SANDRA
Me había parecido que estaba mejor que nunca, una vez
superado el impacto inicial, el rubor, cohibida por aquel encuentro tras tanto
tiempo, algo que había imaginado en mi cabeza multitud de veces. Era como si se
hubiera completado su transformación en hombre, que el proyecto hubiera ya finalizado,
y ése era el resultado.
Pero pese a todo, no podía volver a verle, quedar con él con el cínico fingimiento de que era lo más normal del mundo, como si los años no hubieran pasado, como si él no se hubiera ido sin ninguna despedida ni la remota posibilidad de un adiós, dejando abierto el sendero del recuerdo y con la sensación de final no consumado. No convenía regresar sobre esos pasos. Las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.
Era mejor alegrarme por aquello en lo que se había convertido, todo lo que llegó a ser en mi ausencia. Había dejado a un chico, volcánico, excesivo, apasionado, proclive a que se le fuera la mano en casi todo, y había regresado un hombre, maduro, asentado, que miraba con la tranquila serenidad del que ha visto muchas cosas y pateado un montón. Seguía irradiando cantidad de sensaciones con los ojos, pero eran ojos de hombre crecido, hechos a sí mismos, capaces de afrontar las situaciones donde antes desviaba la vista. Sus amigos de adolescencia de Malasaña eran más dados a la fuerza bruta y los instintos delictivos, y sin embargo de él hablaban los periódicos, había ganado dinero, era respetado en su profesión y mantenía su existencia dentro de un orden.
Tal vez era lo que más me gustaba de Íñigo. Detrás de toda esa coraza de chico de la calle, guardián de la noche, de vivir al límite; detrás de esa apariencia de lucha de clases, de soberbia intelectual y arrogancia moral, latían los comportamientos generosos y desinteresados y los sentimientos nobles. Era una persona que merecía mucho la pena, pero no ya en esta vida.
Pero pese a todo, no podía volver a verle, quedar con él con el cínico fingimiento de que era lo más normal del mundo, como si los años no hubieran pasado, como si él no se hubiera ido sin ninguna despedida ni la remota posibilidad de un adiós, dejando abierto el sendero del recuerdo y con la sensación de final no consumado. No convenía regresar sobre esos pasos. Las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.
Era mejor alegrarme por aquello en lo que se había convertido, todo lo que llegó a ser en mi ausencia. Había dejado a un chico, volcánico, excesivo, apasionado, proclive a que se le fuera la mano en casi todo, y había regresado un hombre, maduro, asentado, que miraba con la tranquila serenidad del que ha visto muchas cosas y pateado un montón. Seguía irradiando cantidad de sensaciones con los ojos, pero eran ojos de hombre crecido, hechos a sí mismos, capaces de afrontar las situaciones donde antes desviaba la vista. Sus amigos de adolescencia de Malasaña eran más dados a la fuerza bruta y los instintos delictivos, y sin embargo de él hablaban los periódicos, había ganado dinero, era respetado en su profesión y mantenía su existencia dentro de un orden.
Tal vez era lo que más me gustaba de Íñigo. Detrás de toda esa coraza de chico de la calle, guardián de la noche, de vivir al límite; detrás de esa apariencia de lucha de clases, de soberbia intelectual y arrogancia moral, latían los comportamientos generosos y desinteresados y los sentimientos nobles. Era una persona que merecía mucho la pena, pero no ya en esta vida.
MARTA
Ese viernes, como solíamos hacer una vez el mes si la
disponibilidad nos lo permitía, fui con dos amigas de nuestras mejores fiestas.
Habíamos pedido dos botellas de vino para tres en la cena, y eso que empezamos
suave. Pero el dulce néctar de la uva tiene ese suave efecto embriagador, y hay
una línea de sombra, que sueles pasar terminados los entrantes, en que ya te da
igual dos copas que doce. Ya se me había subido el tinto cuando llegaron los
gin tonics.
Decidimos ir a seguir la noche por Malasaña, como en nuestros mejores años de la juventud, ya que era además un barrio donde no corríamos peligro de ser vistas por nadie del entorno laboral, pues la gente respetable de nuestras empresas no se aventura por esas calles, y podíamos esparcir a nuestro gusto, reír, gritar, beber, incluso comprarle latas a los vendedores ambulantes en la puerta de los bares.
En uno de los locales, apoyado sobre la barra y con la mirada vidriosa, estaba Íñigo, aparentemente solo. Qué tremendas casualidades ocurren a veces. El hombre se había quedado en algún rincón y era el chico el que regresaba al barrio. Donde se siente seguro, en las calles por donde solía pasear cuando era niño y no podía dormir durante las calurosas noches de verano.
Le saludé con azuzada efusividad, y me invitó a beber algo con él.
—Tiene gracia —confesó sonriendo mustiamente —. Le dije a mi mujer que salía con gente del trabajo, que tenía una cena.
— A Sandra…¿la viste? —parecía que quería que él me corroborara lo que yo ya sabía.
Íñigo asintió con gesto taciturno.
—¿Y no quiere que quedéis, verdad? —no entendía mi empeño en meter el dedo en la herida.
—No —dijo con la mirada puesta en su copa —. Y tampoco la puedo culpar de ello.
Había sabido echar a andar sin mirar a la cara del recuerdo, consiguiendo triunfar en la vida y habiendo viajado, y sin embargo, regresando con honores a su ciudad, verla no le había hecho ningún bien, anclado en la barra como un beodo mediocre y derrotado.
Intercambiamos algunas palabras trastabilladas, mi cabeza estaba rodeada por un velo de humo y graduación. La bebida me hacía aún más entusiasta y extrovertida. Me acerqué un poco a él, inclinándome para coger unas pajitas del vaso que tenía delante, y mis pechos rozaron suavemente su brazo. Quiso hacer como si nada hubiera pasado, pero sus ojos, clavados hasta entonces en su copa, me miraron y brillaron durante un instante con un destello malévolo. Le sonreí, y revolví mi copa con la pajita, después me la metí en la boca, la chupé y la tiré al suelo. Él acabó su copa, inclinando la cabeza para beber hasta el final, apurando el vaso con la ansiedad mortal de los hombres para quienes cada gota desperdiciada era un verdadero martirio. Iba a pedir otra, ya estaba haciendo un gesto con la mano para llamar al camarero cuando le corté, y no sé muy bien cómo, mi mano acabó apoyada sobre su muslo.
—No bebas más —le observé, mirándole con gesto maternal, como si yo tuviera algún tipo de competencia a la hora de cuidar o no de él.
Por primera vez, su actitud fue decididamente distinta. Miró la mano que tenía apoyada sobre su muslo, y no dijo nada, pero en la mirada tenía reflejada la temeridad de sus pensamientos. Aquellos ojos claros que no mostraban la edad se iluminaron y se tornaron sagaces.
Pensé si alguna vez él le había sido infiel a su mujer. En el interior de todo hombre, por mucho que haya cambiado el rumbo de su vida, permanece, inalterable, la esencia de lo que en verdad son, animales genéticamente diseñados para expandir su semilla por los mayores sitios posibles, máquinas procreadoras de la subsistencia de la especie, llevados una y otra vez por sus instintos, febrilmente aplacados por las convenciones sociales, el autocontrol, el raciocinio y su propia sensación de responsabilidad. Pero nadie satisface todas las necesidades sexuales de alguien durante demasiado tiempo. La gente se cansa de follar siempre con la misma persona, y aunque no fuera así, está el deseo del cambio, de la innovación, sentir la provocación de otros cuerpos, el deseo de hombres y mujeres distintos, el riesgo de la culpabilidad y el morbo de la aventura.
Entonces me sonrió y pasó su mano por mi rostro, cogiendo un mechón de pelo y colocándomelo detrás de la oreja.
—Tengo que ir al servicio —se levantó y camino, con paso firme pese a todo, entre la gente para bajar las escaleras que llevaban a los lavabos. De repente a mí me entraron también unas irrefrenables ganas de orinar, y bajé las escaleras, aunque en realidad no le estaba siguiendo. Había cola para ambos baños, más para el de mujeres, y él estaba apoyado a la entrada del de chicos, esperando para entrar. Me acerqué a él y sin decir nada, cogiéndole totalmente de improvisto, le besé suavemente en los labios. Su rostro reflejó la sorpresa. Le rodeé con mis brazos y fui a besarle de nuevo, pero me detuvo.
—Para —me ordenó en tono de ineficaz autoridad.
Se quedó un poco bloqueado, como ausente, y después fue él el que me agarró por la cintura, atrayéndome hacia sí. Me di cuenta que, a pesar de todo el alcohol ingerido, seguía oliendo bien, no sólo su perfume, su piel desprendía su olor característico, que ya había percibido años atrás, cuando levemente me rozaba o pasaba a mi lado.
Reconozco que me dejé atrapar por todo ello, y ya era demasiado tarde para que alguno de los dos se echara atrás. Apresurados, entramos en el primero hotel que nos topamos en Gran Vía.
Ninguno dijo nada durante todo el tiempo. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras. Tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. Su cuerpo era definido y marcado, estaba en muy buena forma, y me arremetía con furiosa pasión. Me abstuve de decirle que si Sandra por alguna casualidad se enteraba, no iba a perdonar, ni a él ni a mí, en lo que a los tres nos quedaba de vida. El odio es más preciso que el amor. Más constante, más fiel, mucho más permanente. Así, igual que el amor se apura y se acaba, el rencor y los sentimientos ominosos pueden prevalecer en el fondo del corazón de una persona durante toda su existencia, con gran memoria y poco dado al olvido.
Íñigo se fue antes, con una usencia de buenas noches, y yo me quedé, ya menos abotargada, un poco más enredada entre las sábanas; echando después un vistazo por la ventana, se veía parte de Madrid, donde, a través de los edificios y de los árboles, lucían tenuemente pequeñas, amarillentas e irregulares manchas de claridad.
Decidimos ir a seguir la noche por Malasaña, como en nuestros mejores años de la juventud, ya que era además un barrio donde no corríamos peligro de ser vistas por nadie del entorno laboral, pues la gente respetable de nuestras empresas no se aventura por esas calles, y podíamos esparcir a nuestro gusto, reír, gritar, beber, incluso comprarle latas a los vendedores ambulantes en la puerta de los bares.
En uno de los locales, apoyado sobre la barra y con la mirada vidriosa, estaba Íñigo, aparentemente solo. Qué tremendas casualidades ocurren a veces. El hombre se había quedado en algún rincón y era el chico el que regresaba al barrio. Donde se siente seguro, en las calles por donde solía pasear cuando era niño y no podía dormir durante las calurosas noches de verano.
Le saludé con azuzada efusividad, y me invitó a beber algo con él.
—Tiene gracia —confesó sonriendo mustiamente —. Le dije a mi mujer que salía con gente del trabajo, que tenía una cena.
— A Sandra…¿la viste? —parecía que quería que él me corroborara lo que yo ya sabía.
Íñigo asintió con gesto taciturno.
—¿Y no quiere que quedéis, verdad? —no entendía mi empeño en meter el dedo en la herida.
—No —dijo con la mirada puesta en su copa —. Y tampoco la puedo culpar de ello.
Había sabido echar a andar sin mirar a la cara del recuerdo, consiguiendo triunfar en la vida y habiendo viajado, y sin embargo, regresando con honores a su ciudad, verla no le había hecho ningún bien, anclado en la barra como un beodo mediocre y derrotado.
Intercambiamos algunas palabras trastabilladas, mi cabeza estaba rodeada por un velo de humo y graduación. La bebida me hacía aún más entusiasta y extrovertida. Me acerqué un poco a él, inclinándome para coger unas pajitas del vaso que tenía delante, y mis pechos rozaron suavemente su brazo. Quiso hacer como si nada hubiera pasado, pero sus ojos, clavados hasta entonces en su copa, me miraron y brillaron durante un instante con un destello malévolo. Le sonreí, y revolví mi copa con la pajita, después me la metí en la boca, la chupé y la tiré al suelo. Él acabó su copa, inclinando la cabeza para beber hasta el final, apurando el vaso con la ansiedad mortal de los hombres para quienes cada gota desperdiciada era un verdadero martirio. Iba a pedir otra, ya estaba haciendo un gesto con la mano para llamar al camarero cuando le corté, y no sé muy bien cómo, mi mano acabó apoyada sobre su muslo.
—No bebas más —le observé, mirándole con gesto maternal, como si yo tuviera algún tipo de competencia a la hora de cuidar o no de él.
Por primera vez, su actitud fue decididamente distinta. Miró la mano que tenía apoyada sobre su muslo, y no dijo nada, pero en la mirada tenía reflejada la temeridad de sus pensamientos. Aquellos ojos claros que no mostraban la edad se iluminaron y se tornaron sagaces.
Pensé si alguna vez él le había sido infiel a su mujer. En el interior de todo hombre, por mucho que haya cambiado el rumbo de su vida, permanece, inalterable, la esencia de lo que en verdad son, animales genéticamente diseñados para expandir su semilla por los mayores sitios posibles, máquinas procreadoras de la subsistencia de la especie, llevados una y otra vez por sus instintos, febrilmente aplacados por las convenciones sociales, el autocontrol, el raciocinio y su propia sensación de responsabilidad. Pero nadie satisface todas las necesidades sexuales de alguien durante demasiado tiempo. La gente se cansa de follar siempre con la misma persona, y aunque no fuera así, está el deseo del cambio, de la innovación, sentir la provocación de otros cuerpos, el deseo de hombres y mujeres distintos, el riesgo de la culpabilidad y el morbo de la aventura.
Entonces me sonrió y pasó su mano por mi rostro, cogiendo un mechón de pelo y colocándomelo detrás de la oreja.
—Tengo que ir al servicio —se levantó y camino, con paso firme pese a todo, entre la gente para bajar las escaleras que llevaban a los lavabos. De repente a mí me entraron también unas irrefrenables ganas de orinar, y bajé las escaleras, aunque en realidad no le estaba siguiendo. Había cola para ambos baños, más para el de mujeres, y él estaba apoyado a la entrada del de chicos, esperando para entrar. Me acerqué a él y sin decir nada, cogiéndole totalmente de improvisto, le besé suavemente en los labios. Su rostro reflejó la sorpresa. Le rodeé con mis brazos y fui a besarle de nuevo, pero me detuvo.
—Para —me ordenó en tono de ineficaz autoridad.
Se quedó un poco bloqueado, como ausente, y después fue él el que me agarró por la cintura, atrayéndome hacia sí. Me di cuenta que, a pesar de todo el alcohol ingerido, seguía oliendo bien, no sólo su perfume, su piel desprendía su olor característico, que ya había percibido años atrás, cuando levemente me rozaba o pasaba a mi lado.
Reconozco que me dejé atrapar por todo ello, y ya era demasiado tarde para que alguno de los dos se echara atrás. Apresurados, entramos en el primero hotel que nos topamos en Gran Vía.
Ninguno dijo nada durante todo el tiempo. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras. Tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. Su cuerpo era definido y marcado, estaba en muy buena forma, y me arremetía con furiosa pasión. Me abstuve de decirle que si Sandra por alguna casualidad se enteraba, no iba a perdonar, ni a él ni a mí, en lo que a los tres nos quedaba de vida. El odio es más preciso que el amor. Más constante, más fiel, mucho más permanente. Así, igual que el amor se apura y se acaba, el rencor y los sentimientos ominosos pueden prevalecer en el fondo del corazón de una persona durante toda su existencia, con gran memoria y poco dado al olvido.
Íñigo se fue antes, con una usencia de buenas noches, y yo me quedé, ya menos abotargada, un poco más enredada entre las sábanas; echando después un vistazo por la ventana, se veía parte de Madrid, donde, a través de los edificios y de los árboles, lucían tenuemente pequeñas, amarillentas e irregulares manchas de claridad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario