también.
¿Cómo sería su matrimonio? Había tardado bastante en casarse, e Íñigo era un hombre que necesitaba un grado más de independencia que el resto. Era demasiado joven para vivir a través de otra, demasiado inteligente para no querer tener una vida completamente suya. No puedes tratar de ponerle cadenas, o querer vertebrar un matrimonio corriente, con un tío que vive para el arte, que se duerme pensando si será capaz de pintar o de escribir algo que conmoviera a la gente y cambiara en algo sus vidas. No, no se puede pretender una relación normal con él, detrás de toda su aparente serenidad, había una gran oscuridad: una necesidad de ponerse a prueba, de correr riesgos, de bordear los límites de las cosas. Era el tipo de persona que se mete a nadar hasta muy adentro en una playa desconocida, y cuando al fin sale y tú estás con el corazón encogido, él vuelve con una sonrisa y con comentarios acerca de la temperatura del agua. De los que se pierden en las excursiones en grupo con guía porque quiere descubrir sus propios caminos, como si el riesgo fuera algo divertido, un aliciente más. Era como si los pasos por La Tierra tuvieran que ser exprimidos al máximo, sacándole a las estaciones todo su jugo y todo el corazón. Yo había estado con él y pude experimentar más intimidad de la que había vivido nunca. Me sentía muy ligada a todo su ser y, con constante asombro, descubrí que tenía talento para aquella clase de vida.
Íñigo daría la cabeza negando disgustado si supiera cómo han sido mis últimos años con Luis. Nada que ver con lo que Íñigo consideraría tener una existencia apasionante. Él había viajado, había vivido noches intensas y conocido a personas interesantes, saliendo, sin duda, arriba por sí mismo, a base de tesón, talento y constancia. Pero yo tenía a mis niñas. Mis hijas justificaban todo lo demás, daban sentido a una vida, eran el legado grandioso, la continuación de mí.
Fue a las pocas tardes de la llamada de Marta. Yo había terminado la jornada en el trabajo, la noche se había adueñado ya de Madrid, y cuando me dirigí hacia el aparcamiento, iluminado por la blanquecina luz de las farolas, vi una figura apoyada en mi coche, en posición de aguardar. Al principio detuve mi caminar, pensando si iba a ser víctima de un robo, pero luego fui distinguiendo mejor las facciones de la figura, y mi corazón pareció girar sobre sí mismo. Hacía mucho que no me acercaba a la ventana de su rostro. Demasiados años, que ahora parecían agolparse de repente. Estaba aquí, después de tanto tiempo lejos de mí y de los recuerdos, lejos de Madrid y de lo que fuimos, lejos del corazón que siempre le extrañó pero que no tuvo más remedio que seguir latiendo y ser cada vez más fuerte.
Estaba tranquilo, esperando, viendo cómo me acercaba. Iba vestido de manera formal, una cazadora elegante, bien peinado, el rostro afeitado marcado por las sombras y la luz, la mirada curiosa y turbadora. No necesité mucho para darme cuenta de que un fuego inextinguible le mantenía vivo, de que era más auténticamente él mismo de lo que yo podría serlo nunca. Era como si estuviera ahí parado sólo para recordarme que, ya pasados sus mejores años, seguía siendo el hombre más atractivo y seductor que podría conocer. Me paré delante de él, casi afirmando, pero no dije nada, esperaba oír sus primeras palabras después de la huida, quería que hablara primero. Sonrió, separó la espalda del coche y se resaco el mentón, clavando sus ojos en mí.
—¿Qué tal te van en tu vida ejemplar?
No sabía exactamente si lo que quería era saludar, comprobar sobre mí el paso de los años o verificar que el pasado del que huía realmente existió. O alimentar su rencor. ¿Era posible que el odio existiera aún?, la rabia por el dolor causado, por mi interesada forma de actuar. A sus ojos, lo que yo había hecho era una perrería sin paliativos, no sólo traicioné lo que éramos, si no que traicioné todo en lo que creía, me comporté acorde a la forma de ser que el más odiaba, la manera de ver el mundo y la vida que tantas veces habíamos criticado.
Lo imagino al poco de irse, castigando su memoria en bares de mala muerte, ahogando el recuerdo en profundos y oscuros vasos de whisky, buscando mujeres de una noche, el consuelo de un cuerpo cálido al lado, la anestesia de otra piel. ¿Llegó a hacer sangrar sus nudillos contra la pared al golpear así toda la impotencia? Pero todo tiene su doble cara, es lo que hace de las relaciones y de la existencia un torbellino complicado y fascinante: no puedes odiar algo tan violentamente a menos que una parte de ti lo ame también.
¿Cómo sería su matrimonio? Había tardado bastante en casarse, e Íñigo era un hombre que necesitaba un grado más de independencia que el resto. Era demasiado joven para vivir a través de otra, demasiado inteligente para no querer tener una vida completamente suya. No puedes tratar de ponerle cadenas, o querer vertebrar un matrimonio corriente, con un tío que vive para el arte, que se duerme pensando si será capaz de pintar o de escribir algo que conmoviera a la gente y cambiara en algo sus vidas. No, no se puede pretender una relación normal con él, detrás de toda su aparente serenidad, había una gran oscuridad: una necesidad de ponerse a prueba, de correr riesgos, de bordear los límites de las cosas. Era el tipo de persona que se mete a nadar hasta muy adentro en una playa desconocida, y cuando al fin sale y tú estás con el corazón encogido, él vuelve con una sonrisa y con comentarios acerca de la temperatura del agua. De los que se pierden en las excursiones en grupo con guía porque quiere descubrir sus propios caminos, como si el riesgo fuera algo divertido, un aliciente más. Era como si los pasos por La Tierra tuvieran que ser exprimidos al máximo, sacándole a las estaciones todo su jugo y todo el corazón. Yo había estado con él y pude experimentar más intimidad de la que había vivido nunca. Me sentía muy ligada a todo su ser y, con constante asombro, descubrí que tenía talento para aquella clase de vida.
Íñigo daría la cabeza negando disgustado si supiera cómo han sido mis últimos años con Luis. Nada que ver con lo que Íñigo consideraría tener una existencia apasionante. Él había viajado, había vivido noches intensas y conocido a personas interesantes, saliendo, sin duda, arriba por sí mismo, a base de tesón, talento y constancia. Pero yo tenía a mis niñas. Mis hijas justificaban todo lo demás, daban sentido a una vida, eran el legado grandioso, la continuación de mí.
Fue a las pocas tardes de la llamada de Marta. Yo había terminado la jornada en el trabajo, la noche se había adueñado ya de Madrid, y cuando me dirigí hacia el aparcamiento, iluminado por la blanquecina luz de las farolas, vi una figura apoyada en mi coche, en posición de aguardar. Al principio detuve mi caminar, pensando si iba a ser víctima de un robo, pero luego fui distinguiendo mejor las facciones de la figura, y mi corazón pareció girar sobre sí mismo. Hacía mucho que no me acercaba a la ventana de su rostro. Demasiados años, que ahora parecían agolparse de repente. Estaba aquí, después de tanto tiempo lejos de mí y de los recuerdos, lejos de Madrid y de lo que fuimos, lejos del corazón que siempre le extrañó pero que no tuvo más remedio que seguir latiendo y ser cada vez más fuerte.
Estaba tranquilo, esperando, viendo cómo me acercaba. Iba vestido de manera formal, una cazadora elegante, bien peinado, el rostro afeitado marcado por las sombras y la luz, la mirada curiosa y turbadora. No necesité mucho para darme cuenta de que un fuego inextinguible le mantenía vivo, de que era más auténticamente él mismo de lo que yo podría serlo nunca. Era como si estuviera ahí parado sólo para recordarme que, ya pasados sus mejores años, seguía siendo el hombre más atractivo y seductor que podría conocer. Me paré delante de él, casi afirmando, pero no dije nada, esperaba oír sus primeras palabras después de la huida, quería que hablara primero. Sonrió, separó la espalda del coche y se resaco el mentón, clavando sus ojos en mí.
—¿Qué tal te van en tu vida ejemplar?
Menudo hijo de puta. Entonces comprendí, y ya casi había comenzado a
hacerlo sólo con verle y con sus palabras, que estaba ahí para dinamitar mi
vida entera.
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