domingo, 31 de julio de 2016

CAPÍTULO XIII

                                                            ÍÑIGO

No fue fácil estar ahí delante mientras Sandra iba asimilando lo que iba leyendo, de pie, en aquel aparcamiento y con la tibia oscuridad alrededor; ni convencerla para irnos a otro lugar, al bullicio clandestino del centro de Madrid, lejos de allí, ajenos a los ojos de sus compañeros de trabajo y las miradas de soslayo.
Le dije que se viniera en mi coche, que ya recogería al día siguiente el suyo, y conseguí aparcar cerca de Alonso Martínez, entrando en la primera cafetería que me pareció cómoda y neutra.
Una vez sentados pudo observar los papeles con más detenimiento, escuchar mis explicaciones, reflexionar en silencio, dando pequeños sorbos a su copa de vino, atusándose el pelo. Yo aprovechaba para observarla. Era ten hermosa que costaba mirarla, seguía produciendo ese leve dolor que sólo provocan las bellezas arrebatadoras cuando se saben lejos del alcance de uno, o sangrando en el recuerdo de algún lugar de la memoria.
Cerca nuestra había una pareja que rozaba la tercera edad, tomando sendas tazas de café, y en la mesa de al lado, una pareja de jóvenes, en esa luz flotante de la juventud, un chico de aspecto alegre y una muchacha de piel canela y ojos refulgentes que llevaba un vestido repleto de colores. Miré las dos parejas y luego pensé en nosotros, curiosa estampa, podríamos servir como modelo para componer uno de esos grabados morales, a los que tan aficionado fue el Barroco, que simbolizan las edades de la vida, el paso del tiempo sobre el cuerpo de los hombres.
—Paco lleva tiempo detrás. Lo puedes ver. Tiene la descripción. Tiene los datos. Tiene información suficiente para involucrarle —le dije, tratando de no incidir demasiado en el tono, que fuera lo más aséptico posible.
Sandra afirmó con la cabeza mientras volvía a bajar la vista hacia los papeles
—¿Cómo? —preguntó Sandra, como si en realidad lo que quisiera saber era cómo era posible que su ideal de marido ejemplar hubiera sido torpedeado de esa manera, quién y de qué manera había podido traspasar así las reservas de lo que se suponía la privacidad de los negocios de Luis para exponerle así al peligro.
—Una fuente amiga, un antiguo miembro del CNI al que llaman ‘El Catedrático’. Saben mucho sobre Luis, sobre el tal Mauricio que se nombra ahí, y algunas cosas más turbias que pasaron y pasan en la Comunidad Valenciana.
—¿Y por qué no los han detenido? —Sandra preguntaba con la inocencia de la niña que ve una película en el cine y espera que los ladrones sean castigados y los buenos recompensados por poner a los maleantes bajo custodia. Como el que asume que el que roba un caramelo será regañado.
—Es más complicado que todo eso. De lo que el CNI maneja a lo que sale a flote media un mundo. La podredumbre está bien inmersa en todo el sistema, judicial, político, informativo. Ni siquiera los jefes de Paco pueden hacer nada. ¿Sabes cuántos directores de periódico han sido cesados en los últimos tres años, por sacar cosas que no debían?
Sandra no lo sabía, para que su vida siguiera funcionando y tuviera el mismo sentido, no necesitaba saber de los problemas de la prensa y sus purgas, de la corrupción institucionalizada.

Ella pidió otra copa de vino y sonrió tristemente. Todo se le acumulaba en la cabeza. Yo no controlaba cómo estábamos abordando eso, ni cómo manejaba mi propia situación, pues estaba huyendo de mí mismo desde la turbulenta noche con Marta, aunque tal vez desde hacía bastante tiempo atrás, negándome a entrar en ese lugar donde vagan tantas vidas de pareja, un basurero lleno de esperanzas deshechas y de individuos frustrados.
Porque uno solo puede perderse hacia atrás en el humo del pasado, y hacia adelante en la bruma de lo que fuera a venir, pero la familia es el río por el que corre la vida y atraviesa esa nebulosa de incertidumbre, es el pilar en que las personas construyen su estabilidad, de las mujeres que aprenden los misterios dolorosos de la maternidad. Por eso es tan doloroso y tan difícil de asimilar encontrar grietas profundas, como manchas internas de humedad que lo van pudriendo todo, en las entrañas de ese pilar.
Imagino que hasta entonces, y desde el momento que decidió casarse y olvidar todo lo que yo algún día le dije o le había enseñado, ella no se planteó demasiado sus creencias, o todo el sistema de principios en el que se basaba su vida, las ideas del mundo adulto y tenebroso en el que se movía su marido, apegados al dinero que sustenta las ideologías y nubla cualquier otra reflexión, votando siempre de forma mecánica y orientada y, al igual que el resto, mirando un mundo complejo con simplicidad de militante.
Creemos conocer a quien amamos. Una mañana despertamos como siempre a su lado. Pensamos haberlo visto todo. Pero, ¿qué hemos entendido en realidad? El matrimonio sólo es una mala traducción de un idioma que creemos que entendemos, pero es únicamente el resultado de las ganas que le ponemos a que algo salga bien, y todo lo que viene lo asumimos de antemano. Y me digo que hay que mirar cuanto hay alrededor, las historias ocultas, las partes que no se ven, gravitando como una estrella oscura, para poder observar el conjunto del todo.

Luego pareció que el vino le hizo resignarse y buscar la parte positiva de una mala noticia. Su tono fue más agradable, la conversación más distendida. No habíamos cenado y sentía que el alcohol acumulado en el estómago se me subía en forma de vapores a la cabeza. Me parecía volver a todas aquellas noches inacabadas, llenas de afirmaciones fantásticas concernientes al amor y al sexo. Cuando se brindaba por la felicidad que venía en forma de amaneceres para dos y tardes de verano.
Le pregunté si estaba mejor, si estaba más tranquila, y con el paso de los minutos e
l carácter se le tornó más amable, consiguió estar relajada. Traté de hacer alguna broma para romper el hielo de lo jodido de la situación y quitarle hierro al asunto. Al sonreír, unas ligeras arrugas se arremolinaban entorno a los ojos. Unas arrugas que yo me había perdido, pensé, me perdí el paso del tiempo en su rostro, ser testigo del brotar de su madurez, de las huellas de la vida en su piel. Ella había visto crecer a sus hijas, viendo cómo uno de esos bebés acercaba su boquita ansiosa a la areola ancha y oscura del pecho de ella y cómo las gotas de leche le manchaban la comisura de los labios; pero yo no había contemplado la transformación de ella en una auténtica mujer, éramos aún muy jóvenes cuando me fui.
Salimos al frío de la noche y le dije que la dejaría cerca de casa. Necesitaba tiempo para pensar. Pero habíamos abierto la cerca del reencuentro, ya no solamente eran negativas sobre un aparcamiento, brotaron de nuevo las risas, las conversaciones cómplices, matando el trecho de los años que separaron la última vez que nos habíamos sentado a hablar así, el uno enfrente del otro.

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