SANDRA
Lo cierto es que, desde que se marchó, yo
nunca había vuelto a mencionar su nombre. Había cerrado, en apariencia, a cal y
canto los retales del recuerdo.
Sin embargo, existía un subconsciente que no conseguía derribarle. Y ahora siguieron unos días en que, cada poco, pensaba en él, se me aparecía en la mente por momentos, como si aquella visita en el aparcamiento de mi trabajo fuera una enfermedad con daño retroactivo.
Yo sabía que pensar en Íñigo era el primer paso para traicionar la promesa que me había hecho a mí misma de no volver a verle.
Fue al encontrarlo de nuevo, al observar la confianza con la que sonreía y me hablaba, cuando comprendí que, a pesar de tanto silencio, entre nosotros todo continuaba igual. Yo misma había deseado, rogado en mi interior que no se acordara de mí, que no volviera a España. Hasta Marta me preguntó el otro día, de repente, si le seguía queriendo. Intenté desorientarla. Le contesté que, una vez llegado a los cuarenta, una mujer no tiene más opción que olvidar.
Sin embargo, el tiempo ha pasado a prisa en estos años. Lo reconozco, un día estaba junto a él sonriendo iluminada por el sol de aquel verano de nuestra juventud y otro estaba a punto de entrar en el invierno de mi rutina. Parece que le estoy viendo ahora, queriendo dibujarme desnuda, escudriñándome casi morbosamente, como si cada fragmento de mi piel fuera un reto para su arte.
Y nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones. Si acaso son mis hijas las que me reconfortan. Pero eso no evita que de pronto nos demos cuenta de que los años se nos han ido de las manos, que hemos sido burlados por su fugacidad.
En el tiempo que estuve con Íñigo parecía que estaba desafiando a mi destino, el mismo previsible futuro que aguardaba a todas las que eran como yo; era una forma de rebelarme contra el porvenir, de enfrentarme a todo lo que se esperaba de mí. Me explicaba mundos nuevos donde él y yo éramos los únicos importantes. Era hermoso pensar que, salvo nosotros mismos, nada era realmente necesario. Pero la realidad es distinta, la estabilidad importa, la familia importa, el dinero y el estatus importan. Iñigo por aquel entonces no tenías nada de eso, y yo me vi obligada a reconocer que soñar era bonito pero sólo era un imposible. Debía rendirme a las evidencias del presente. Por eso, cuando se fue, la vida se desarrolló para mí como una recta final; una pendiente vertiginosa hacia el vacío. Y más después de la forma tan cruel en que se precipitó todo. Sin un adiós, sin una última oportunidad para las palabras finales, una caricia o un buena suerte. Es verdad que lo evité. No me gustan esas situaciones. Despedirse requiere también dar explicaciones; decir lo que acaso es mejor callar.
Pero durante mucho tiempo lo necesité. Necesité de Íñigo, necesitaba su mirada, su voz, sus besos: aquellos besos sin motivo que solía darme sorpresivamente. En el fondo, mi soledad verdadera consistía en eso, en saber que nadie iba ya a besarme con besos sin razones concretas.
Tal vez sea peor no haber vivido nada de eso. Mujeres que pasan por la vida sin experimentar nunca el golpetazo de una pasión verdadera, rutinas infinitas y existencias programadas, simétricas unas de otras. Sin duda debe ser terrible, hurgar en la memoria y no encontrar ni una leve sombra de amor donde agarrarse para recordar. Aunque, a decir verdad, también es horrible haber querido tanto (¿querer aún?) sin obtener más respuesta que un silencio de quince años.
Eso no lo cambia siquiera el miedo que me brotó, cuando al verle en el aparcamiento, al contemplar su rostro mientras me hablaba, sentí el impulso de irme con él, abandonarlo todo y descorrer el velo de la eternidad.
Sin embargo, existía un subconsciente que no conseguía derribarle. Y ahora siguieron unos días en que, cada poco, pensaba en él, se me aparecía en la mente por momentos, como si aquella visita en el aparcamiento de mi trabajo fuera una enfermedad con daño retroactivo.
Yo sabía que pensar en Íñigo era el primer paso para traicionar la promesa que me había hecho a mí misma de no volver a verle.
Fue al encontrarlo de nuevo, al observar la confianza con la que sonreía y me hablaba, cuando comprendí que, a pesar de tanto silencio, entre nosotros todo continuaba igual. Yo misma había deseado, rogado en mi interior que no se acordara de mí, que no volviera a España. Hasta Marta me preguntó el otro día, de repente, si le seguía queriendo. Intenté desorientarla. Le contesté que, una vez llegado a los cuarenta, una mujer no tiene más opción que olvidar.
Sin embargo, el tiempo ha pasado a prisa en estos años. Lo reconozco, un día estaba junto a él sonriendo iluminada por el sol de aquel verano de nuestra juventud y otro estaba a punto de entrar en el invierno de mi rutina. Parece que le estoy viendo ahora, queriendo dibujarme desnuda, escudriñándome casi morbosamente, como si cada fragmento de mi piel fuera un reto para su arte.
Y nada es más veloz que un largo lapso sin ilusiones. Si acaso son mis hijas las que me reconfortan. Pero eso no evita que de pronto nos demos cuenta de que los años se nos han ido de las manos, que hemos sido burlados por su fugacidad.
En el tiempo que estuve con Íñigo parecía que estaba desafiando a mi destino, el mismo previsible futuro que aguardaba a todas las que eran como yo; era una forma de rebelarme contra el porvenir, de enfrentarme a todo lo que se esperaba de mí. Me explicaba mundos nuevos donde él y yo éramos los únicos importantes. Era hermoso pensar que, salvo nosotros mismos, nada era realmente necesario. Pero la realidad es distinta, la estabilidad importa, la familia importa, el dinero y el estatus importan. Iñigo por aquel entonces no tenías nada de eso, y yo me vi obligada a reconocer que soñar era bonito pero sólo era un imposible. Debía rendirme a las evidencias del presente. Por eso, cuando se fue, la vida se desarrolló para mí como una recta final; una pendiente vertiginosa hacia el vacío. Y más después de la forma tan cruel en que se precipitó todo. Sin un adiós, sin una última oportunidad para las palabras finales, una caricia o un buena suerte. Es verdad que lo evité. No me gustan esas situaciones. Despedirse requiere también dar explicaciones; decir lo que acaso es mejor callar.
Pero durante mucho tiempo lo necesité. Necesité de Íñigo, necesitaba su mirada, su voz, sus besos: aquellos besos sin motivo que solía darme sorpresivamente. En el fondo, mi soledad verdadera consistía en eso, en saber que nadie iba ya a besarme con besos sin razones concretas.
Tal vez sea peor no haber vivido nada de eso. Mujeres que pasan por la vida sin experimentar nunca el golpetazo de una pasión verdadera, rutinas infinitas y existencias programadas, simétricas unas de otras. Sin duda debe ser terrible, hurgar en la memoria y no encontrar ni una leve sombra de amor donde agarrarse para recordar. Aunque, a decir verdad, también es horrible haber querido tanto (¿querer aún?) sin obtener más respuesta que un silencio de quince años.
Eso no lo cambia siquiera el miedo que me brotó, cuando al verle en el aparcamiento, al contemplar su rostro mientras me hablaba, sentí el impulso de irme con él, abandonarlo todo y descorrer el velo de la eternidad.
Fue de nuevo a la salida de mi trabajo. Era
una tarde desapacible y caminaba enfrascada en mis pensamientos, ya llegando al
coche, le había dado al contacto, las luces de apertura se iluminaron, cuando
noté una figura cerca de mí que se movía. De nuevo la impresión de su presencia.
La ira sorda de su atrevimiento. No podía creer que fuera tan osado.
—Espera —dijo, alzando la mano y anticipándose a mis palabras—. Ya sé, sé que dijiste que no nos viéramos más, lo sé. Pero es importante, tienes que escucharme.
Yo aún seguía a la defensiva. Me había hecho a la idea de echarle una monumental bronca, y su anuncio me había dejado descolocada. Quería protestar. Iba vestido con su nueva y habitual sobriedad y llevaba un portafolio en la mano, dentro unas hojas, y me lo trató de acercar. Los ojos de Íñigo eran una dura súplica. Tardé en procesar esa situación.
—¿Te acuerdas de Paco, verdad? Es periodista.
Periodista de investigación. Él me dio esto. Tienes que verlo, es sobre tu
marido.
—Espera —dijo, alzando la mano y anticipándose a mis palabras—. Ya sé, sé que dijiste que no nos viéramos más, lo sé. Pero es importante, tienes que escucharme.
Yo aún seguía a la defensiva. Me había hecho a la idea de echarle una monumental bronca, y su anuncio me había dejado descolocada. Quería protestar. Iba vestido con su nueva y habitual sobriedad y llevaba un portafolio en la mano, dentro unas hojas, y me lo trató de acercar. Los ojos de Íñigo eran una dura súplica. Tardé en procesar esa situación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario