ÍÑIGO
Siempre me he preguntado si la culpa tiene
volumen. Uno siente el cuerpo más pesado, arrastra los pies, y la mente parece
llevar consigo un yunque. Pero no era realmente el sentimiento de culpa lo que
me lastraba, ni siquiera esa cosa tan ambigua y moldeable de la conciencia; era
más bien un abotargamiento, la cabeza en otra cosa, tardando en darme cuenta de
la dimensión de los hechos; tratando de no pensar, como si obviar todo ello
fuera lo mismo que repudiarlo y renunciar a su verdad.
Desde que volví a Madrid y por mis recuerdos empezó a pasar Sandra, con el hecho de verla incluido como el acontecimiento más reseñable, mi vida iba a extraños bandazos de indiferencia y parecía no saber diferenciar la importancia de las cosas, por eso, tirarme a Marta era como un escalón más en la deriva, mientras notaba que iba perdiendo el control de mis sentimientos, y ni siquiera era capaz de mirar a Carlota y sentirme culpable.
Para una mujer, mentir es una medida de protección. Al proteger la verdad, protege su honra. Para una mujer, mentir es una demostración de virtud. Actúan como si lo supieran todo acerca del engaño, como si practicaran a diario con la compunción. Y en ocasiones es así, mujeres que se construyen una vida entera alrededor de una mentira, y el tipo que está a su lado no llega a conocer nunca, ni a acercarse, a lo que les pasa a ellas por la cabeza y el corazón, sus secretos y deseos, las claves más trascendentes de su pasado.
Pero de nosotros se espera que nos comportemos como tal, actuar como cerdos, y así darles la razón a los que dicen que el hombre es infiel por naturaleza. Ser de ese tipo tan definido, hacer caso al tópico, me jodía y abrumaba. Era como si al volver a España, regresara a los momentos de dispersión, de total falta de pudor, aquella actitud salvaje que definió mi juventud, donde los excesos y la falta total de moral eran el pan de cada día. Lo que pasó con Marta era un síntoma de algo, sí, ¿pero de qué?
Desde que volví a Madrid y por mis recuerdos empezó a pasar Sandra, con el hecho de verla incluido como el acontecimiento más reseñable, mi vida iba a extraños bandazos de indiferencia y parecía no saber diferenciar la importancia de las cosas, por eso, tirarme a Marta era como un escalón más en la deriva, mientras notaba que iba perdiendo el control de mis sentimientos, y ni siquiera era capaz de mirar a Carlota y sentirme culpable.
Para una mujer, mentir es una medida de protección. Al proteger la verdad, protege su honra. Para una mujer, mentir es una demostración de virtud. Actúan como si lo supieran todo acerca del engaño, como si practicaran a diario con la compunción. Y en ocasiones es así, mujeres que se construyen una vida entera alrededor de una mentira, y el tipo que está a su lado no llega a conocer nunca, ni a acercarse, a lo que les pasa a ellas por la cabeza y el corazón, sus secretos y deseos, las claves más trascendentes de su pasado.
Pero de nosotros se espera que nos comportemos como tal, actuar como cerdos, y así darles la razón a los que dicen que el hombre es infiel por naturaleza. Ser de ese tipo tan definido, hacer caso al tópico, me jodía y abrumaba. Era como si al volver a España, regresara a los momentos de dispersión, de total falta de pudor, aquella actitud salvaje que definió mi juventud, donde los excesos y la falta total de moral eran el pan de cada día. Lo que pasó con Marta era un síntoma de algo, sí, ¿pero de qué?
Como existe ese pacto tácito entre dos amigos
que gustan de la gastronomía, el ir alternándose en el pago, y la última vez,
tal vez en gratitud a mi generosa aportación para su exposición de arte
moderno, pagó él en Sacha, aquella noche invité a cenar a Óscar en el Goizeko,
con la intención también de despejar la cabeza.
La conversación estaba lejos de ser una charla aparentemente trascendente, pero nos gustaba reunirnos con incansable cordialidad. Estaba degustando un lenguado cuando me hizo un gesto con la cabeza y bajó la voz.
La conversación estaba lejos de ser una charla aparentemente trascendente, pero nos gustaba reunirnos con incansable cordialidad. Estaba degustando un lenguado cuando me hizo un gesto con la cabeza y bajó la voz.
—Mira quién está ahí otra vez, qué puta
casualidad.
Al girarme y seguir la dirección de los ojos de mi acompañante a la mesa, vi, un par de metros más allá, charlando amigablemente con otro hombre, a Luis, de nuevo. La sonrisa amplia, el traje impecable, las entradas pronunciadas.
—Menudo hijo de puta —apuntilló Óscar—. La de cosas que están saliendo a la luz, lo que pasa que las tapan.
—¿Qué cosas? —le pregunté, interesándome por las andanzas del marido de Sandra.
—¿Te suena el caso bar España? —Óscar adoptó un tono solemne
—La verdad es que no, ¿es algún local de lumis?
Él negó con la cabeza, siguiendo el tono severo, sin hacer caso de mi jocosidad un tanto irónica.
—Nada de eso, es un asunto muy turbio en el que está metido gente importante. Ése que está con él, se llama Mauricio Carbonell, es un mafioso de cuidado, un tío corrupto de verdad. Ese Luis está metido hasta atrás.
De repente, algo se movió dentro de mí. Suciedad en el entorno de Sandra. ¿Estaba ella al tanto? Hay asuntos de corte gansteril habituales en España, donde las organizaciones delictivas han campado durante a sus anchas con el favor de los gobernantes. Fraude fiscal, cohecho, tráfico de influencias, chantaje, contratos irregulares, soborno, recalificaciones…hasta ahí sabía, como casi todo el mundo medianamente informado; pero lo que Óscar sugería era mucho más turbio.
Al girarme y seguir la dirección de los ojos de mi acompañante a la mesa, vi, un par de metros más allá, charlando amigablemente con otro hombre, a Luis, de nuevo. La sonrisa amplia, el traje impecable, las entradas pronunciadas.
—Menudo hijo de puta —apuntilló Óscar—. La de cosas que están saliendo a la luz, lo que pasa que las tapan.
—¿Qué cosas? —le pregunté, interesándome por las andanzas del marido de Sandra.
—¿Te suena el caso bar España? —Óscar adoptó un tono solemne
—La verdad es que no, ¿es algún local de lumis?
Él negó con la cabeza, siguiendo el tono severo, sin hacer caso de mi jocosidad un tanto irónica.
—Nada de eso, es un asunto muy turbio en el que está metido gente importante. Ése que está con él, se llama Mauricio Carbonell, es un mafioso de cuidado, un tío corrupto de verdad. Ese Luis está metido hasta atrás.
De repente, algo se movió dentro de mí. Suciedad en el entorno de Sandra. ¿Estaba ella al tanto? Hay asuntos de corte gansteril habituales en España, donde las organizaciones delictivas han campado durante a sus anchas con el favor de los gobernantes. Fraude fiscal, cohecho, tráfico de influencias, chantaje, contratos irregulares, soborno, recalificaciones…hasta ahí sabía, como casi todo el mundo medianamente informado; pero lo que Óscar sugería era mucho más turbio.
—¿Cómo sabes de toda esa basura? ¿No estarás
echando mierda sobre la gente porque sí, no?
—¿Hace cuánto que no ves a Paco?
Viejos recuerdos de juventud me asaltaron. Vuelves a una ciudad y te olvidas de los antiguos amigos, parecen fantasmas que pertenecen al pasado, a los días de esplendor, a las noches eternas, al fuego en los labios. Uno se da cuenta así de las complejas facetas emocionales y anímicas que tiene el tiempo, con sus vaivenes y sus altibajos. Paco fue un buen amigo de correrías, en los buenos años. De hecho, creo que estuvo liado con Marta, en la época en que Sandra y yo nos conocimos.
—Bastante —reconocí, levemente avergonzado.
—Bueno, sabes que él ahora es periodista. Tiene todo un dossier de eso, pero no hay manera de darle salida, sólo escribiendo con seudónimos en páginas minoritarias o directamente clandestinas. También rastreando mucho en la deep web. Él te podrá poner al corriente. En este país han pasado cosas muy gordas.
Y como queriendo poner el broche a su afirmación, le dio un trago al Matarromera y musitó, mirando para su mesa:
—Cabrones.
Después hablamos de temas prosaicos, y la cena fue copiosa y satisfactoria (igual de abundante que la cuenta) pero mi mente ya sólo pensaba en terminar pronto, salir de ahí cuanto antes y ponerme en contacto con Paco.
—¿Hace cuánto que no ves a Paco?
Viejos recuerdos de juventud me asaltaron. Vuelves a una ciudad y te olvidas de los antiguos amigos, parecen fantasmas que pertenecen al pasado, a los días de esplendor, a las noches eternas, al fuego en los labios. Uno se da cuenta así de las complejas facetas emocionales y anímicas que tiene el tiempo, con sus vaivenes y sus altibajos. Paco fue un buen amigo de correrías, en los buenos años. De hecho, creo que estuvo liado con Marta, en la época en que Sandra y yo nos conocimos.
—Bastante —reconocí, levemente avergonzado.
—Bueno, sabes que él ahora es periodista. Tiene todo un dossier de eso, pero no hay manera de darle salida, sólo escribiendo con seudónimos en páginas minoritarias o directamente clandestinas. También rastreando mucho en la deep web. Él te podrá poner al corriente. En este país han pasado cosas muy gordas.
Y como queriendo poner el broche a su afirmación, le dio un trago al Matarromera y musitó, mirando para su mesa:
—Cabrones.
Después hablamos de temas prosaicos, y la cena fue copiosa y satisfactoria (igual de abundante que la cuenta) pero mi mente ya sólo pensaba en terminar pronto, salir de ahí cuanto antes y ponerme en contacto con Paco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario